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viernes, 26 de mayo de 2017

Recogiendo heces perrunas

Es una pena caminar por la calle y tener que ir sorteando las heces de los animales de compañía (no me gusta llamarlos mascotas) de los amos guarrillos que no se molestan en recogerlas. Quizá son las mismas personas que dicen que no van al pipican porque lo ven sucio, pero luego ellos van por la calle con sus perros que  ensucian las aceras y lo dejan allí  sin el menor remordimiento.
Puede ser que, como pasa con otros temas, ellos piensen que solo es mierda la de los demás; que sus lindos perritos tienen caquita de oro y por eso la dejan en la calle, para adornarla debe ser. Conozco alguna de esta gente que se quejan de suciedad y luego no recogen la mierdecilla de su perro sin inmutarse, como si el tema no fuera con ellos ¡Será que las normas de higiene son para los demás!



Por eso es importante que todos nos concienciemos y asumamos la tarea de recoger las cacas de nuestros perros allá donde quieran depositarlas. Porque hay gente que se piensa que el pipican es para dejar allí la mierdecilla, que ya la recogerán otros. Pues NO. La caca del pipican hay que recogerla como cualquier otra. Porque luego vamos allí a jugar con nuestros perros y es muy desagradable andar pisando caca seca o tierna que es peor.


Porque aquello de que pisar mierda traía suerte era en otra época y en otro contexto. Suerte lo que se dice suerte no da pisar caca de perro, si acaso da repugnancia cuando la tienes que quitar  de la suela de tu zapatilla y eso a riesgo de coger alguna infección. 

No creo que cueste tanto salir a la calle con bolsitas al efecto para recoger los restos, que las hay de todas clases y colores. Porque una cosa tan sencilla de evitar, a la larga puede costarnos un alto precio si tenemos que contratar, como están haciendo en otras localidades, patrullas ciudadanas o policías de incógnito para que vigilen y multen a quienes dejan la caca tirada en mitad de la calle. 







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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Duque, el parque no será lo mismo sin tí.

Se llamaba Duque, tenía dos años y medio. Era un beagle de mirada penetrante y porte elegante. Y digo era porque nos dejó hace algo menos de dos semanas. Una enfermedad que no le dio tregua se lo llevó en pocos días. 
Era uno de los perros de la cuadrilla del parque de Almenara, donde a diario nos juntamos. Los que no conviven con perros no pueden entender el cariño que se les coge y que cuando mueren dejan un vacío difícil de explicar. 
A Duque, a pesar de su escaso tamaño, los beagles no son muy grandes, se le veía llegar desde lejos y poco a poco, como el que no quiere la cosa, se colocaba a tu lado y te miraba con esos ojos insistentes nada difíciles de descifrar: quería su chuchería; luego se ponía a caminar como si nada, a olisquear los rincones del parque y a jugar con los otros compañeros de manada. A veces prefería estar solo; era algo independiente, pero no por eso menos interesante.
Desde la tarde que supimos  que no le veríamos más andamos todos algo compungidos y cabizbajos porque no nos lo creemos todavía.
A veces en el parque se nos va la mirada hacia la puerta por donde solía a entrar, quizá con la esperanza de verle de nuevo. Y aunque sabemos que nunca más cruzará esa puerta, tenemos la certeza de que seguirá siempre en nuestros corazones. Duque ha dejado su hogar vacío y el parque muy triste, aunque  el recuerdo lleno de muchos momentos bonitos. 
Duque, tus amigos de manada, Luna, Aquiles, Oto, Chula, Daima, Cata, y tantos otros,  quieren decirte, allá donde estés, que el parque no será lo mismo sin ti. 

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