Calamidad ha estado toda su vida intentando ser una mujer libre y , aunque en su interior lo es, siempre han ocurrido cosas que se lo han impedido. A veces piensa que si fuera valiente lo echaría todo por la borda y desaparecería hacia algún lugar donde no pudieran encontrarla. Quizá algún día lo haga.
Porque ella es de todo menos valiente. Tiene miedo a menudo al pensar cómo será su futuro, si es que lo tienen. Y es que Calamidad está cansada, muy cansada. Quizá no es miedo, quizá sea solo ese cansancio que le impide reflotar su vida y la obliga a permanecer en el fondo de ese abismo donde está sumergida hace algunos meses. A veces piensa que se ha equivocado demasiadas veces en esta vida y no aguanta más. Es posible que se equivocara también con la última decisión que tomó, cuando desmanteló su vida y quemó los puentes que la unían con su pasado, para emprender un nuevo camino. Ahora ya no tiene un lugar a dónde volver y eso la desquicia.
Sus nietos no la necesitarán siempre y cuando dejen de necesitarla no sabe qué hará con su vida, esa vida en la que siempre tuvo la imperiosa necesidad de pensar en los demás. Se ha pasado la vida cuidando personas, primero hermanos, luego hijos, luego marido, luego padre, finalmente nietos. Lo malo es que Calamidad se ha olvidado de ella misma y ahora cuando más necesita de ese abrazo que no llega, está sola. No es una soledad física, que ojalá, es más profundo que todo eso.
Desde que se ha comprado el portátil ha vuelto a escribir, que ya llevaba casi tres años sin hacerlo, desde que quemó esos puentes que la unían a su pasado. Se ha dado cuenta de que ha dejado de hacer todo aquello con lo que de verdad disfrutaba, salir a dar largos paseos, por ejemplo y se ha propuesto empezar a caminar de nuevo, solo que esta vez no podrá acompañarla su perra, que está muy viejita; porque Calamidad tiene una perra, que, parece ser es la única que la entiende.
(continuará)


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