domingo, 1 de febrero de 2015

Comentarios de un Domingo cualquiera

     No paran de mandarme fotos y vídeos de las nevadas del Pirineo. Unas nevadas que se han hecho esperar pero que han llegado al fin con fuerza y contundencia. Mi mente se divide en sensaciones, por una parte piensa lo que se ha perdido, por otra se da cuenta de lo que se ha librado. Porque después de derrapar tanto el invierno pasado por las calles heladas (mi costilla todavía se resiente de una de las caídas que tuve) y dar con las narices y todo lo demás en el suelo, me siento reconfortada al pensar que donde vivo ahora no hiela y por lo tanto si derrapas no será por culpa del hielo.
     
     Se acaban de marchar mis hijos, que huyendo del cierzo de Zaragoza se  vinieron a verme sin pensar que tras ellos se traían las ventoleras, pero a pesar de ello hemos disfrutado de un buen puente. Ahora retomo mi rutina entre los naranjos y mandarinos, que, junto a mi perrita Chula, recorro a diario. Hoy la pobre estaba un poco apabilada por el viento y agachaba las orejas poniendo cara de contener la respiración. 
     Tengo esa extraña sensación que te invade cuando te quedas sola después de despedir a las visitas y mientras oigo el tic tac del reloj del comedor resonando a mi derecha, siento el silencio de la casa vacía, salvo cuando camina Chula y el tintineo que provocan sus uñitas en el parqué me devuelve a la realidad.
    Ahora ya se ha quedado tranquila, porque nada más marcharse mis hijos con su perro Zeus ha estado muy inquieta durante un rato, caminaba por la casa sin rumbo buscándoles, hasta que el cansancio ha podido con ella y se ha quedado dormida. 
     Y así es la vida, cosas cotidianas que van y vienen y desaparecen hasta que llegan otras cosas cotidianas que de nuevo  van  y vienen hasta que vuelven a desaparecer. 
  

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