domingo, 25 de septiembre de 2016

Solo un día (reflexión de una cabra loca)

No se si os habrá pasado alguna vez que de repente os ha invadido un terrible cansancio que minaba todas vuestras fuerzas. No hablo de cansancio físico. Hablo del cansancio tipo tirar la toalla; del cansancio tipo me consume la soledad. Tampoco me refiero a la soledad de compañía; me refiero a la soledad interior allí donde te sientes incomprendida, sola ante el peligro. Allí donde solo tú sabes qué está ocurriendo.
Hablo de ese cansancio de haber creído derrotado el monstruo y verle aparecer de nuevo; de ver regresar el cartero que siempre llama dos veces, aún cuando tenías la esperanza de que no lo hiciera. 
Y solo con pensar en volver a batallar las mismas guerras te angustia porque ahora si que sabes de qué va. 
Y te miras las manos y están viejas; y consultas tu energía y ves encendida la luz roja ¡Cuidado a punto de agotarse, conecte de nuevo a la red!
¡Ojalá fuera tan fácil como conectar a la red! te dices. 
Mientras tanto ha llegado un nuevo día. Un día más. Aguanta un día más. Te convences de que solo será un día porque si sospecharas que fueran más te hundirías. Irremediablemente esperas el milagro que nunca llega. Mientras, pasan otros días que también son un día más. Y nada.
Esperemos un poco, tengamos paciencia. Acudes al refranero. No hay mal que por bien no venga; no hay mal que cien años dure; mañana será otro día. 
Eso digo yo, otro día. 

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martes, 20 de septiembre de 2016

A Calamidad se le alborotan las ideas (ironías de la vida)

María Calamidad salió aquella tarde de su casa sin saber si iba a volver. No lo había decidido aún. Entró en la estación y se sentó en uno de esos bancos de hierro  para ver pasar los trenes. En muchas ocasiones a lo largo de su vida había llevado a cabo esta especie de protocolo en aquellos momentos que necesitaba pensar.
Los andenes de las estaciones le daban seguridad y ver pasar los trenes la relajaba; el ruido ensordecedor a su paso por la estación le recordaba aquellos otros trenes que vio pasar durante tantas tardes, cuando soñaba que, quizá algún día, un príncipe azul bajaría de uno de aquellos talgos (entonces eran los más rápidos).
La noche anterior Calamidad había soñado, mientras dormía, que iba a realizar un viaje al espacio, pero que cuando buscaba su asiento no podía encontrarlo. Se había despertado sobresaltada por eso aquella tarde había decidido pasar la tarde en el andén de aquella estación de pueblo solitaria y vacía. 
Un viaje al espacio no estaba dentro de sus posibilidades, aunque sí la bicicleta que tenía en su patio interior; pero con la bicicleta no podría llegar  muy lejos y mucho menos al espacio, además el sillín estaba demasiado alto para ella. Que manía tenían los fabricantes de hacer las cosas para gigantes y Calamidad distaba mucho de ser uno de ellos.
Mientras avanzaba la tarde una multitud de ideas se peleaban en su cabeza en un intento desesperado de darle alas a su imaginación. Pero no se le ocurría nada. Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Para tirarse a las vías le faltaba valor, así que desestimó la idea; para subirse a un tren a la aventura le faltaba decisión; y mucha más le hubiera faltado para subirse a un cohete y viajar a la luna, pero eso formaba parte de la irrealidad más irreal. Ni siquiera en su imaginación cabía esa posibilidad, aunque quizá allí estuviera la respuesta. Los viajes expresan el deseo de aventura pero también de huía. Pero Calamidad sabía que cuando huía de sí misma no valían cohetes, ni trenes ni bicicletas, que al final del viaje cuando volvía la cabeza atrás, ella seguía allí: su sombra. 
En una ocasión alguien le había dicho que tenía mala sombra. Sería por eso que siempre quería escapar de ella. Y sería por eso que su huía era imposible, que su sombra no la abandonaría jamás. Recordando el dicho de que cuando no puedes contra tu enemigo te unas a él, decidió un día sentarse a charlar con su sombra para hacerse amiga suya. 
Y para su asombró descubrió que su sombra la conocía mejor que nadie, eso sí reconoció que ella había estado tras la idea de tirarse a las vías, pero luego se había echado atrás, luego ella también había decidido hacerse su amiga; más que nada porque ya se cansaba de tanto ir y venir por la vida. Que ser sombra también era muy duro.
Desde entonces Calamidad había sentido una especie de empatía  que le había llevado a una extraña amistad con ella. 
Llegados a este punto los pensamientos que ya se cansaban de tanto alboroto, decidieron rendirse. 
Calamidad regresó a su casa sin haber visto bajar del tren a ningún príncipe ni azul ni verde ni amarillo y pensó que así era mejor, además con lo que destiñe el azul menudo lío. Volvió a su realidad más real y se dejó de viajes, ni en tren ni en bicicleta,  ni en cohete. 
Se puso el delantal y comenzó a hacer la tortilla de patata. Eso sí, miró de reojo y su sombra permanecía quieta: eso la dejó más tranquila; hubiera sido un problema que se empeñara en batir los huevos. 


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viernes, 16 de septiembre de 2016

Como tú creías (reflexión para andar por casa)


El ser humano es el ser más complicado que puedes encontrar. Será por eso que cuando cree que lo sabe todo se da cuenta de lo poco que sabe; será por eso que después de vivir una vida pensando que era de una manera, a los cincuenta y muchos puede darse cuenta de que ha vivido en un mundo irreal, que la realidad era como la veían los otros.

Porque sí, es posible descubrir un día que has vivido toda la vida confundido; que la vida no era como tu la sentías, sino como la sentían los demás; que donde tú ponías amor, otros ponían egoísmo; que tu paciencia era soberbia vista desde fuera; que tu creías que todos eran sinceros pero no lo eran. En definitiva que caminaban por el mismo camino que tú sintiendo en los zapatos las mismas piedras, en el rostro la misma lluvia; en el corazón los mismos buenos sentimientos. Pero te equivocabas.
Resultado de imagen de botas de caminar

Un buen día, por uno de esos azares del destino llegaste a descubrir que la vida no era ni como la habías vivido ni como te la habían contado; que quien debería haberte amado te había hecho sufrir; que quien debería haberte dado una infancia feliz, te la había quitado; que nunca fuiste  una segunda madre para tus hermanos como siempre te decían tus padres. Tantas cosas descubriste como por azar, que te fue imposible asimilar tanta información nueva de repente.
Te decías a tí misma que no era posible que hubieras estado tan ciega. El mundo se te puso del revés, como un calcetín atrapado. Tu vida cambió de repente aquel día que descubriste que no era como tu creías.
Solo con una frase; solo con una actitud; solo con una mirada; solo con un reproche que nunca debieron existir si la vida hubiera sido como tu creías.

Y como el que no quiere la cosa, te pusiste los calcetines gordos y te calzaste las botas de caminar y emprendiste tu camino en busca de esa porción de vida que creías merecer. No fue fácil, no fue simple, pero valió la pena. 
(Bueno, eso os lo contaré dentro de veinte años si vivo)

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Duque, el parque no será lo mismo sin tí.

Se llamaba Duque, tenía dos años y medio. Era un beagle de mirada penetrante y porte elegante. Y digo era porque nos dejó hace algo menos de dos semanas. Una enfermedad que no le dio tregua se lo llevó en pocos días. 
Era uno de los perros de la cuadrilla del parque de Almenara, donde a diario nos juntamos. Los que no conviven con perros no pueden entender el cariño que se les coge y que cuando mueren dejan un vacío difícil de explicar. 
A Duque, a pesar de su escaso tamaño, los beagles no son muy grandes, se le veía llegar desde lejos y poco a poco, como el que no quiere la cosa, se colocaba a tu lado y te miraba con esos ojos insistentes nada difíciles de descifrar: quería su chuchería; luego se ponía a caminar como si nada, a olisquear los rincones del parque y a jugar con los otros compañeros de manada. A veces prefería estar solo; era algo independiente, pero no por eso menos interesante.
Desde la tarde que supimos  que no le veríamos más andamos todos algo compungidos y cabizbajos porque no nos lo creemos todavía.
A veces en el parque se nos va la mirada hacia la puerta por donde solía a entrar, quizá con la esperanza de verle de nuevo. Y aunque sabemos que nunca más cruzará esa puerta, tenemos la certeza de que seguirá siempre en nuestros corazones. Duque ha dejado su hogar vacío y el parque muy triste, aunque  el recuerdo lleno de muchos momentos bonitos. 
Duque, tus amigos de manada, Luna, Aquiles, Oto, Chula, Daima, Cata, y tantos otros,  quieren decirte, allá donde estés, que el parque no será lo mismo sin ti. 

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jueves, 26 de mayo de 2016

Un viaje especial. (relato)


 
Había desempolvado la vieja y raída maleta; hacía tiempo que no salía de viaje y ya era hora de hacer una escapada, la tenía bien merecida, y ninguna ocasión mejor que ésta para llevarla a cabo.
Tampoco le hacían falta pretextos para salir de viaje, era una mujer libre y nada le ataba en su vida monótona y aburrida. Así que después de una concienzuda meditación se disponía para llevar a cabo uno de sus viajes más difíciles.
Abrió la maleta, quejumbrosa por el paso de los años, y, conforme desataba sus correas, el frío tacto de la piel se le metió en lo más profundo de su cuerpo haciéndola vacilar por unos momentos. Pero ella estaba firme y decidida. Las decisiones se toman para llevarlas a cabo, le había dicho un viejo amigo no hacía mucho. Y más que nunca debía ser consecuente con ella misma.
Minuciosamente lo preparó todo; pensó en los objetos que le serían útiles y los fue colocando uno a uno en el interior. Conforme la maleta se iba llenando, variedad de pensamientos le venían a la cabeza y los sentimientos afloraban en su corazón.
Recordaba el día que había comenzado todo y no podía evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Sin embargo, la pena y el dolor eran más grandes y por nada en este mundo daría marcha atrás.
Miró de reojo el viejo reloj suspendido en la pared y recordó las horas tristes que le había hecho compañía; cuando inútilmente había esperado en vano que los acordes metódicos de su móvil sonaran una vez más; pero nunca llegaron a oírse. El silencio había sido la única respuesta que había recibido.
Casi sin darse cuenta había llegado la hora de marchar, le quedaba el tiempo justo para llegar a la estación y coger aquel tren que le llevaría a alguna parte, lejos de todo aquello. Quizá entonces pudiera olvidar y comenzar una nueva vida, lejos de sus recuerdos, aislada de sus emociones. Ella sabía que nunca volvería a ser la misma, todo lo que le había sucedido en los últimos meses la había marcado demasiado para que la cicatriz que quedaba en su alma pudiera borrarse algún día.
Subió al taxi, bajó la ventanilla. Quería ver por última vez todo aquello. Y al tiempo que las lágrimas le inundaban los ojos y resbalaban tímidamente, como queriendo escaparse de puntillas sin hacer ruido, le recordó con ternura; cuando aquel día de verano acercando sus labios a los de ella la había besado por primera vez. Y después de tanto tiempo, todavía le venía a la boca el mismo dulce sabor que sintió aquella tarde…
Poco a poco se alejó de aquel lugar y si de una cosa estaba convencida era que, por más que su vida durase mil años, no podría olvidar jamás las horas que pasó a su lado, y que, aunque sabía que no debía hacerlo, contra toda esperanza… le seguiría esperando.
Y aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, cuando estaba a punto de subir al tren no pudo evitar vacilar, se detuvo en las escalerillas y miró a su alrededor; el corazón se le quería escapar del pecho; entonces comprendió que hubiera dado la vida por verle venir a lo lejos corriendo hacia ella, pidiéndole que se quedara.
Pero aquel tren que no entendía de deseos, ni de sueños comenzó a moverse lentamente. Ella se detuvo un momento en el pasillo. Se inclinó sobre la ventanilla para ver por última vez en dirección de los andenes. Pero no vio sino el tumulto de gente desconocida que como ella se disponía a emprender un viaje. Entró en su compartimiento, colocó sus cosas en el altillo de su asiento. Se aproximó a la ventanilla de nuevo, en un intento desesperado de que se cumpliera su deseo. Pero no le vio. Solo la vieja estación que cada vez más diminuta empezaba a volverse un punto en el infinito.
… Quizá era mejor así, no dejaba de repetirse. Mientras se abandonaba poco a poco a la difícil tarea de aceptar las consecuencias de la decisión que acababa de tomar.
De repente. Algo la sobresaltó… era la melodía de su teléfono móvil…

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martes, 17 de mayo de 2016

LA PIÑA ROTA (relato de una cabra loca)


Había una vez una casona en la montaña, rodeada de árboles, en medio de un paisaje privilegiado del valle del Aragón. El rumor del río podía oírse desde la casa y, sobre todo por la noche, la sensación de soledad se veía mitigada por el grito del agua, que bajaba por su cauce, impetuosa. Y cuando el rumor del río se hacía más fuerte, te invadía un impulso inevitable de arrebujarte bajo las sábanas y dejarte abrazar por ese rumor indescriptible. Y mientras el grito del río se deslizaba por entre las piedras enormes, con la prisa de alcanzar su destino allá en el mar, no podías evitar sumergir tu pensamiento en sueños, que con el tiempo, cuando aquel río fluyera lejos de ti, sabrías que solo habían sido eso: simples sueños.

La casona estaba situada en una cuesta empinada a modo de escalones, que los niños, que la habitaban durante los veranos, subían y bajaban cientos de veces, mientras inventaban fantasías, sin sabe aún que eran solo eso: simples fantasías. Y correteaban ajenos a la vida, inmersos en sus juegos de chiquillos, con el único deseo de divertirse y disfrutar de aquello, sin saber todavía que era irrepetible. Y se balanceaban en sus columpios, en aquella gigantesca barca de vaivén, de donde cayeron en varias ocasiones, lesionando sus rodillas, pero con la satisfacción de haber vivido una hazaña: la de llegar con la barca hasta aquel árbol, haber tocado sus ramas, y así haber infringido la norma paterna, que impedía hacer precisamente eso.

La casona tenía varios tramos de escaleras, un centenar de árboles frutales, que casi nunca habían dado fruto, excepto los cerezos y algún ciruelo, y dos moreras, que daban unas moras negras enormes. Había también zarzamoras, pinchos, sobre todo muchos pinchos. Por un tiempo podían verse dos huertos cultivados, que con el tiempo pasaron a estar yermos y secos.
Pasaba muchas tardes asomada a las grandes cristaleras, inmersa en pensamientos que mucho tiempo después, siguen rondándome la cabeza. ¿Por cuánto tiempo duraría aquello? ¿Aquellos chiquillos permanecerían siempre unidos? ¿Qué habría sido de ellos?
Pero igual que una nube se desvanece, dejaba de pensar en todo aquello y una vez tras otra me disponía a disfrutar de escenas que quizás serían irrepetibles. El bullicio de los chiquillos recorriendo la casa sin descanso en interminables juegos, regresaba a mi cabeza y mientras una sonrisa emergía de mis labios, me seguía preguntando hasta cuándo duraría todo aquello.

Un enorme depósito de riego hacía las veces de piscina, con su trampolín incluso, donde aprendíamos a nadar y pasábamos la mayor parte del día en verano. La madre, al fondo haciendo punto o cosiendo, mientras vigilaba atenta. A menudo los chiquillos la rodeaban, y parecían la gallina con sus polluelos, para pedirle la merienda, aquella sabrosa merienda que cada día preparaba con todo el cariño del mundo.
Y, cuando el cansancio se apoderaba de los niños, se iban a dormir a esas habitaciones compartidas y mientras llegaba el sueño, soñaban entre neblinas que algún día regresarían allí con sus chiquillos y les enseñarían todo aquello, y pasarían largos veranos viéndoles subir y bajar las escaleras, observándoles zambullirse en la piscina y balancearse en aquella barca….

Había en la casona una bodega con toneles envejecidos con el paso del tiempo, donde a menudo se reunían, ya no tan chiquillos, en compañía de sus padres para degustar el delicado vino, el más exquisito que he probado nunca. Y el recuerdo del sabor de aquel vino, que no se ha borrado de mi boca, ha vuelto a conseguir que se dibuje la sonrisa en mis labios.
Pero la vida no siempre discurre por donde queremos e, igual que el cauce de los ríos, se ve desviada de su curso natural, para tomar derroteros inesperados que nos dejan boquiabiertos. Es entonces cuando ocurre que ya solo queda esperar que la propia naturaleza no se rebele y un día intente recuperar lo que era suyo. Porque, igual que los cauces de los ríos acaban discurriendo por los lechos de donde fueron desviados, del mismo modo la vida vuelve a su cauce, de donde no debió salir nunca.

La casona sigue estando en el mismo sitio, y aquellos chiquillos se han hecho mayores y, del mismo modo que aquella casa estaba situada en una ladera escalonada, la vida los ha ido colocando a ellos en diferentes escalones, unos más arriba, y otros abajo. Los que permanecen arriba, podrán seguir contemplando las maravillas de aquel lugar que han conseguido que termine siendo habitable, y los que permanecemos abajo tendremos que mirarlo levantando la cabeza, como algo superior a nosotros mismos que ya nunca podremos alcanzar. La vida es así.

Y la casona,  seguirá recordando a aquellos chiquillos que un día soñaron con regresar y no podrán hacerlo, seguirá viéndoles soñar aquellos sueños de las noches de verano, cuando veían a sus hijos y a sus nietos correteando por aquella ladera empinada, balanceándose en la barca que llegaba a los árboles, chapoteando en la piscina, cogiendo las moras de aquellas moreras y compartiendo aquel vino rancio resumen de todas sus vidas.
La casona ha roto la piña que siempre habían formado aquellos niños, que desde pequeños estaban acostumbrados a compartir, pero con el paso del tiempo dejaron de hacerlo. Y los que guardaban la casona, como oro en paño, como un símbolo de su infancia y de su vida para volverla a compartir un día, sin que nadie les consultase, descubrieron que la casona había desaparecido para ellos.
Solo les quedará  seguir soñando con lo que pudo ser y nunca será.

Ya no hay piña, ya no hay sueños compartidos…ya no hay vino rancio, tampoco se escucha el rumor del río cuando nos arrebujabamos bajo las sábanas. 
Y hay que reflexionar porque la casona puede ser reemplazable, lo mismo que el columpio, y los árboles, y los recuerdos que siempre estarán allí….
Pero la piña rota…
¿Que pasará con la piña rota? 


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martes, 26 de abril de 2016

El plan B de los sueños (el retorno de las reflexiones de la cabra loca)



     Se dice por ahí que las mayores frustraciones las causan las expectativas que ponemos a veces en las personas, en las metas, en las cosas. Por eso lo más fácil para no sufrir decepciones sería no tener demasiadas expectativas o no tenerlas demasiado altas. A veces esperamos que ocurran cosas que nunca ocurren. Son los pequeños sueños irrealizables que año tras año se acumulan sin  que terminen por despertar. Son como sueños repetidos que a fuerza de volver y volver se convierten en compañeros irreemplazable de nuestras vidas.
     Y no tienen por qué ser sueños imposibles, es más, normalmente los sueños más realizables son los menos imposibles. Será por eso que son tan difíciles, que teniéndolos a la altura de la mano no somos capaces de verlos. Y miramos al horizonte imaginando que allá lejos hay cosas maravillosas por hacer mientras estamos ciegos para esas cosas cercanas que de verdad importan.
     Siempre he dicho que las pequeñas alegrías son más importantes y nunca he tenido sueños imposibles, me he conformado con pequeñas cosas. Lo que ocurre a veces es que mucha gente interpreta de modo incorrecto esta manera de ser y solo te ofrecen las migajas que les sobran, porque como tu te conformas con tan poco les parece que para ti es suficiente.
     Pero somos humanos y a veces nos dejamos llevar por esos ramalazos de sueños que nunca llegan; a veces tenemos la sensación de que está a punto de suceder algo diferente y sin embargo nos equivocamos porque llegan los imponderables, esos sucesos absurdos e inesperados, que aparecen cuando menos lo esperas y que te joroban todos los planes. Y claro, como estás acostumbrada a quedarte en segundo plano, te quedas con un palmo de narices mientras te preguntas por qué siempre te pasan estas cosas. Y no escarmientas, que es lo malo.
     Hasta que llega un día que  pensando en aquello de las expectativas dejas de esperar y decides dejarte llevar a ver qué pasa, sabiendo en el fondo que probablemente nunca pase nada especial. Lo especial está en las pequeñas cosas que te rodean, te dices a ti misma, esas cosas que te acompañan sin prestarles atención,
     Habréis notado que hablo de sentimientos, porque está claro que en otros campos de la vida si no tienes expectativas no avanzas. A la conclusión que quiero llegar es que nunca hay que esperar a que los demás cumplan nuestras expectativas, porque no van a hacerlo, entre otras cosas porque tendrán mejores cosas que hacer. Porque los demás siempre tienen mejores cosas que hacer.
O dicho de otra manera, si sueñas con tener un pez de colores, vete a un paraíso tropical, quítate los zapatos,  remángate el pantalón, entra en el agua y cógelo tu mismo  ¿A que no es tan difícil? Y si no tienes para el billete de avión una de dos, o  no desees peces de colores o te los vas a comprar a un acuarium, que seguro que está más cerca. 
En esta vida siempre hay un plan b, para los sueños también. 




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