viernes, 6 de enero de 2017
Las cosas no cosas de la Navidad
Recuerdo que cuando era niña la víspera de Reyes solíamos colocar los once pares de zapatos (padres y nueve hermanos), llenos de turrón para obsequiarles cuando llegaran cargados de regalos. Yo siempre me había preguntado cómo eran capaces de comer todo el turrón que les daban en las casas. Cuando descubrí la respuesta sentí un gran alivio. Porque entonces me di cuenta de por qué otros niños recibían mejores regalos.
Pero un día me dí cuenta de que hagas lo que hagas siempre lo harás mal. No se trata de mantener la ilusión, ni de bajar a la realidad; se trata de hacer siempre lo que crees mejor. Y aún así te estás equivocando.
Hace poco me llegó una felicitación que decía que las mejores cosas, no son cosas. Y es verdad. Y esas "no cosas" son lo que de verdad importa.
Que este Año los Reyes nos traigan a tod@s montones de "no cosas" que por lo menos yo ya me estoy cansando de tanto carbón.
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Sofía Campo Diví
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Etiquetas: carbón, día de reyes
viernes, 30 de diciembre de 2016
¡ Feliz 2017 ! Que reste segundos al minuto y medio.
De nuevo me quedo a minuto y medio sin poder llegar a donde quiero, sin poder conseguir el objetivo. Seguramente es hora de preguntarse por qué las cosas que queremos alcanzar, se resisten con fuerza a nuestros deseos. Por qué se nos acercan tanto que incluso podemos sentir el sabor de la miel y el dulce aroma, si luego desaparecen sin previo aviso, dejándonos maltrechos; porque sabemos que hemos estado a minuto y medio de conseguirlo y se nos ha ido de las manos, maltrechos porque ya van siendo muchos golpes, maltrechos porque nos preguntamos qué hemos hecho mal, maltrechos porque los golpes sobre las viejas cicatrices duelen más, maltrechos porque las heridas que no esperabas te han hecho más daño.
Parecía tan fácil.
Será que las cosas fáciles son las más difíciles de atrapar, o será que no las sujetamos con fuerza, o que no las deseamos lo suficiente, o que no las merecemos, o que ya las tuvimos y no nos dimos cuenta.
Será que las cosas fáciles son las más difíciles de atrapar, o será que no las sujetamos con fuerza, o que no las deseamos lo suficiente, o que no las merecemos, o que ya las tuvimos y no nos dimos cuenta.
Parecía tan bonito.
Y de repente cuando te sentías mecida por el suave baile de las olas, se despertó el huracán arrasando lo que quedaba de tus ilusiones.
No lo entiendes muy bien porque tus sueños son simples, hechos de cosas sencillas. Como una mirada feliz, una sonrisa cómplice, un apretón de manos, un abrazo, una llamada inesperada, que te regalen un libro, que un hermano recuerde la canción que tarareabas cuando sus sueños y los tuyos se estaban fraguando.
Que en el Nuevo Año no se queden palabras sin decir, abrazos sin dar, cosas sin hacer, metas sin conseguir.
No lo entiendes muy bien porque tus sueños son simples, hechos de cosas sencillas. Como una mirada feliz, una sonrisa cómplice, un apretón de manos, un abrazo, una llamada inesperada, que te regalen un libro, que un hermano recuerde la canción que tarareabas cuando sus sueños y los tuyos se estaban fraguando.
Que en el Nuevo Año no se queden palabras sin decir, abrazos sin dar, cosas sin hacer, metas sin conseguir.
Que el Nuevo Año le reste segundos a ese minuto y medio que nos queda para alcanzar nuestros sueños.
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Sofía Campo Diví
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martes, 20 de diciembre de 2016
No estaba usted en casa. Mentira gorda.
Hace poco he averiguado que entre los entresijos de las compras por Internet se dicen muchas mentiras. Me refiero a las empresas de transporte,comprometidas a entregar los paquetes a tiempo. Resulta que, cuando se ven desbordadas y no te pueden entregar la mercancía el día señalado, te envían un correo o similar (nunca dejan el papelito que demuestra que han estado allí) diciendo que no estabas en el domicilio y que conciertes nueva fecha de entrega llamando a un número de teléfono 902, o sea de pago.
Me ha pasado varias veces que en ese momento que dicen que no estabas resulta que si que estaba, por lo cual es fácil deducir que mienten. Lo he descubierto hace poco. Cuando vino el transportista por "segunda vez" me llamó al teléfono (cosa que no hizo la primera vez porque no vino claro) para cerciorarse de que estuviera en casa. Le pregunté que si había venido él la fecha en que supuestamente yo "no estaba en casa", me dijo que ese día no terminaron el reparto y a la hora que yo "no estaba en casa" el estaba en Chilches (una localidad cercana) disponiéndose a regresar al almacén. Le expliqué lo sucedido y me respondió que "suelen hacer eso en el almacén" cuando se ven desbordados, suelen decir que no estás en casa; pero que el parte que él había dejado en el almacén decía que "no entregado por sobrecarga de envíos".
Supongo que es una estrategia para justificar ante los distribuidores tal como Amazon, que no han entregado según lo pactado. A mi me ha pasado con SEUR. Por si acaso si vuelvo a comprar pediré que no sea esta empresa de transporte la que me traiga el pedido. Aunque supongo que a ellos les da lo mismo. Y por supuesto reclamaré a amazon porque para concertar una nueva fecha de entrega había que llamar a un 902, cosa que no tenía por qué haber hecho. En mi pueblo a la gente que hace esto les llamamos sinvergüenzas. Desde luego de profesionales poco, que mintiendo no se llega a ninguna parte y más cuando estás cara al público.
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jueves, 15 de diciembre de 2016
La leyenda de la diosa Culibilla (una de tantas versiones)
Anayet y Arafita, eran
unos dioses pirenaicos pobres, pero muy trabajadores y honrados,
odiados por los otros dioses, pero a ellos no les importaba porque
tenían algo que les hacía sumamente felices: su hija Culibilla.
Culibilla
era la criatura más encantadora de aquellas montañas, por su
belleza y por su bondad. Tenía una capacidad innata para disfrutar
de las cosas más pequeñas, sobre todo de sus amigas las hormigas
blancas, las quería tanto que por ello llamó Formigal a esas montañas.
Cada día, adulada
por sus pretendientes, poderosos y ricos, Culibilla los rechazaba
uno
tras otro, y soñaba con el ser, capaz de enamorarla, no con su
riqueza sino con la bondad de su alma.
Pero apareció
Balaitus, locamente enamorado de ella. Poderoso, rico, temido por
todos, nadie había osado nunca oponerse a sus deseos, porque si
alguien lo hacía, él era capaz de desencadenar la tormenta más
terrible, de lanzar los rayos más espeluznantes y destruir todo a su
paso. Culibilla no le quería, porque sabía que no podría ser feliz
con él, y lo rechazó. Balaitus, que no había sido rechazado nunca,
montó en cólera y juró que la raptaría para hacerla suya.
Así que se presentó
frente a Culibilla, ante la mirada horrorizada de las demás
montañas, que ni se atrevieron a defenderla, y ésta viéndose
perdida llamó a las hormigas blancas en su ayuda: “¡A mí, las
hormigas!”, éstas empezaron a llegar de todos los rincones hasta
que cubrieron a Culibilla por completo. Balaitus, que no daba crédito
a sus ojos, dejó su presa.
Culibilla, en
agradecimiento, se clavó un puñal en el corazón, para que todas
las hormigas pudieran entrar en él: desde entonces es el forau de
Peña Foratata.
Las gentes del lugar
dicen que los que suben hasta allí, pueden oír los latidos de
Culibilla. También dicen que no han vuelto a verse hormigas blancas,
porque están todas allí, con ella.
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jueves, 24 de noviembre de 2016
Cinco años de aquella madrugada del 25 de Noviembre
Estos párrafos que vienen a continuación forman parte de una historia que algún día verá la luz y que forman parte de algo importante. Hoy he querido transcribirlos para conmemorar el quinto aniversario del fallecimiento de José Luis.
" Muchas
veces a lo largo de mi vida me había preguntado si las cosas suceden
casualmente o por el contrario todos tenemos una historia
predeterminada, que nos hace vulnerables al no poderla modificar.
Desde lo más hondo de mi ser me había preguntado a menudo si los
renglones torcidos, por donde se desenvuelve la vida de las personas,
tenían alguna explicación preestablecida, o éramos las personas
quienes torcíamos nuestras vidas, aún sin quererlo, yendo por
derroteros por donde nunca hubiéramos querido transitar.
A
lo largo de mi vida había existido una constante que de vez en
cuando emergía, de no sé bien dónde, y que se empeñaba en dejarme
a minuto y medio de conseguir todo aquello que me hubiera propuesto.
Siempre me quedaba a minuto y medio de conseguir aquellas cosas que me hubieran producido
felicidad. Rodeada por intensas situaciones que nunca me produjeron
placer, permanecía inquieta preguntándome si algún día llegaría a
mi meta.
Desesperada
por la incertidumbre que me producía no saber nunca si estaba
haciendo lo correcto para enderezar mi vida, me lancé a una
despiadada búsqueda de la felicidad, que me obligó a comenzar de
nuevo en diferentes ocasiones, siempre sin conseguir mi propósito.
Llegó un momento en que dejé de interesarme por esta búsqueda, sin
saber que esta decisión me daría a conocer una de las experiencias
más intensas de mi vida: José Luis. Porque entonces le encontré.
Pero como en las otras ocasiones me quedé a minuto y medio de conseguir la felicidad con él. Aquella fatídica madrugada del 25 de Noviembre respiró por última vez. Cansado de luchar contra el dolor terminó dándose por vencido y no pudo más. Muchas veces desde entonces me he reprochado que yo no fuera capaz de seguir luchando por él. Quizá eso es lo que me impide pasar esa página de mi vida "
Esta melodía de Rod Stewart ha sido testigo de muchos de nuestros momentos y aún después de tanto tiempo sin José Luis se me pone la piel de gallina cuando la escucho. Hoy se la quiero dedicar una vez más para hacerme la ilusión de que sigue aquí, aunque sé que no es verdad. La fotografía de arriba la hice en una excursión al Ibón de los Asnos cerca de Biescas. Estaba enamorado del Pirineo y no se cansaba de mirar las montañas y las seguirá mirando para siempre. La segunda foto es donde nunca dejará de mirarlo.
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miércoles, 23 de noviembre de 2016
Mi homenaje a Leonard Cohen
Hoy os lo digo con música.
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jueves, 13 de octubre de 2016
A Calamidad se le alborotan las ideas (ironías de la vida)
María Calamidad salió aquella tarde de su casa sin saber si iba a volver. No lo había decidido aún. Entró en la estación y se sentó en uno de esos bancos de hierro para ver pasar los trenes. En muchas ocasiones a lo largo de su vida había llevado a cabo esta especie de protocolo en aquellos momentos que necesitaba pensar.
Los andenes de las estaciones le daban seguridad y ver pasar los trenes la relajaba; el ruido ensordecedor a su paso por la estación le recordaba aquellos otros trenes que vio pasar durante tantas tardes, cuando soñaba que, quizá algún día, un príncipe azul bajaría de uno de aquellos talgos (entonces eran los más rápidos).
La noche anterior Calamidad había soñado, mientras dormía, que iba a realizar un viaje al espacio, pero que cuando buscaba su asiento no podía encontrarlo. Se había despertado sobresaltada por eso aquella tarde había decidido pasar la tarde en el andén de aquella estación de pueblo solitaria y vacía.
Un viaje al espacio no estaba dentro de sus posibilidades, aunque sí en la bicicleta que tenía en su patio interior; pero con la bicicleta no podría llegar muy lejos y mucho menos al espacio, además el sillín estaba demasiado alto para ella. Que manía tenían los fabricantes de hacer las cosas para gigantes y Calamidad distaba mucho de ser uno de ellos.
Mientras avanzaba la tarde una multitud de ideas se peleaban en su cabeza en un intento desesperado de darle alas a su imaginación. Pero no se le ocurría nada. Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Para tirarse a las vías le faltaba valor, así que desestimó la idea; para subirse a un tren a la aventura le faltaba decisión; y mucha más le hubiera faltado para subirse a un cohete y viajar a la luna, pero eso formaba parte de la irrealidad más irreal. Ni siquiera en su imaginación cabía esa posibilidad, aunque quizá allí estuviera la respuesta. Los viajes expresan el deseo de aventura pero también de huía. Pero Calamidad sabía que cuando huía de sí misma no valían cohetes, ni trenes ni bicicletas, que al final del viaje cuando volvía la cabeza atrás, ella seguía allí: su sombra.
En una ocasión alguien le había dicho que tenía mala sombra. Sería por eso que siempre quería escapar de ella. Y sería por eso que su huía era imposible, que su sombra no la abandonaría jamás. Recordando el dicho de que cuando no puedes contra tu enemigo te unas a él, decidió un día sentarse a charlar con su sombra para hacerse amiga suya.
Y para su asombró descubrió que su sombra la conocía mejor que nadie, eso sí, reconoció que ella había estado tras la idea de tirarse a las vías, pero luego se había echado atrás, luego ella también había decidido hacerse su amiga; más que nada porque ya se cansaba de tanto ir y venir por la vida. Que ser sombra también era muy duro.
Desde entonces Calamidad había sentido una especie de empatía que le había llevado a una extraña amistad con ella.
Llegados a este punto los pensamientos que ya se cansaban de tanto alboroto, decidieron rendirse.
Calamidad regresó a su casa sin haber visto bajar del tren a ningún príncipe ni azul ni verde ni amarillo y pensó que así era mejor, además con lo que destiñe el azul menudo lío. Volvió a su realidad más real y se dejó de viajes, ni en tren ni en bicicleta, ni en cohete.
Se puso el delantal y comenzó a hacer la tortilla de patata. Eso sí, miró de reojo y su sombra permanecía quieta: eso la dejó más tranquila; hubiera sido un problema que se empeñara en batir los huevos.
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Sofía Campo Diví
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Etiquetas: reflexiones de una cabra loca, Relato
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