jueves, 15 de enero de 2026

LO QUE TENGA QUE SER SERÁ (diario de una cabra loca)

 Calamidad había pensado durante mucho tiempo  que había sacado adelante a sus tres hijos sin ayuda de nadie  y hasta estaba orgullosa por ello, pero con casi setenta años descubrió que tan solo habían sobrevivido, que ninguno de los valores que había intentado inculcarles había hecho mella en ellos, porque ellos se habían creado sus propios valores, lo cual no era del todo malo, pero ella se sentía profundamente decepcionada.

Siempre deseó que sus hijos estuvieran orgullosos de ella, pero cada día que pasaba se daba cuenta de que quizá ese deseo no se cumpliera nunca. Al fin y al cabo quedaban ya muy lejos aquellos años de penurias que durante su matrimonio casi acabaron con ella. Sus hijos algo sabían, lo que unos niños de corta edad pueden entender, ya que Calamidad les ocultaba casi todas las calamidades por las que tenía que pasar a diario desde su divorcio. Después de tanto tiempo ella casi lo había olvidado y tampoco lo voy a mencionar aquí porque no serviría de nada. 

Su hijo mayor había perdido toda empatía con ella; quizá era este el precio que debía pagar por haberles dado una infancia de mierda, mientras ella les buscaba un futuro feliz. A lo mejor un día lo entienden y recuperan el amor que un día sintieron por ella.

A veces para salir a flote hay que hundirse del todo, para darse impulso y salir a la superficie. Lo que ocurre que mientras se hundían para salir a flote, pasaron muchas cosas penosas, que no sé si ellos recordarán, dentro de la apreciación que un niño puede tener de un problema grave. 

Pasado tanto tiempo ya no importa. Lo que tenga que ser será.

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jueves, 8 de enero de 2026

CARTA DE CALAMIDAD A UNA AMIGA

 Querida Amiga:

Por fin pasó la Navidad. Y si digo por fin es porque cada año que pasa me gustan menos estas fiestas. Este año se ha rizado el rizo, que más que un rizo ha parecido un tirabuzón. 

Una de las leyes de Murphy dice que si "algo puede salir mal, saldrá mal" y nunca mejor dicho porque estas navidades han sido catastróficas. Ni en el peor de los escenarios me podía imaginar que me pasaría lo que me ha pasado este año. Vamos, que si no es por un par de detalles puedo decir que no he tenido navidades. Mi hijo mayor me ha privado de celebrarlas con mis nietos y no solo eso sino que tampoco he recibido felicitaciones de su parte, tampoco han habido besos ni abrazos ni jolgorios. Lo peor de todo es que no he hecho nada para merecer esto. Que sigo encerrada en un fuego cruzado que al final terminará conmigo. 

Me he acordado mucho de mi otro hijo que nos dejó hace más de cuatro años. El era el alma de las fiestas siempre, le encantaba la Navidad y para él todo era poco con tal de pasarla en familia y sobre todo junto a su hija. No faltaban bromas y risas, sobre todo recordando aquella famosa Navidad cuando la dorada me salió saladísima y no la pudimos comer. Cada año, como si fuera una obligación, salía a colación aquella dorada y volvíamos a reír como la primera vez. Pero él ya no está porque el cruel destino tuvo otro planes para él y nos lo arrebató. 

Menos mal que mi tercer hijo no se ha movido de mi lado y ha intentado hacerme pasar una Navidad alegre; pero los dos hemos echado en falta aquellas navidades alegres cuando esta familia era todavía una familia.

 La visita de mi nieta mayor ha sido un soplo de aire fresco porque cuando ella viene es como si su padre regresara a la tierra y siguiera con nosotros. Esos días lo siento más cerca que nunca y pienso que el estaría feliz de ver que su hija me sigue visitando varias veces al año. Ella está a gusto aquí y aunque no hacemos nada del otro mundo, excepto ir a Puerto Venecia de compras, estamos felices de compartir esos momentos. 

NO me gusta hacerme propósitos pero este año haré una excepción y me propondré disfrutar de los pequeños momentos que encuentre por el camino, porque los grandes momentos ni los quiero ya ni los espero. 

Un abrazo 

Calamidad 

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