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lunes, 29 de septiembre de 2008

Que se pone trascendente (cuarta parte del debate)


Habla Robleviejo:


Circula por Internet que un viejo y sabio guerrero de una tribu, en el transcurso de una charla con sus nietos, les dijo: una gran pelea está ocurriendo en mi interior y es entre dos lobos, uno representa la maldad y el engaño y el otro la bondad y el amor. Esta misma pelea está ocurriendo dentro de vosotros y de todos los seres humanos de la tierra. Los chicos le preguntaron a su abuelo: Abuelo, dinos, ¿cual de los dos lobos ganará? Y el anciano sin dudarlo les respondió: el que alimentéis.
Quede pues como primera premisa de esta charla sobre el amor, la respuesta del sabio guerrero, al amor hay que alimentarlo. Al confesar ayer que no soy un hombre religioso, me vino a la memoria algo que escribí­ hace ya mucho tiempo y creo que decí­a entonces, que era religioso por temperamento. Hay gente que no lo es, que nunca ha sentido especial predilección por las cosas que no son de este mundo. Y ello no supone que los religiosos sean mejores personas ni los segundos unos inmorales. Muchas veces es al revés. Los buenos hipotéticamente tienen un concepto de si mismos, que puede perderles. Los viejos católicos han tenido siempre la fea costumbre de inventar infiernos para otros, creyéndose a salvo por el simple cumplir rutinario de un ritual. Soy religioso para dar sentido a las cosas, para religarme a ellas, por la infinita pequeñez de mi mente, ante el universo y por la infinita maravilla de ser pensante, a la vez.
Yo entiendo que Dios, Alá, Buda, como queramos llamarle, nos es necesario, pero esto es un tema para otra charla porque esta trata del amor y yo me comprometí en exponer mi visión sobre el amor a Dios. Los que han estudiado teología, han profundizado en el conocimiento de Dios, pero para mi­ es más importante la experiencia de Dios y la libertad para que el hombre pueda dirigirse a su Dios, para tener su propia vivencia de un Dios personal. Luis Buñuel se declaraba "ateo, gracias a Dios", porque entendí­a que entre dos absurdos ( la nada y Dios ) era preferible aquella que limitase menos su libertad. Pensaba - creo yo - en el Dios tronante e imperativo del viejo catolicismo en que nació. Un vitalista como Buñuel veí­a en Dios una cortapisa. El Dios que yo digo, por el contrario, para tener sentido, debe ayudarnos a vivir. Pascal justificaba la fe en Dios como una elección inteligente, por su utilidad para soportar la vida. Y ese Dios debe ser padre para comprender más que nosotros, para perdonar más que nosotros y para tolerar más que nosotros, porque si no es asi, no puede ser Dios, ya que utilizando el argumento de San Anselmo. "nuestra mente podrá concebir otro Dios mejor". Y a ese Dios hay que dirigirse siendo receptivos al amor, que deba haber y nacer en nosotros. A lo que en nuestro interior nos hace amar, porque eso debe ser Dios: amor. Pienso que un Dios así­ no nos quita libertad para vivir. No le es ajena la realidad humana. Comprende la limitación del hombre. Es más, un Dios asi­ reporta grandes ventajas a causas con las que un buen ateo como Buñuel se identificó siempre: la dignidad del hombre, elevada a la fraternidad; la igualdad esencial de todos; los derechos humanos; el perdón y la solidaridad como regla de relación entre personas y pueblos. "Dios Padre es Madre" dijo Juan Pablo I, aquel papa de sonrisa cálida. El lado femenino de Dios, porque el alma humana hecha a semejanza e imagen de Dios, comprende lo femenino. Entiende Erik Fromm, que lo propio del amor de madre es su carácter incondicional: el padre quiere en función de la conducta del hijo, distanciado de él, con criterios de justicia, de retribución; la madre en cambio es arbitraria, quiere más si acaso al hijo menos dotado o al más pinta. Conoce realmente las limitaciones de sus hijos y no espera respuesta. Como los hombres necesitamos los dos papeles según los psicólogos, así también Dios debe ser padre de las dos maneras. Resumiendo y para los que crean, debe existir en Dios un amor paterno para que proteja y comprenda, un amor materno para que perdone y defienda y un amor eterno que cada cual debe alimentar en función de sus propias creencias. Yo deseo que Él nos de estrellas, para que presidan nuestras noches, seres que reflejen su Luz para nosotros, mientras dura nuestra vida terrena y seres que, como estoy seguro sois algunos de vosotros, que nos orienten y nos hagan amar el origen de esa luz y nos abran la esperanza en un mundo ya sin sombras. El Roble Viejo


(mañana quinta parte)

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