Hace unos días leí una frase, cuyo autor ahora no recuerdo, que decía que los días más importantes de nuestra vida son dos, el día que naces y el día que descubres para qué. Es una cosa que me he preguntado a menudo y todavía no sé para qué he venido a este mundo. Todavía sigo esperando descubrir qué misión tengo en esta vida. Lo patético es que tengo setenta años y ya debería haberlo descubierto. Siento como que no he hecho nada bueno en esta vida, que todo me ha salido torcido y aquí no vale aquello de que Dios escribe recto en renglones torcidos. Siento que lo he hecho todo mal, sobre todo con mis hijos. Aunque en su momento pensé que estaba haciendo todo lo que podía, igual me equivoqué ; igual debería haberme esforzado más, debería haber estado más atenta a sus necesidades y preocupaciones. Pero igual no soy muy objetiva pensando, porque con el paso del tiempo todo se ha suavizado de alguna manera y he caído en el error de pensar que todos lo habíamos superado; pero por lo visto no ha sido así.
Pero ¡Qué más podía hacer! Si desde el momento que me separé me vi sola asumiendo el rol de madre y de padre, sin tener apoyo alguno. Los problemas a los que me enfrenté impidieron que consiguiera hacer piña con mis hijos que, viéndome vulnerable, salieron por donde pudieron. Sí, quizá pude hacer más y mejor, pero ¿y si hice lo que humanamente pude? Dicen que quien hace lo que puede no está obligado a hacer más, pero se equivocan, porque al cabo de los años, cuando llegan los reproches, te das cuenta de que esa verdad es una gran mentira. Los hijos, olvidando las penalidades pasadas, siempre te van a pedir más y más y quizá no paren hasta que te vean hundida.
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