Pero cuando llegó al hospital y comenzó a recorrer aquel interminable pasillo, como si su esperanza se hubiera desvanecido, sintió un escalofrío que le certificaba que aquello estaba empezando a pasar. El desfile de aquellas batas blancas, no hacía sino despertarle la conciencia para que de una vez por todas aceptara la realidad.Después de todo, podría ser él, quien yacía en aquel frío congelador. No había vuelto a saber nada desde que le dejó por la mañana en el aeropuerto y en esas horas podía haberle pasado cualquier cosa. Siguió caminando por el pasillo frío, que desprendía el olor a cloroformo de todos los pasillos de hospital y vio enfermeras que se apresuraban hacia la salita del fondo.Posiblemente alguien se les estaba yendo de las manos, igual que él, en el supuesto de que fuera él quien le aguardara inerte en aquella nevera de hospital.
Cuando finalmente llegó al depósito y la invitaron a entrar para el reconocimiento del cadáver, sus lágrimas dejaron de brotar de sus ojos, en un intento desesperado de no aceptar lo que estaba a punto de ocurrir. Le enseñaron sus documentos. Todo coincidía lamentablemente. Y cuando la enfermera corrió el compartimento donde estaba el cadáver y levantó la sábana para dejar al descubierto su rostro, ella le vio y salió de estampida de aquella sala. Sin saber cómo, se encontró en la calle y comenzó a caminar por mitad de la calzada.
Después de caminar largo rato, se detuvo y se sentó en el bordillo de un estanque. Respiró hondo y se secó las lágrimas de los ojos. Todavía le temblaban las piernas. _Tienes que serenarte_ se repetía una y otra vez. Cuando se hubo tranquilizado se dirigió a la casa que compartían ambos, se acercó al teléfono y, al descolgar el auricular, vio el resguardo que le habían dado en la comisaría el día de antes, cuando fueron a denunciar el robo de la cartera. Nunca hubiera imaginado que el robo de aquella cartera le produciría tanta alegría. Efectivamente....nunca lo hubiera imaginado.







