sábado, 22 de septiembre de 2018

Haciendo planteamientos....

Después del verano tan movido que he tenido, ahora llega el momento de hacerse otros planteamientos. Ni más ni menos que empezar a pensar en uno mismo. Desde los seis años estoy ayudando a cuidar personas, primero hermanos, luego hijos, luego extraños y finalmente más extraños. Siempre pensando en los demás porque antes nos enseñaban que había que hacerlo; el día que enseñaron a pensar en uno mismo seguramente me pilló con la gripe. 
Y lo malo de todo es que a pesar de dedicar tu vida a los otros, cuando te haces mayor te das cuenta de que encima lo has hecho mal; porque al final siempre pasa algo que va y lo joroba. No sé si conocéis ese dicho de "quedarse más fresca que una lechuga" o lo que es lo mismo con cara de "gilipollas", cuando habiéndolo dado todo y más de lo que era tu obligación, al final tú has resultado ser la mala. Es como cuando en el colegio pensabas que habías hecho un trabajo fantástico y venía el profesor y le sacaba un montón de errores. Es la misma sensación que esperando una felicitación recibes una bofetada. 
Y todo por haber estado con gripe el día que enseñaron a pensar en uno mismo. 
Porque sí, primero hay que estar a gusto con uno mismo y luego lo demás sale solo. Pero pasa que a veces los de tu alrededor no te dejan hacerlo, porque cuando no es por A es por B que siempre terminas pringándola. Porque suele pasar que te metes en unos berenjenales que válgame el cielo.
Y digo yo que con la tranquila que podría vivir porque se me complica tanto la vida. 
Pues eso, otros planteamientos, pero esta vez no los contaré para que nadie venga a estropearlo. 

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domingo, 6 de mayo de 2018

Día de la madre. Lo demás sobra.

 No me gustan "los días de.." pero  no quita para que aprovechando el momento haga una reflexión de andar por casa.
¿Madre? ¿Qué es "eso"?
Bien digo "eso". Porque parece que las madres estamos destinadas a ser unos bichos raros, unos entes a veces absurdos que se pasan la vida sufriendo. Porque sí, lo nuestro es sufrir; cuando los hijos  son pequeños porque tenemos miedo de que enfermen; cuando enferman, sufrimos porque enferman; cuando se han curado, sufrimos por miedo a que tengan una recaída. Sufrimos porque quizá no estén creciendo bien, y si crecen bien, porque no dejen de hacerlo. Si tienen muchos amigos, sufrimos porque quizá sean demasiados, si no los tienen porque no los tienen; si salen porque salen y si no salen porque no salen. Cuando tienen novia sufrimos porque les vaya bien y si no les va bien, también sufrimos. Incluso cuando son adultos, sufrimos cuando les va mal porque les va mal y si les va bien, porque tememos que  deje de irles bien.
Cuando son padres sufrimos porque sus hijos crezcan sanos y .... vuelta a empezar.
 Un amigo mío fraile, que ya falleció, me dijo un día que los hijos son una puñalada en el corazón; entonces no lo entendí. Con el paso de los años, lo he entendido de muchas  maneras diferentes.
Ellos no entienden a veces que nos preocupemos en exceso y que nos demos tanto mal por todo.
Siempre he pensado que cuando ellos fueran padres , lo entenderían. Y, aunque no lo demuestren, seguro que lo entienden.
¿Madre? Sí, madre. Ese ente que todo lo puede y lo aguanta; que calla cuando hay que callar y en silencio se traga lo que hay que tragarse sin rechistar; que si recibe regalos levita hasta las nubes, y si no los recibe...también; que se alegra con sus hijos y padece cuando ellos padecen. Solo le importa la felicidad de sus hijos y con verlos felices se siente satisfecha. Por eso, cuando no llega lo que espera de ellos, siempre encuentra una disculpa.....y sigue esperando. Que no le importa verse metida en medio de un fuego cruzado si eso les hace felices.
Hay tantas cosas que no le importan a una madre. Pero no olvidéis nunca que una madre también  es persona y cuando le hieren, le duele, aunque no lo diga. Que cuando le cae un chaparrón, se moja, aunque con su impermeable de los días de lluvia no se le note y siga como si tal cosa.
Últimamente me ha dado por pensar que no he sido la mejor madre y por eso querría  que me disculparan mis hijos. Aunque creo, que solo uno de ello leerá esto: el único que aquella vez leyó aquella carta que les escribí hace muchos años por este mismo día. Han pasado muchos años pero algo no ha cambiado desde entonces. Para mis hijos sigo siendo una perfecta desconocida; siguen sin saber cuántas veces he visitado el médico este año, cuántos amigos tengo, qué cosas me ilusionan, qué cosas me entristecen, cuál es mi plato preferido, cuál no me gusta nada, qué planes tengo, qué he leído últimamente, qué espero, cuánto duermo por la noche. Porque para ellos, como para todos los hijos, solo somos madres. Y como todas las madres, lo demás no importa. Es igual. Ellos siguen siendo maravillosos. 




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jueves, 1 de febrero de 2018

Recuerdos y pan tomate

De repente el olor a pan tomate trae a mi memoria aquellas tardes de verano, cuando, al final de la tarde, hacíamos merienda cena con bocadillos de tortilla y pan tomate. A menudo siento la necesidad de hacer bocadillos como aquellos, que nos preparaban mi madre y mi abuela, cuando pasábamos el verano en casa de mis abuelos. Tengo que reconocer que los míos no saben como aquellos. Los huevos ya no son iguales, ni tienen el mismo sabor, el pan es diferente, pero sobre todo las manos que los preparan son diferentes. 
Será por eso que ya no saben a lo mismo; ya no saben a verano, ni  a infancia, ni  a madre, ni  a casa de la abuela. Que todo cuenta. 

Y cuando recuerdo aquellas tardes, mitad nostalgia, mitad tristeza me invaden el alma aunque no puedo explicar qué es. No es añoranza por volver a vivir aquello, que no quiero; aunque, mejor de mi infancia en aquella época, eran  esos bocadillos de tortilla con pan tomate. Prefiero quedarme con el sabor agradable, pero sin volver a vivir lo demás.
Es curioso pero los mejores recuerdos de mi infancia tiene que ver con esa casa; todavía recuerdo aquella escalera de peldaños de madera, la puerta del rellano de la señora Dominga; la otra puerta de su vecina de enfrente, que no me apetece nombrar ahora. Recuerdo ese pasillo largo a cuyos lados estaban las habitaciones; recuerdo una a una la que ocupaban cada uno de mis  hermanos, la que ocupaban mis tías, mis abuelos, mis padres. Recuerdo ese enorme reloj de pared que daba las horas y cuando daba las tres, todos a una le decíamos a mi tía "Mary las tres", recordándole que era la hora de ir a trabajar. 

Recuerdo a la bisabuela sentada en la recocina, en la silla de anea, con su pañoleta en la cabeza y su saya  hasta los pies. Recuerdo que me decía que le gustaban las películas musicales e incluso íbamos  a ver alguna. Recuerdo que cada noche se cenaba dos huevos fritos y decía que eran muy sanos, y debían serlo porque eran de corral y murió  muy mayor. 


Recuerdo las procesiones de semana santa, cuando desde el balcón veíamos desfilar a mi abuelo, con la cofradía de los nazarenos (creo) y nos hacía una señal al pasar  por delante de casa, para que supiéramos que era él; porque claro, llevaba capirote y no se le veía la cara. Recuerdo cuando íbamos a verlo a la relojería, donde trabajaba cuando se retiró de militar, con ese artilugio en el ojo para ver de cerca el mecanismo de los relojes. 
Recuerdo cuando mi tía, que solo era dos años años mayor que mi hermano número 1 y tres más que yo, que soy la número 2, nos sonsacaba la propina para comprar pasteles: es verdad que también recuerdo cuando se lo dije a mi abuelo, su padre, y me respondió que espabilara y no me la dejara quitar. No me gustó aquella respuesta, que ahora es de las pocas cosas que recuerdo de él. Eso y que le gustaba leer la revista Interviú por los artículos tan buenos que publicaba. Con el tiempo comprendí que era cierto; los artículos eran buenos. 

También recuerdo que mi abuela me decía a menudo que le hubiera gustado que yo fuera hija suya; es verdad  que me llevaba muy bien con ella y me alegraba mucho que lo dijera, porque aquellas palabras me sonaban a reconocimiento: al final de su vida, cuando ya no era consciente de lo que decía, al preguntarle cuántas hijas tenía, respondía que cuatro, siendo que tenía tres, y las iba nombrando, y también me nombraba a mí..  Es curioso como el subconsciente del ser humano recuerda algunas cosas y deseos a pesar de estar enajenado. También recuerdo que era buena cocinera, sobre todo bordaba la paella, los canelones y la tortilla de patata. Siempre que hago tortilla de patata la recuerdo, pero jamás he conseguido que me quede como la que hacía ella. 
Tengo que reconocer que no recuerdo estas cosas muy a menudo, porque no me gusta volver la vista atrás, pero hoy me ha dado por allí. Será porque dentro de poco hubiera sido el cumpleaños de mi abuela y nunca he escrito de ella en este blog. Seguramente ella estará pensando que ya era hora de que me acordara de hacerlo. Pero las cosas hay que escribirlas cuando vienen a la mente y al corazón. 
Ella ha sido una de las pocas personas por las que me he sentido valorada a lo largo de mi vida. Y se lo debía, hoy que me ha surgido hablar de recuerdos, recordarla a ella. 

Ahora me pregunto qué pensaran mis nietas de su abuela, cuando mis cenizas ya estén esparcidas por el monte, me pregunto si habrán aprendido algo de mí, si recordarán algo especial y deseo con todas las fuerzas, ser para ellas algo más que alguien a quien ven de pascuas a ramos, o una visita pasajera. Me gustará que recuerden que cuando venían a mi casa y les encantaba hablar conmigo y contarme sus cosas; que nadaba con ellas en la piscina, que lo pasábamos en grande en la playa; que les ayudaba a hacer los cuadernos de vacaciones; que, cuando me veían después de una larga  temporada, se colgaban a mi cuello y me daban el beso más grande. Espero que no recuerden mis defectos y que si los recuerdan, los comprendan. 
En fin. Recuerdos, recuerdos y más recuerdos. Y todo por un sencillo olor a pan tomate. 


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martes, 9 de enero de 2018

Bienvenida para 2018 y todo lo que tenga que venir. El peligro de pensar.

En septiembre de 2007 empecé este blog y fijaros si seré de aniversarios que acabo de darme cuenta ahora. Hubo una persona que me animó a ello y gracias a ella  puedo contar ahora con una cantidad importante de escritos, relatos, reflexiones.
No sé por cuánto tiempo más seguiré con esta tarea, porque en la vida todo son etapas y ciclos que se abren, o se cierran. A veces releo cosas que he escrito y me sorprenden. No sé si les pasará a otros. Es como si no las hubiera escrito yo; quizá porque fueron dictadas desde dentro y yo no hice más que reproducir sentimientos ayudándome del teclado.
En una ocasión hace años edité unos cuantos relatos en un pequeño libro que regalé a mi padre y hermanos; no sé si lo llegaron a leer porque ninguno me dijo nada al respecto, o no lo leyeron o lo que leyeron no les gustó, o lo leyeron y se olvidaron de decírmelo. Lo que más me sorprendió fue que ni siquiera mi padre me dijera nada. Ya lo dicen por ahí, que nadie es profeta en su tierra, pero  nos lanzamos a miles de kilómetros para valorar cosas de extraños y somos incapaces de valorar lo que tenemos cerca; quizá porque la cercanía resta puntos y emoción.
Por eso cuando ahora releo mis relatos y me parecen escritos por otra mano, de alguna manera me alegro. Nunca me he tenido, por lo que normalmente se dice, como  una escritora, simplemente soy una mujer que escribe de vez en cuando.
Hay un par de libros publicados "las mujeres que leen son peligrosas" y " las mujeres que escriben también son peligrosas" de Stefan Bollmann, que me regaló mi familia para mi 51 cumpleaños. Y casualmente yo leo mucho, más que leer, devoro libros, y escribo algo, aunque menos que hace años. O sea que soy doblemente peligrosa. Y es que leer y escribir te hacen pensar. Por eso se considera peligroso a alguien que piensa, que no se conforma con lo que ha recibido y sigue buscando sentido a las cosas.
Yo pensé que con los años encontraría el sentido de las cosas y podría dejar de buscar. Pero no. Con 61 años sigo buscando y lo que es peor, me he dado cuenta de que siempre deberé hacerlo. Esto de la vida es como un camino sin fin: hace unos días lo decía, un monte detrás de otro monte igual que el anterior. Las cosas que nos pasan son solo etapas y ninguna es definitiva, por eso no debemos dar por sentado nada. Porque suele ocurrir que cuando crees que has conseguido la estabilidad, en  una barca mecida por las olas, llega una manga marina. Es el momento de sobrevivir primero al vendaval para  luego comenzar de nuevo.
A veces he pensado que la vida se debe pensar que somos de plastilina, y que podemos moldearnos a su antojo, a veces como verdaderas figuras de contorsionismo.
Y de eso se trata, de ser capaces de moldearnos a las nuevas circunstancias por venir.
De momento observaré esas nuevas circunstancias, que pueden llegar, no sé ni cuándo, ni de dónde, y de momento mientras espero seguiré leyendo y escribiendo, porque me he propuesto ser terriblemente peligrosa. 

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sábado, 30 de diciembre de 2017

¡Buenas botas para 2018!

Esto de la vida es como los montes. Detrás de un monte hay otro monte igual que el anterior. Solía decirlo mi padre, cuando íbamos al pico de Collarada en el pirineo oscense. Cuando parecía que estábamos a punto de llegar, se asomaba otra loma más entre nosotros y nuestro destino. 


Y lo mismo que en aquellas excursiones, de cuestas empinadas y crueles pedrizas, que hacían que te resbalaras y cada tres pasos que avanzabas retrocedías dos, exactamente lo mismo ocurre con la vida. Y año tras año nos deseamos lo mejor y aventuramos un próximo año de bienestar y felicidad a los demás. Pero como cada año, las pedrizas o pedregales de la vida nos dan más de lo mismo. Cuestas empinadas y barrancos sin explorar, por donde deberemos caminar irremediablemente. 
Pidamos al Nuevo Año esta vez, por lo  menos botas para hacer más llevadero nuestro camino y alguna cuerda  de escalada, por si volvemos a  toparnos con alguna pared intransitable, sin senda ni vereda y tenemos que hacer uso de ella.

No vaya a pasar como el año que ha terminado, que por no llevar la soga preparada, no hemos podido subir esa pared que el nuevo año venturoso  nos deseó con todas las ganas el año pasado.
Ya que la vida quiere jugar, juguemos. 
Buenas botas para 2018 para todos los que me seguís.  

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viernes, 22 de diciembre de 2017

¡Feliz Navidad y feliz resto del año!

Hay fechas adornadas con toda clase de tópicos y quizá la Navidad sea una de ellas. Partiendo de la base de que la Navidad ya no es lo que era ( o quizá sí, para muchos siga siendo lo que siempre fue), como todo acontecimiento celebrable tiene su cara oculta.
Se habla mucho del espíritu navideño, ese mismo que luego olvidamos a lo largo del año, y cada cual lo interpreta como quiere. Pero ese espíritu no tiene valor si solo lo sacamos de paseo en Navidad. Vivirlo durante todo el año ya es otra cosa, que no está patrocinada por el Corte Inglés. Y no tengo nada en contra de esta empresa, porque en Navidad aumenta su plantilla y da trabajo a mucha gente. En Navidad todos somos buenos, algunos incluso hacen regalos para demostrar el afecto; otros lo demuestran como pueden y muchos ni se molestan. Pero no se trata de regalar solo (que también) se trata de pensar en el otro un rato, olvidándose de uno mismo otro rato.
Eso es más difícil porque no se paga con la tarjeta de crédito.
Dicen que el dinero lo compra todo. No es cierto. El espíritu navideño no se compra, porque no está en las estanterías de los supermercados.
Cada uno debe saber dónde está su verdadero espíritu de la Navidad. Y seguramente puede encontrarlo en cualquier época del año.
Se ha dicho que  la Navidad es para reunirse con la familia. Ahí  hemos dado de lleno. Otro tópico para la colección. Y a pesar de lo difícil de la cuestión, habrá muchos padres soñando con reunirse con todos sus hijos alrededor de una misma mesa, a pesar de que saben que esta Navidad, tampoco. Porque no es tan fácil como coger el coche y volver a casa. Hay que volver también de uno mismo  olvidando rencillas,  perdonando ofensas, sacando lo mejor de nosotros mismos. Que sí, que somos buenas personas, pero a veces hay que demostrarlo, para que los que tenemos cerca se enteren.
Y da lo mismo que sea Navidad o no, cualquier momento es bueno para sacar lo mejor de nosotros mismos.
¡Feliz Navidad a todos  y feliz resto del año! 




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sábado, 25 de noviembre de 2017

Seis años desde que te rompiste.

Ha vuelto a llegar el 25 de noviembre, han pasado seis años ya de aquella triste madrugada, cuando se rompió nuestro futuro juntos. Estos años han pasado tan rápidos y han sucedido tantas cosas que no he terminado de asumir que no estás, que jamás volverás a estar, que no volverás a poner tu mano sobre mi hombro, ni te sentarás a mi lado en el sofá, ni me gastarás bromas, ni pasearás a mi lado, ni me mirarás con esos ojos penetrantes. Ni me entenderás como me entendías. 
Lo he vuelto a hacer. He  empezado a vivir deprisa para no sentir la ausencia, para no dejarme llevar por la soledad, para no tener tiempo de mirar tu fotografía. Quizá debería ser valiente y tendría que  esconderla en un cajón, donde nunca la viera. No puedo hacerlo todavía.

A menudo recuerdo cosas que me decías, sobre todo recuerdo aquella frase que tanto repetías "de mayor quiero ser feliz". Tú no llegaste a mayor. La vida quiso que no lo hicieras. Sin embargo tus palabras siguen resonando en mis oídos seis años después.
Ese ha sido tu legado, la sencillez de tus argumentos, la pequeñez de tus ilusiones, tu capacidad de escuchar, tu empatía. Nadie como tú sabía valorar lo que tenía alrededor y disfrutar con los pequeños detalles. Nadie como tú sabía valorar a las personas, nadie como tú me valoró a mí y me dio alas para llegar lejos.
Pero hace seis años se rompieron mis alas de volar, el mismo día que se rompió tu vida en mil pedazos. Mi vida ha seguido otro rumbo desde entonces, pero ya no es lo mismo. Porque sigo sin saber cómo olvidarte, quizá es que no quiero, quizá es que te sigo echando de menos. 

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