Lo más doloroso de ser madre no es el parto. Lo doloroso llega luego, cuando te pasas noches sin dormir porque tu hijos tienen cólicos de lactante, o te despiertan llorando porque tienen hambre, o te pasas noches enteras paseándolos pasillo arriba y abajo porque tienen bronquitis y la tos no les deja dormir o se ahogan si los acuestas porque no pueden respirar.
Lo doloroso llega cuando les sube la fiebre y pasas largas horas en urgencias, cuando se caen en el parque y se hacen una herida, cuando te llaman del colegio porque alguno de tus hijos se ha hecho una brecha y has de llevarlo a coserle la frente, o la barbilla o la cabeza.
L o doloroso llega cuando tienes que dejarles solos para ir a trabajar porque te separaste y tu ex no se hace cargo de ellos. Lo doloroso fue cuando pasaste un año casi sin comer porque no había para todos. Luego llegó la adolescencia y lo doloroso volvió a llegar. Tantas noches sin dormir de nuevo hasta que regresaban a casa, preguntándote dónde estarían o si estarían bien.
Luego llegó la juventud y se sacaron el carné de conducir y lo doloroso regresó porque temías que les pasase algo. Y no respirabas hasta que te llamaban diciendo que habían llegado a casa. Podría nombrar cientos de momentos dolorosos.
Pero lo más doloroso de ser madre fue cuando llegó algo que nunca pensaste que podía pasar, tener que enterrar a un hijo.
Por eso digo que ser madre no tiene nada de maravilloso. Ser madre es un puñal en el corazón para toda la vida. Para toda. Porque luego tus hijos se hacen mayores y te juzgan, incluso te condenan por lo mal que lo has hecho o porque no entienden tu manera de pensar. Y quieres a tus hijos con locura y eso no te garantiza que dejes de sufrir, sino al contrario.


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