jueves, 1 de febrero de 2018

Recuerdos y pan tomate

De repente el olor a pan tomate trae a mi memoria aquellas tardes de verano, cuando, al final de la tarde, hacíamos merienda cena con bocadillos de tortilla y pan tomate. A menudo siento la necesidad de hacer bocadillos como aquellos, que nos preparaban mi madre y mi abuela, cuando pasábamos el verano en casa de mis abuelos. Tengo que reconocer que los míos no saben como aquellos. Los huevos ya no son iguales, ni tienen el mismo sabor, el pan es diferente, pero sobre todo las manos que los preparan son diferentes. 
Será por eso que ya no saben a lo mismo; ya no saben a verano, ni  a infancia, ni  a madre, ni  a casa de la abuela. Que todo cuenta. 

Y cuando recuerdo aquellas tardes, mitad nostalgia, mitad tristeza me invaden el alma aunque no puedo explicar qué es. No es añoranza por volver a vivir aquello, que no quiero; aunque, mejor de mi infancia en aquella época, eran  esos bocadillos de tortilla con pan tomate. Prefiero quedarme con el sabor agradable, pero sin volver a vivir lo demás.
Es curioso pero los mejores recuerdos de mi infancia tiene que ver con esa casa; todavía recuerdo aquella escalera de peldaños de madera, la puerta del rellano de la señora Dominga; la otra puerta de su vecina de enfrente, que no me apetece nombrar ahora. Recuerdo ese pasillo largo a cuyos lados estaban las habitaciones; recuerdo una a una la que ocupaban cada uno de mis  hermanos, la que ocupaban mis tías, mis abuelos, mis padres. Recuerdo ese enorme reloj de pared que daba las horas y cuando daba las tres, todos a una le decíamos a mi tía "Mary las tres", recordándole que era la hora de ir a trabajar. 

Recuerdo a la bisabuela sentada en la recocina, en la silla de anea, con su pañoleta en la cabeza y su saya  hasta los pies. Recuerdo que me decía que le gustaban las películas musicales e incluso íbamos  a ver alguna. Recuerdo que cada noche se cenaba dos huevos fritos y decía que eran muy sanos, y debían serlo porque eran de corral y murió  muy mayor. 


Recuerdo las procesiones de semana santa, cuando desde el balcón veíamos desfilar a mi abuelo, con la cofradía de los nazarenos (creo) y nos hacía una señal al pasar  por delante de casa, para que supiéramos que era él; porque claro, llevaba capirote y no se le veía la cara. Recuerdo cuando íbamos a verlo a la relojería, donde trabajaba cuando se retiró de militar, con ese artilugio en el ojo para ver de cerca el mecanismo de los relojes. 
Recuerdo cuando mi tía, que solo era dos años años mayor que mi hermano número 1 y tres más que yo, que soy la número 2, nos sonsacaba la propina para comprar pasteles: es verdad que también recuerdo cuando se lo dije a mi abuelo, su padre, y me respondió que espabilara y no me la dejara quitar. No me gustó aquella respuesta, que ahora es de las pocas cosas que recuerdo de él. Eso y que le gustaba leer la revista Interviú por los artículos tan buenos que publicaba. Con el tiempo comprendí que era cierto; los artículos eran buenos. 

También recuerdo que mi abuela me decía a menudo que le hubiera gustado que yo fuera hija suya; es verdad  que me llevaba muy bien con ella y me alegraba mucho que lo dijera, porque aquellas palabras me sonaban a reconocimiento: al final de su vida, cuando ya no era consciente de lo que decía, al preguntarle cuántas hijas tenía, respondía que cuatro, siendo que tenía tres, y las iba nombrando, y también me nombraba a mí..  Es curioso como el subconsciente del ser humano recuerda algunas cosas y deseos a pesar de estar enajenado. También recuerdo que era buena cocinera, sobre todo bordaba la paella, los canelones y la tortilla de patata. Siempre que hago tortilla de patata la recuerdo, pero jamás he conseguido que me quede como la que hacía ella. 
Tengo que reconocer que no recuerdo estas cosas muy a menudo, porque no me gusta volver la vista atrás, pero hoy me ha dado por allí. Será porque dentro de poco hubiera sido el cumpleaños de mi abuela y nunca he escrito de ella en este blog. Seguramente ella estará pensando que ya era hora de que me acordara de hacerlo. Pero las cosas hay que escribirlas cuando vienen a la mente y al corazón. 
Ella ha sido una de las pocas personas por las que me he sentido valorada a lo largo de mi vida. Y se lo debía, hoy que me ha surgido hablar de recuerdos, recordarla a ella. 

Ahora me pregunto qué pensaran mis nietas de su abuela, cuando mis cenizas ya estén esparcidas por el monte, me pregunto si habrán aprendido algo de mí, si recordarán algo especial y deseo con todas las fuerzas, ser para ellas algo más que alguien a quien ven de pascuas a ramos, o una visita pasajera. Me gustará que recuerden que cuando venían a mi casa y les encantaba hablar conmigo y contarme sus cosas; que nadaba con ellas en la piscina, que lo pasábamos en grande en la playa; que les ayudaba a hacer los cuadernos de vacaciones; que, cuando me veían después de una larga  temporada, se colgaban a mi cuello y me daban el beso más grande. Espero que no recuerden mis defectos y que si los recuerdan, los comprendan. 
En fin. Recuerdos, recuerdos y más recuerdos. Y todo por un sencillo olor a pan tomate. 


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martes, 9 de enero de 2018

Bienvenida para 2018 y todo lo que tenga que venir. El peligro de pensar.

En septiembre de 2007 empecé este blog y fijaros si seré de aniversarios que acabo de darme cuenta ahora. Hubo una persona que me animó a ello y gracias a ella  puedo contar ahora con una cantidad importante de escritos, relatos, reflexiones.
No sé por cuánto tiempo más seguiré con esta tarea, porque en la vida todo son etapas y ciclos que se abren, o se cierran. A veces releo cosas que he escrito y me sorprenden. No sé si les pasará a otros. Es como si no las hubiera escrito yo; quizá porque fueron dictadas desde dentro y yo no hice más que reproducir sentimientos ayudándome del teclado.
En una ocasión hace años edité unos cuantos relatos en un pequeño libro que regalé a mi padre y hermanos; no sé si lo llegaron a leer porque ninguno me dijo nada al respecto, o no lo leyeron o lo que leyeron no les gustó, o lo leyeron y se olvidaron de decírmelo. Lo que más me sorprendió fue que ni siquiera mi padre me dijera nada. Ya lo dicen por ahí, que nadie es profeta en su tierra, pero  nos lanzamos a miles de kilómetros para valorar cosas de extraños y somos incapaces de valorar lo que tenemos cerca; quizá porque la cercanía resta puntos y emoción.
Por eso cuando ahora releo mis relatos y me parecen escritos por otra mano, de alguna manera me alegro. Nunca me he tenido, por lo que normalmente se dice, como  una escritora, simplemente soy una mujer que escribe de vez en cuando.
Hay un par de libros publicados "las mujeres que leen son peligrosas" y " las mujeres que escriben también son peligrosas" de Stefan Bollmann, que me regaló mi familia para mi 51 cumpleaños. Y casualmente yo leo mucho, más que leer, devoro libros, y escribo algo, aunque menos que hace años. O sea que soy doblemente peligrosa. Y es que leer y escribir te hacen pensar. Por eso se considera peligroso a alguien que piensa, que no se conforma con lo que ha recibido y sigue buscando sentido a las cosas.
Yo pensé que con los años encontraría el sentido de las cosas y podría dejar de buscar. Pero no. Con 61 años sigo buscando y lo que es peor, me he dado cuenta de que siempre deberé hacerlo. Esto de la vida es como un camino sin fin: hace unos días lo decía, un monte detrás de otro monte igual que el anterior. Las cosas que nos pasan son solo etapas y ninguna es definitiva, por eso no debemos dar por sentado nada. Porque suele ocurrir que cuando crees que has conseguido la estabilidad, en  una barca mecida por las olas, llega una manga marina. Es el momento de sobrevivir primero al vendaval para  luego comenzar de nuevo.
A veces he pensado que la vida se debe pensar que somos de plastilina, y que podemos moldearnos a su antojo, a veces como verdaderas figuras de contorsionismo.
Y de eso se trata, de ser capaces de moldearnos a las nuevas circunstancias por venir.
De momento observaré esas nuevas circunstancias, que pueden llegar, no sé ni cuándo, ni de dónde, y de momento mientras espero seguiré leyendo y escribiendo, porque me he propuesto ser terriblemente peligrosa. 

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