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domingo, 11 de septiembre de 2011

Adivina que hay de menú.....¡pollo!


los pollos de la seguridad social

Lo peor que te puede pasar si te hospitalizan es que encima te prescriban comida sin sal. Ya de por si la comida de los hospitales no es nada apetitosa y no digo que los cocineros no se esmeren y la hagan sin cariño, que, posiblemente, cariño le ponen mucho, pero el presupuesto manda lo que manda y la mayoría de las veces los resultados dejan mucho que desear.

Hablo de esos filetes de pechuga de pollo empanados, echos en freidora, que se retuercen en un  contorsionismo brutal hasta formar unas figuras surrealistas de comida reseca, que no toleran ni los paladares menos exigentes. Hablo de esa verdura sin espíritu que, sea la que sea, sabe toda a lo mismo, a hierba con agua. Me refiero a esos estofados con zanahoria de carne jasca inmasticable, que se te queda entre los dientes, a esos purés insípidos, que como lavativas funcionarían divinamente, a esas tortillas francesas que, como suelas de zapato, hacen ruido cuando las golpeas contra el plato.
Precisamente cuando alguien está enfermo necesita comer primero por la vista, para que le apetezcan los menús, y necesita que la comida esté mínimamente apetitosa, pero estos detalles los ignoran en todos los hospitales, olvidando que la buena alimentación del enfermo contribuye a su recuperación, como las mismas medicinas.
Nuestros antepasados acostumbraban a decir que el que come escapa, se referían a escapar de una muerte segura, pero claro seguro que no conocían los menús sin estrella de los hospitales. Es verdad que no hay que exigir mucho con respecto a este tema ya que la seguridad social española es de las mejores, y no podemos quejarnos, la verdad, pero en cuestión de alimentación, tiene que aprender todavía una lección: que cuando uno está enfermo necesita que le den de comer algo con "más cariño" que si es así, seguro que se recupera antes. Estoy convencida que muchas estancias hospitalarias  se acortarían si hubiera una preocupación real por la cantidad y calidad de las comidas que pasa a través del paladar de los pacientes, y digo cantidad porque muchos pasan por el aire sin probar bocado, sin que nadie, me refiero al personal sanitario, se dé cuenta. Es verdad que después de cada comida pasa la auxiliar preguntando cuánto has comido, pero para cuando eso sucede las bandejas ya están fuera de la habitación, con lo cual puedes decirle un día tras otro que te lo has comido todo , cuando la verdad esque has devuelto la bandeja tal cual y sin tocar, a la cocina.
La variedad de los platos es impresionante, cada día los pacientes eligen entre tres primeros y tres segundos platos, tanto para comer como para cenar; pero la opción que no se escapa ningún día de la lista de menús es el pollo. Bien es sabido que el pollo es una de las carnes mejores a todos los niveles alimenticios, pero ¡pollo a todas horas es una barbaridad!. He sacado la cuenta y  el pollo forma parte por lo menos, y calculando a ojo, del ochetenta por ciento de los segundos platos. Uno de los días las opciones de segundo plato eran para comer, pollo asado, pollo a la chilindrón (que de chilindrón nada), una tercera opción que no recuerdo y lo más curioso fue que para cenar una de las opciones de ese mismo día era pechuga empanada, las otras dos eran mero (un mero un poco raro por cierto) al vapor y mero a la plancha (¡qué variedad!).
En fin que mejor no ponerse malo y tener que pasar por el hospital, porque no hace falta tener un paladar muy fino para que te eche para atrás la comida, y eso, aunque no vengas de los Siete Pares de Francia. Además todo enfermo tiene derecho a comer caliente, cosa que tampoco ocurre, porque a lo que llega la comida a la habitación, está cual témpano de hielo, sólo se salvan los caldos que al ir herméticos se mantienen calientes, pero el resto de los restos y demás platos, se quedan más fríos que los piés de la tía Benita cuando era cadáver. ¡Ah! ¡qué hay un microondas en la planta! Es verdad, pero ¿Qué enfermo tiene ganas de andar por los pasillos con los platos de la comida para llegar hasta el microondas y calentar la comida?...
Eso sí, como estamos gente para todo, tengo que decir que he encontrado a un paciente, compañero de habitación de J.L. que se lo comía todo y hasta le sabía bueno, no porque la comida estuviera buena en sí, sino porque era de los que piensan que comiendo escapas......

Por el bienestar de nuestros enfermos esperemos que en sus estancias hospitalarias mejoren.....los menús....

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domingo, 4 de septiembre de 2011

Silencio por favor

Un andador avanza chirriando por el pasillo de la quinta planta del hospital, el ensordecedor ruido hace que cuantos nos encontramos cerca, volvamos la vista hacia él. Una mujer mayor lo empuja con paciencia mientras recorre el largo pasillo. A nadie se le ha ocurrido nunca engrasarle las ruedas y un día tras otro el chirrido metálico hace su salida a escena para interpretar el paseo de todas las tardes, un melódico paseo.
El ir y venir de la gente pasillo arriba, pasillo abajo, acompañando a sus familiares enfermos, forma parte de una estampa de calendario, donde se entremezclan personas, objetos, sensaciones de todo tipo. Pero hay una sensación que se impone a todas las demás, porque debería haber más silencio, ya que se trata de un recinto hospitalario. Y sin embargo el ruido que hay por todas las partes, sobre todo voces que se imponen a fuerza de alzarse, nos hace olvidar por momentos que estamos en un hospital, donde personas convalecientes intentan descansar y recuperarse de sus dolencias. Y cuando lo piensas te invade una sensación de contradicción que no puedes explicar. Y más cuando esas voces que se imponen a fuerza de elevar el tono, la mayoría de las veces son del personal sanitario.
Ya en la UCI extraña que dicho personal hable tan alto y no se contenga a la hora de contarse las vacaciones, sin tener en cuenta que a quienes ocupan los boxes no les importa lo más mínimo dónde, cómo y cuándo han pasado las vacaciones, que solo quieren poder dormir, descansar en un ambiene tranquilo y que por encima de todo solo desean abandonar cuanto antes tan ruidoso ambiente.
Pero al salir de la UCI y llegar a la planta correspondiente enseguida se dan cuenta de que no se ha terminado la pesadilla, que los gritos continúan. A las seis de la mañana, cuando mejores sueños deberían tener, llega la del termómetro dando voces, como si fueran las cinco de la tarde, o la del zumo de las doce de la noche, que tres cuartos de lo mismo, por poner dos ejemplos. Pero el ruido sigue por los pasillos y de continuo.
Y no hablemos de las visitas, que algunos no deben de leer los carteles que hay por todas partes de "solo dos personas por paciente" porque hasta ocho personas he podido contar en varias ocasiones acompañando a un paciente dentro de la habitación, sin que nadie les llame la atención; y sin embargo cuando ingresó mi jefe, gran amigo y algo más, la segunda vez y a la mañana siguiente fui a llevarle el neceser  antes de las doce, (momento en que se puede subir a las habitaciones por norma)( porque pensé que sobre todo cuando estás enfermo tienes que cuidar más la higiene) una señora que debía ser la supervisora me dijo que no era horario de visitas, al responderle que solo llevaba un neceser para su higiene, me dejó pasar con la condición de que saliera enseguida. Hasta aquí todo bien si no fuera porque al llegar a la habitación me encontré para mi sorpresa que el paciente de la cama tres tenía una visita de cinco personas, que no entiendo qué habrían hecho para colársele a la supervisora; yo era una y me cazó, pero ¡cinco!
Tuve que salir como se me había sugerido, después de entregar el neceser, pero esos cinco se quedaron allí como si tal cosa, luego estuve a punto de  preguntarles cuántos jamones les había costado que la señora del control hiciera la vista gorda a su paso, pero no lo hice porque en el fondo me daba igual la respuesta, todos sabemos lo que pasa con estas cosas. En definitiva contradicciones hospitalarias de las que podíamos escribir un libro.
PDT. Se ruega al personal sanitario de los hospitales en general que hablen más bajo, sobre todo por la noche y que no olviden que los pacientes de la habitación contigua a la centralita, también necesitan descansar, es su derecho, den ejemplo y bajen las voces, así que las batallitas se las callen o se las cuenten más bajo. 

Siguiente capítulo: los menús de los hospitales

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lunes, 22 de marzo de 2010

Más solidaridad y menos xenofobia

Cuando hablamos de solidaridad a menudo nos preguntamos por qué es tan difícil ser solidario a veces. Las respuestas pueden ser infinitas y de todos los matices que queramos, por egoísmo, por miedo al compromiso, por el qué dirán, por xenofobia. Se podría enumerar una lista interminable y seguiríamos sin saber por qué cuesta tanto ser solidario.
Hace unas semanas me contaron un caso, que me puso los pelos de punta y que solo es explicable, a mi modo de ver, por un racismo cruel de la persona que lo motivó. Una mujer de etnia gitana acababa de dar a luz en un hospital, y el trato que el personal de dicho hospital le dieron fue excelente, dicho por ella misma, de tal modo que toda la familia quedó contenta por el cariño demostrado hacia ellos. Pero la excepción que confirma la regla hizo acto de presencia, para empañar el buen recuerdo, que hubieran podido tener de su paso por ese hospital.
El recién nacido no paraba de llorar y uno de sus familiares, preocupado por ello, le preguntó a un enfermero por qué lloraba. Este enfermero, posiblemente xenófobo (ya que de otra manera no se entiende su comportamiento), le dio una respuesta cruel diciéndole, que lloraba porque como a la madre no le bajaba la leche, se estaba deshidratando.
Todos sabemos que cuando a una madre no le baja la leche, hay un protocolo de actuación en los hospitales, para que el bebé no se deshidrate y no corra ningún peligro.
Pero este enfermero, muy poco profesional por otra parte, en lugar de trasmitir serenidad a los familiares, les hizo creer que el bebé sufría porque la madre no tenía leche. Ante esta respuesta el familiar del bebé le dijo al enfermero que le dieran leche, que cómo iban a consentir que el bebé se deshidratara (cosa que con toda seguridad estaban haciendo ya).
Un hecho de este calibre sólo se puede entender desde un ángulo: el de la xenofobia y el racismo. Porque, qué otro motivo puede tener un enfermero, que se supone que tiene una cualificación y una mínima formación psicológica, para entender la respuesta que dio. Porque, aunque tuviera un mal día (todos los tenemos), ese no es motivo, para ensañarse de este modo con alguien indefenso.
Esperemos que este enfermero cumpla con su obligación, cuando sea su cometido dar leche a los bebés, mientras esperan la de la madre (que todos sabemos que puede tardar bastantes horas en algunos casos)y que no los deje deshidratarse. No sabemos si habitualmente cumple con su trabajo, pero lo que si se ve de lejos, es que no tiene ni idea de solidaridad, y es que, trabajando en un hospital debería saber que la solidaridad es obligada para él.
Traer un niño al mundo es algo maravilloso y ningún otro hecho colateral debería enturbiar este momento. Por fortuna la familia del bebé disfruta de él hace semanas y a pesar de este desafortunado incidente, recuerdan más el buen trato que les dieron el resto del personal. Por desgracia las ovejas negras existen y también en los hospitales. ¡Qué le vamos a hacer! Pero la gente buena también abunda, y es eso lo que hay que recordar.

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