jueves, 26 de mayo de 2016

Un viaje especial. (relato)


 
Había desempolvado la vieja y raída maleta; hacía tiempo que no salía de viaje y ya era hora de hacer una escapada, la tenía bien merecida, y ninguna ocasión mejor que ésta para llevarla a cabo.
Tampoco le hacían falta pretextos para salir de viaje, era una mujer libre y nada le ataba en su vida monótona y aburrida. Así que después de una concienzuda meditación se disponía para llevar a cabo uno de sus viajes más difíciles.
Abrió la maleta, quejumbrosa por el paso de los años, y, conforme desataba sus correas, el frío tacto de la piel se le metió en lo más profundo de su cuerpo haciéndola vacilar por unos momentos. Pero ella estaba firme y decidida. Las decisiones se toman para llevarlas a cabo, le había dicho un viejo amigo no hacía mucho. Y más que nunca debía ser consecuente con ella misma.
Minuciosamente lo preparó todo; pensó en los objetos que le serían útiles y los fue colocando uno a uno en el interior. Conforme la maleta se iba llenando, variedad de pensamientos le venían a la cabeza y los sentimientos afloraban en su corazón.
Recordaba el día que había comenzado todo y no podía evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Sin embargo, la pena y el dolor eran más grandes y por nada en este mundo daría marcha atrás.
Miró de reojo el viejo reloj suspendido en la pared y recordó las horas tristes que le había hecho compañía; cuando inútilmente había esperado en vano que los acordes metódicos de su móvil sonaran una vez más; pero nunca llegaron a oírse. El silencio había sido la única respuesta que había recibido.
Casi sin darse cuenta había llegado la hora de marchar, le quedaba el tiempo justo para llegar a la estación y coger aquel tren que le llevaría a alguna parte, lejos de todo aquello. Quizá entonces pudiera olvidar y comenzar una nueva vida, lejos de sus recuerdos, aislada de sus emociones. Ella sabía que nunca volvería a ser la misma, todo lo que le había sucedido en los últimos meses la había marcado demasiado para que la cicatriz que quedaba en su alma pudiera borrarse algún día.
Subió al taxi, bajó la ventanilla. Quería ver por última vez todo aquello. Y al tiempo que las lágrimas le inundaban los ojos y resbalaban tímidamente, como queriendo escaparse de puntillas sin hacer ruido, le recordó con ternura; cuando aquel día de verano acercando sus labios a los de ella la había besado por primera vez. Y después de tanto tiempo, todavía le venía a la boca el mismo dulce sabor que sintió aquella tarde…
Poco a poco se alejó de aquel lugar y si de una cosa estaba convencida era que, por más que su vida durase mil años, no podría olvidar jamás las horas que pasó a su lado, y que, aunque sabía que no debía hacerlo, contra toda esperanza… le seguiría esperando.
Y aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, cuando estaba a punto de subir al tren no pudo evitar vacilar, se detuvo en las escalerillas y miró a su alrededor; el corazón se le quería escapar del pecho; entonces comprendió que hubiera dado la vida por verle venir a lo lejos corriendo hacia ella, pidiéndole que se quedara.
Pero aquel tren que no entendía de deseos, ni de sueños comenzó a moverse lentamente. Ella se detuvo un momento en el pasillo. Se inclinó sobre la ventanilla para ver por última vez en dirección de los andenes. Pero no vio sino el tumulto de gente desconocida que como ella se disponía a emprender un viaje. Entró en su compartimiento, colocó sus cosas en el altillo de su asiento. Se aproximó a la ventanilla de nuevo, en un intento desesperado de que se cumpliera su deseo. Pero no le vio. Solo la vieja estación que cada vez más diminuta empezaba a volverse un punto en el infinito.
… Quizá era mejor así, no dejaba de repetirse. Mientras se abandonaba poco a poco a la difícil tarea de aceptar las consecuencias de la decisión que acababa de tomar.
De repente. Algo la sobresaltó… era la melodía de su teléfono móvil…

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martes, 17 de mayo de 2016

LA PIÑA ROTA (relato de una cabra loca)


Había una vez una casona en la montaña, rodeada de árboles, en medio de un paisaje privilegiado del valle del Aragón. El rumor del río podía oírse desde la casa y, sobre todo por la noche, la sensación de soledad se veía mitigada por el grito del agua, que bajaba por su cauce, impetuosa. Y cuando el rumor del río se hacía más fuerte, te invadía un impulso inevitable de arrebujarte bajo las sábanas y dejarte abrazar por ese rumor indescriptible. Y mientras el grito del río se deslizaba por entre las piedras enormes, con la prisa de alcanzar su destino allá en el mar, no podías evitar sumergir tu pensamiento en sueños, que con el tiempo, cuando aquel río fluyera lejos de ti, sabrías que solo habían sido eso: simples sueños.

La casona estaba situada en una cuesta empinada a modo de escalones, que los niños, que la habitaban durante los veranos, subían y bajaban cientos de veces, mientras inventaban fantasías, sin sabe aún que eran solo eso: simples fantasías. Y correteaban ajenos a la vida, inmersos en sus juegos de chiquillos, con el único deseo de divertirse y disfrutar de aquello, sin saber todavía que era irrepetible. Y se balanceaban en sus columpios, en aquella gigantesca barca de vaivén, de donde cayeron en varias ocasiones, lesionando sus rodillas, pero con la satisfacción de haber vivido una hazaña: la de llegar con la barca hasta aquel árbol, haber tocado sus ramas, y así haber infringido la norma paterna, que impedía hacer precisamente eso.

La casona tenía varios tramos de escaleras, un centenar de árboles frutales, que casi nunca habían dado fruto, excepto los cerezos y algún ciruelo, y dos moreras, que daban unas moras negras enormes. Había también zarzamoras, pinchos, sobre todo muchos pinchos. Por un tiempo podían verse dos huertos cultivados, que con el tiempo pasaron a estar yermos y secos.
Pasaba muchas tardes asomada a las grandes cristaleras, inmersa en pensamientos que mucho tiempo después, siguen rondándome la cabeza. ¿Por cuánto tiempo duraría aquello? ¿Aquellos chiquillos permanecerían siempre unidos? ¿Qué habría sido de ellos?
Pero igual que una nube se desvanece, dejaba de pensar en todo aquello y una vez tras otra me disponía a disfrutar de escenas que quizás serían irrepetibles. El bullicio de los chiquillos recorriendo la casa sin descanso en interminables juegos, regresaba a mi cabeza y mientras una sonrisa emergía de mis labios, me seguía preguntando hasta cuándo duraría todo aquello.

Un enorme depósito de riego hacía las veces de piscina, con su trampolín incluso, donde aprendíamos a nadar y pasábamos la mayor parte del día en verano. La madre, al fondo haciendo punto o cosiendo, mientras vigilaba atenta. A menudo los chiquillos la rodeaban, y parecían la gallina con sus polluelos, para pedirle la merienda, aquella sabrosa merienda que cada día preparaba con todo el cariño del mundo.
Y, cuando el cansancio se apoderaba de los niños, se iban a dormir a esas habitaciones compartidas y mientras llegaba el sueño, soñaban entre neblinas que algún día regresarían allí con sus chiquillos y les enseñarían todo aquello, y pasarían largos veranos viéndoles subir y bajar las escaleras, observándoles zambullirse en la piscina y balancearse en aquella barca….

Había en la casona una bodega con toneles envejecidos con el paso del tiempo, donde a menudo se reunían, ya no tan chiquillos, en compañía de sus padres para degustar el delicado vino, el más exquisito que he probado nunca. Y el recuerdo del sabor de aquel vino, que no se ha borrado de mi boca, ha vuelto a conseguir que se dibuje la sonrisa en mis labios.
Pero la vida no siempre discurre por donde queremos e, igual que el cauce de los ríos, se ve desviada de su curso natural, para tomar derroteros inesperados que nos dejan boquiabiertos. Es entonces cuando ocurre que ya solo queda esperar que la propia naturaleza no se rebele y un día intente recuperar lo que era suyo. Porque, igual que los cauces de los ríos acaban discurriendo por los lechos de donde fueron desviados, del mismo modo la vida vuelve a su cauce, de donde no debió salir nunca.

La casona sigue estando en el mismo sitio, y aquellos chiquillos se han hecho mayores y, del mismo modo que aquella casa estaba situada en una ladera escalonada, la vida los ha ido colocando a ellos en diferentes escalones, unos más arriba, y otros abajo. Los que permanecen arriba, podrán seguir contemplando las maravillas de aquel lugar que han conseguido que termine siendo habitable, y los que permanecemos abajo tendremos que mirarlo levantando la cabeza, como algo superior a nosotros mismos que ya nunca podremos alcanzar. La vida es así.

Y la casona,  seguirá recordando a aquellos chiquillos que un día soñaron con regresar y no podrán hacerlo, seguirá viéndoles soñar aquellos sueños de las noches de verano, cuando veían a sus hijos y a sus nietos correteando por aquella ladera empinada, balanceándose en la barca que llegaba a los árboles, chapoteando en la piscina, cogiendo las moras de aquellas moreras y compartiendo aquel vino rancio resumen de todas sus vidas.
La casona ha roto la piña que siempre habían formado aquellos niños, que desde pequeños estaban acostumbrados a compartir, pero con el paso del tiempo dejaron de hacerlo. Y los que guardaban la casona, como oro en paño, como un símbolo de su infancia y de su vida para volverla a compartir un día, sin que nadie les consultase, descubrieron que la casona había desaparecido para ellos.
Solo les quedará  seguir soñando con lo que pudo ser y nunca será.

Ya no hay piña, ya no hay sueños compartidos…ya no hay vino rancio, tampoco se escucha el rumor del río cuando nos arrebujabamos bajo las sábanas. 
Y hay que reflexionar porque la casona puede ser reemplazable, lo mismo que el columpio, y los árboles, y los recuerdos que siempre estarán allí….
Pero la piña rota…
¿Que pasará con la piña rota? 


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martes, 26 de abril de 2016

El plan B de los sueños (el retorno de las reflexiones de la cabra loca)



     Se dice por ahí que las mayores frustraciones las causan las expectativas que ponemos a veces en las personas, en las metas, en las cosas. Por eso lo más fácil para no sufrir decepciones sería no tener demasiadas expectativas o no tenerlas demasiado altas. A veces esperamos que ocurran cosas que nunca ocurren. Son los pequeños sueños irrealizables que año tras año se acumulan sin  que terminen por despertar. Son como sueños repetidos que a fuerza de volver y volver se convierten en compañeros irreemplazable de nuestras vidas.
     Y no tienen por qué ser sueños imposibles, es más, normalmente los sueños más realizables son los menos imposibles. Será por eso que son tan difíciles, que teniéndolos a la altura de la mano no somos capaces de verlos. Y miramos al horizonte imaginando que allá lejos hay cosas maravillosas por hacer mientras estamos ciegos para esas cosas cercanas que de verdad importan.
     Siempre he dicho que las pequeñas alegrías son más importantes y nunca he tenido sueños imposibles, me he conformado con pequeñas cosas. Lo que ocurre a veces es que mucha gente interpreta de modo incorrecto esta manera de ser y solo te ofrecen las migajas que les sobran, porque como tu te conformas con tan poco les parece que para ti es suficiente.
     Pero somos humanos y a veces nos dejamos llevar por esos ramalazos de sueños que nunca llegan; a veces tenemos la sensación de que está a punto de suceder algo diferente y sin embargo nos equivocamos porque llegan los imponderables, esos sucesos absurdos e inesperados, que aparecen cuando menos lo esperas y que te joroban todos los planes. Y claro, como estás acostumbrada a quedarte en segundo plano, te quedas con un palmo de narices mientras te preguntas por qué siempre te pasan estas cosas. Y no escarmientas, que es lo malo.
     Hasta que llega un día que  pensando en aquello de las expectativas dejas de esperar y decides dejarte llevar a ver qué pasa, sabiendo en el fondo que probablemente nunca pase nada especial. Lo especial está en las pequeñas cosas que te rodean, te dices a ti misma, esas cosas que te acompañan sin prestarles atención,
     Habréis notado que hablo de sentimientos, porque está claro que en otros campos de la vida si no tienes expectativas no avanzas. A la conclusión que quiero llegar es que nunca hay que esperar a que los demás cumplan nuestras expectativas, porque no van a hacerlo, entre otras cosas porque tendrán mejores cosas que hacer. Porque los demás siempre tienen mejores cosas que hacer.
O dicho de otra manera, si sueñas con tener un pez de colores, vete a un paraíso tropical, quítate los zapatos,  remángate el pantalón, entra en el agua y cógelo tu mismo  ¿A que no es tan difícil? Y si no tienes para el billete de avión una de dos, o  no desees peces de colores o te los vas a comprar a un acuarium, que seguro que está más cerca. 
En esta vida siempre hay un plan b, para los sueños también. 




     .

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miércoles, 13 de abril de 2016

Politiquería y demagogias varias

     Los batiburrillos politiqueros me tienen aburrida. A todos estos los ponía yo a picar en una cantera y me quedaba tan contenta. Y digo yo ¡Cómo habremos sito tan borricos para darles nuestro voto a estos ineptos! Porque se creían que iba a ser fácil arrancar a los gobernantes de sus poltronas, siendo que se agarran a ellas sujetos con cemento armado y no las soltarían ni aunque se avecinara un huracán. Estos se iban a ir volando con palmeras y todo y ni aún así dejarían que  los asientos se desprendieran  se sus posaderas. Se creían que iban a renunciar a la sopa boba con que alimentan sus egos de gobernantes, que aunque lo son del tres al cuarto, ellos creen que son lo más de lo más. Con una mano sujetan el sillón, con la otra el plato de sopa; así me explico yo que sea tan difícil que gobiernen y lo hagan bien. Porque mientras, elucubran cómo hacer para que la oposición no les arrebate ni la sopa ni la poltrona. Así que teniendo su cerebro, por así decirlo, ocupado en sus propios intereses, malamente pueden gobernar sin que se les noten sus verdaderos motivos.

Mientras tanto las ovejas siguen esperando, porque alguien les dijo un día que por una oveja que saliera, otra entraría. Así siguen esperando su turno y nada, que no sale ni la portera. Mientras tanto piensan que venir para esto es tontería, que más les valdría haberse quedado en casa, seguramente viendo algún derbi futbolero con una cerveza en la mano y unos pinchos de tortilla.

Por lo visto la mayoría ya ha dejado de esperar y cuando no se tiene que decir nada salen a escena las tonterías y las porquerías. Porque de estas hemos escuchado estos días un montón; la última que Rajoy le quería ofrecer a Sánchez la vicepresidencia si formaba gobierno con él. Me ha sonado raro....muy raro....pero raro.....raro ¿La Vicepresidencia? Habrá que ver los morros que ha puesto La Santamaría, yo el menos los pondría si fuera ella. Porque ¡vamos! ¡Sería el colmo! (risitas).

En fín, El ciberespacio está estos días atiborrado de tanta demagogia que no sabe por donde le da el aire ni por donde vienen vendavales; porque hablar hablamos todos y vemos clara la solución ¿Cómo? Pues como en cualquier empresa, finiquitados todos por no haber superado el periodo de prueba. Que la lista del paro es larga y ya habrá otro u otros, seguramente mejor preparados, que quieran trabajar en serio por este país. Lo de mejor preparados lo digo porque tiene narices que un deportista sepa idiomas y el presidente del gobierno solo se sepa expresar en castellano y mal. 
Somos tan magníficos que no solo no los despedimos sino que les vamos a dar otra oportunidad con unas nuevas elecciones. Y digo yo ¿Qué vamos a ganar siendo que siguen los mismos ineptos aspirando a presidentes de gobierno? 
No sé vosotros, pero yo cuando un guiso me sale mal, lo vuelvo a repetir pero con diferentes ingredientes. Porque un cocido socarrado ya le puedes hacer inventos que socarrado se queda. Y este gobierno está quemado, pero que muy quemado. 


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martes, 5 de abril de 2016

Silencios y tormentas

La vida de Calamidad siguió como si nada. Pasaron los años sin que hubiera aprendido nada o al menos esa era la sensación que sentía en ese oscuro rincón, donde se acurrucaba intentando permanecer ajena a todo cuanto le rodeaba. 
A menudo sentía esa imperiosa necesidad de esconderse, buscando rincones silenciosos en medio de la quietud de la noche. Cualquier ruido que irrumpiera en su mundo era silenciado de raíz; cualquiera excepto el ruido de las gotas de la lluvia que se estrellaban aquella noche contra las baldosas de su terraza. 
Al principio se había sobresaltado con ese repiqueteo incesante, hasta que comprendió que había empezado a llover. Era curioso lo que sentía. Era como si la lluvia le hiciera compañía, igual que los truenos de las tormentas cuando era niña. No entendía por qué a veces regresaba  a la infancia, reviviendo sensaciones que creía olvidadas. Y sin embargo  por nada del mundo hubiera revivido su infancia.
 Quizá aquellos truenos que la sobrecogían de niña, eran el único recuerdo que como un bálsamo hacía más leves sus heridas. Porque sí, de niña había hablado a menudo con esos truenos que acudían en su auxilio cuando menos lo esperaba.
Y la vida pasó....pasó.....pasó    y  Calamidad no había aprendido nada. Quizá fuera mejor así. 
O quizá si que aprendió y no se lo dijo a nadie. 
 De cualquier manera, siempre le quedarían el silencio, los truenos y las tormentas. El que pueda entender que entienda. 

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lunes, 11 de enero de 2016

Se me ha perdido la cintura (Cuarta parte, continuación de la Mujer diez)

Para quienes no han leído las anteriores entregas de "se me ha perdido la cintura"

Y pasaron los años, sin que María Calamidad consiguiera adelgazar, si bien es verdad que cada vez le importaba menos mirarse al espejo para lograr comprender en qué parte de su anatomía se encontraba su cintura. Palmo arriba palmo abajo ¡qué importaba!
La menopausia  había provocado estragos en su figura; bueno la menopausia y el tocino de jamón, que algo habría influido. Que era muy fácil echarle la culpa a la menopausia y mientras tanto atracarse de jamón. Mira que guapa. Y no es que comiera mucho pero se lo comía tan a gusto que le engordaba el doble ¿No dicen la satisfacción engorda? ¡Jodida satisfacción! Será leyenda será lo que sea, pero la verdad era que el aumento de peso había coincidido con los años más felices de su vida; sí, con la menopausia también. 
Y ya que me he puesto vamos a hablar de esta etapa de la vida que se pinta tan horrenda para muchas mujeres y que para algunas pasa totalmente desapercibida. Sí, desapercibida. Tal era el caso de Calamidad, que cuando acudió al ginecólogo para constatar con su fin del periodo menstrual ,la aparición de la menopausia, éste no le encontró ningún síntoma; ni un miserable sofoco, ninguna hemorragia, nada de depresión, que para depresiones estaba ella. Hasta le llegó a preguntar ¿Pero tampoco le duele la cabeza? No tampoco, le respondió Calamidad. Pues es usted la envidia de las menopáusicas, terminó él. 
Mira qué gracioso, pensó Calamidad al salir de la consulta ¡ envida de menopáusicas ! Es lo que le faltaba por oír. Nunca le habían llamado nada parecido, aunque lo hubiera pensado cien años nunca se le hubiera ocurrido llamarse a sí misma de aquella manera. Aunque, claro, menos daba una piedra. Y cuanto más lo pensaba menos  podía evitar verse sentada en un trono con una corona en la cabeza que ponía "menopáusica del año". Claro, tantos años tomando soja, al final había dado resultado. Su amiga Achan tenía razón, la misma amiga con la que había saltado vallas una vez para ir a dar unas clases y la misma que presenció el momento en que a Calamidad se se escapaba el ratón de la mesa del  ordenador, en la Universidad de Zaragoza, Achan le había hablado en numerosas ocasiones de los beneficios de la soja y sabido era que las mujeres orientales casi no presentan síntomas en sus menopausias porque la consumen a diario. 
Ahora Calamidad había madurado un poco más, por no decir envejecido que suena peor, y había dejado años atrás aquella etapa de su vida. Sin embargo su peso no empezaba a bajar y su cintura no terminaba por aparecer. Y eso que le habían asegurado que con el paso de los años volvería a su peso. Pero nada, no solo no adelgazaba sino que encima engordaba más y si conseguía perder peso enseguida lo recuperaba. 
Un día se miró en el espejo y ya no se vio tan llenita, incluso los pantalones se le caían un poco. Ilusionada se dirigió a la báscula, horror, no solo no había adelgazado sino que había ganado algo de peso. Le habían dicho que con el paso de los años los huesos pesan más y corrió a Internet para comprobarlo. Desilusión, leyenda urbana, no encontró ningún artículo que nombrara nada parecido.
Nada, tendría que resignarse. Probablemente aquellos pantalones con el uso se habían dado de si y por eso le quedaban más grandes. 
El caso era que por costumbre o por resignación ya no le importaban esos kilos de más. Porque ¿Qué más daba una cintura más o menos? Calamidad se había acostumbrado por fin al aumento de peso. Se miró en el espejó y  pensó "ahora que me he acostumbrado a los kilos de más, ya verás como adelgazo", "aunque, pensándolo bien, no me importaría volverme a acostumbrar a los kilos de menos". ......
(Próximamente en "se me ha perdido la cintura V" ¿Conseguirá Calamidad adelgazar?)(No te lo pierdas)

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martes, 22 de diciembre de 2015

Carta de un niño a la Navidad.


Este relato me lo inspiró un niño al que escuché un día........porque ni no sabemos cual es el espíritu de la Navidad quizá esto sea una muestra. 

"Querida navidad: hace tiempo que oigo hablar de ti y veo a toda la gente ilusionada, preparando comilonas y comprando regalos para las personas que quieren. Mi madre me ha dicho que les escriba una carta a los Reyes Magos, pero ella, mejor que nadie sabe que no serviría de nada. Porque esos famosos Reyes no pueden traer lo que yo quiero.

Tengo doce años y muchas ganas de vivir, por eso los Reyes no pueden cumplir mi deseo. Recuerdo, cuando era más pequeño, y todavía creía en ellos, la ilusión que me hacía esperar su llegada, imaginándolos cargados de juguetes para todos, entrando por las ventanas de las casas para dejarlos cuidadosamente sobre los zapatos de los niños. Recuerdo que les dejaba junto a mis zapatos unos trozos de turrón y un vasito de moscatel para que cogieran fuerzas para el camino. Recuerdo, que a la mañana siguiente me levantaba nervioso con la impaciencia de ver mis regalos cuanto antes. Y corría hacia el comedor, y cuando llegaba junto al árbol, donde había colocado mis zapatos, las piernas me temblaban y la ilusión se me salía del corazón. Abría todos aquellos paquetes impaciente y uno a uno los iba examinando minuciosamente. Recuerdo la cara de satisfacción de mis padres y las lagrimillas de mi madre por verme tan feliz.
Pero ahora me parece que aquellos días quedan ya lejos y que no volveré a ver situaciones parecidas. Apenas tengo fuerza para mantenerme en pie.Mi madre me dice que se me pasará, que pronto me pondré bien, pero , aunque simulo que le creo, se que nunca me curaré. Ayer, escuché cuando hablaba con mi médico y le decía que no había funcionado el tratamiento con la quimioterapia, que el mal estaba demasiado extendido y que no podía hacerse nada más, que a lo sumo me quedan seis meses de vida. Y será cierto, porque algo en mi interior me dice que éstas van a ser mis últimas Navidades.
Por eso no quiero escribir mi carta este año, porque lo que yo les pediría es vivir, y no está a su alcance comprarme un poco de vida. ¡Ojalá la vida se comprara en los supermercados o en las tiendas de chucherías! Que cada día con mi propina iría a la tienda y me compraría un día más y al día siguiente volvería y compraría otro día más, y me las ingeniaría para convencer a mi madre cada día para que me diera dinero para comprarme un día tras otro. Y cuando me preguntara en que me gastaba tanto dinero le diría que me estaba comprando vida. ¡Qué fácil sería si fuera así! Pero la vida no está en las estanterías de las tiendas y nadie puede hacer nada para que viva un poco más.
Querida Navidad, ésta es la última vez que voy a celebrarte. Y siento pena por mis padres, por mi hermanita, por mis amigos, a quienes no volveré a ver. Me entristece, que nunca podré ver la carita de ilusión de mis hijos, que no llegaré a tener,   cuando se aproximen al árbol y desenvuelvan sus regalos el día de Reyes.

Mis padres y mi hermana no tienen que saber que lo sé todo, por eso disimularé para que esta última Navidad sean felices y así nos sintamos bien todos juntos. Por eso quiero pedirte, querida Navidad, que ésta sea la más feliz de nuestra vida, que mis padres no sufran mucho con mi muerte, y que les convenzas de que siempre estaré a su lado, que mi hermanita siempre me recuerde como el compañero de juegos que siempre fui para ella, como su confidente fiel, como el encubridor de sus travesuras, que velaba por ella a todas las horas, en fin, como el buen hermano que he querido ser siempre para ella. Esta mañana al ver el Nacimiento en la entrada de mi casa, he recordado la primera vez que lo pusimos mi hermana y yo, ella empeñada en colocar unas muñecas barriguitas en mitad del puente que llevaba al portal y yo negándome a ello. Me ha dado pena recordar que no le hice caso, porque ahora me doy cuenta de que aquel gesto no era tan importante como yo pensaba. Si pudiéramos retroceder en el tiempo colocaría sus muñecas en mitad de aquel puente ¡claro que si, las colocaría! Y colocaría unas ovejitas, una cabra, mi perro, y también un niño enfermo como yo, que se curase al besar el pie del Niño Jesús. Y ese niño regresaría sano a casa y se abrazaría a sus padres y a su hermanita y les diría: ¡alegraros conmigo, el Niño Jesús me ha curado! Ellos se emocionarían y le llenarían de besos y llorarían de alegría.
Pero esto es la vida, querida Navidad, y dentro de poco se apagará el hilo de vida que me queda, y cuando mis padres y me hermana me vean dirán: “parece dormido” y así paliaran un poco su dolor.
Yo te pido, Navidad, que cuando ese momento llegue, a ellos les parezca que solo me he dormido y que cualquier día volveré a despertar. Y despertaré dentro de sus sentimientos, permaneciendo acurrucado en un rincón de sus corazones. Yo solo quiero eso, Navidad, que sepan que nunca me separaré de su lado, para que no lloren mi ausencia. Voy a rebuscar entre los trastos viejos de mi hermana y voy a intentar recuperar esas barriguitas, las colocaré en mitad del puente que va hacia el Portal y seguro que le doy una gran alegría. Seguro que se la doy. Así parecerá que no pasa nada, que la vida siguen tal cual y que todos seremos felices eternamente. Muy felices."


¡Feliz Navidad a todos!

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