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lunes, 14 de marzo de 2022

Una fuente que mana siempre

      Por fin han llegado las esperadas lluvias que tanto necesitamos. Sin embargo a pesar de que sabemos que la lluvia es buena para todos no podemos evitar, cuando la vemos llegar, sentir cierta tristeza y nostalgia. Sucede que los días lluviosos nos llaman a la melancolía; el triste ambiente gris nos envuelve con su manto y, como si  nos abrigáramos con una manta, nos dejamos envolver por esas horas tristes.

    Podríamos pensar que con lo que está cayendo en Ucrania, con los desastres de la pandemia y con  el dolor de tantos seres humanos, es egoísta sentirse triste porque llueve. Pero la vida sigue a pesar de todas esas inclemencias , la del tiempo también. Por ello tenemos todo el derecho a sentirnos como nos sintamos.

     Porque los días grises nos hacen rememorar los malos momentos que, como si volvieran a suceder, nos producen el mismo efecto del día que los sufrimos por primera vez. Son cosas del ser humano que no pueden evitarse por más que nos lo propongamos. 

     Hoy es uno de esos días y mira por donde que me ha dado por escribir, mientras mi rumba se pasea por la casa haciendo su trabajo y mi perra cambia de sitio constantemente sintiéndose acosada por esa extraña compañera. 

     Debido a la lluvia el paseo mañanero de todos los días se ha visto reducido por una breve caminata a los arboles más cercanos para que mi Chula estire un poco las patas y se desahogue. Ejem. No sé si mi perra entiende de nostalgia, de días tristes y no tengo ni idea de cómo le afectan; pero  seguro que de alguna manera ella lo sabe. Sabe cómo me siento y sabe que es un día diferente porque se sienta frente a mí mientras me mira con insistencia, como si me dijera "¡venga ánimo que yo estoy aquí contigo!"

    Recuerdo que de niña tampoco me gustaban los días de lluvia, porque me obligaban a permanecer en casa; aunque tengo que reconocer que ya de adulta la lluvia nunca me ha impedido llevar a cabo un plan que tuviera previsto. Si había que mojarse, pues se mojaba una. 

     Desde hace unos días estoy pensando en un proyecto, que nada tiene que ver con la lluvia, quiero escribir mis memorias. No es la primera vez que lo pienso, pero de nuevo me encuentro con un dilema. El dilema de cómo contar la verdad sin que mi narración hiera sentimientos de terceras personas. Esta duda me ha echado para atrás en otras ocasiones aunque ahora me siento con más fuerza para hacerlo. Porque tengo mucho que contar y quiero que mis hijos y mis nietos me conozcan y sepan cómo he vivido y cómo me he sentido a lo largo de mi vida. Ellos han participado en muchos de esos momentos y sin embargo a veces pienso que no han llegado a comprenderme. 

     Creo que los hijos no llegan a conocer a sus padres porque solo los ven en su faceta de padres, como si exclusivamente es lo único que fueran. Es que para ellos solo somos padres, que les hemos dado la vida y les hemos criado mientras intentábamos enseñarles, como podíamos, cómo enfrentarse a ella. Y si no haced la prueba; preguntarles a vuestros hijos si saben cuál es vuestra lectura favorita, cuándo fue la última vez que fuisteis al médico, cómo y quiénes son vuestros amigos, cuál es vuestra fruta preferida, qué viaje os ha emocionado más, cuáles son vuestros planes para el futuro. Preguntadles si sois felices.

     Porque ellos no se paran a pensar que tenemos emociones, ilusiones, carencias. Porque para ellos solo somos padres. Y es lo mismo que nosotros  pensábamos de los nuestros, que unos padres son como una fuente que mana constantemente a la que siempre podemos ir a beber. 

     Hay que ver lo que inspira un día de lluvia, que de un tema te lleva a otro sin que te des cuenta de que están pasando los minutos y es hora no sé si de salir a la calle a mojarse o de tomarse un café caliente, que por cierto mi rumba ya ha terminado su faena y mi Chula se ha dormido en su rincón favorito (mi sofá). 

     Seguiré pensando en la forma de escribir mis memorias. Ya os iré contando. 

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domingo, 17 de noviembre de 2019

El tren que pasa cuando quieres que pase.

      Hace tiempo escuché una frase que me hizo pensar. "La vida es lo que pasa mientras hacemos planes". Cuando se es joven se sueña demasiado; no digo con esto que sea malo soñar, porque los sueños nos mantienen vivos. Pero qué es la vida: efectivamente, lo que transcurre mientras soñamos. 
    Yo tengo ya una edad  que, aunque me permito soñar un poco, me ha devuelto a la realidad. A esa realidad que ya no deja nada para mañana, porque se siente demasiado cerca del mañana. A esa realidad que mira los detalles pequeños que la rutina nos va dejando, sin  que nos demos cuenta. A la realidad que nos aleja de discusiones sin sentido y nos acerca más a nuestro interior. Una realidad hecha de trozos de nuestra propia vida. 
      Entonces me doy cuenta de que ya he cogido casi todos los trenes que pasaron ante mí. Unos a tiempo; otros que perdí y tuve que esperar para cogerlos de nuevo. Porque si de una cosa estoy segura es de que no perdemos el tren, si acaso es el tren el que nos pierde a nosotros. Los que dicen que el tren solo pasa una vez, no saben de qué hablan. El tren pasa cuando tú quieres que pase, cuando estás preparado para cogerlo y no antes; esos trenes que no coges no son para tí. 
     Mi pesadilla mas recurrente es caminar hacia una estación y llegar tarde a mi tren, porque de repente la estación ha dejado de ser estación y se ha convertido en otra cosa. En una ocasión la estación se convirtió en un aeropuerto. Seguro que esto sería de psicoanálisis. 
     El avanzar del tiempo me ha hecho plantearme la vida de otra manera y he mejorado algunas cosas, pero lo que no termino de conseguir es tener tiempo para mí, cosa por la que tendré que seguir luchando. Porque he dedicado mi vida a los demás desde que tengo memoria, pero me siento un poco vacía porque no sé  nada de mi, porque no me he parado a disfrutar de lo que en verdad me hace feliz, porque sigo sin sentirme libre y eso no es bueno. No es bueno, porque podría volver a liarme la manta a la cabeza , para coger algún tren, que finalmente me conduzca hasta mi misma. Porque siempre queda algún tren al que subir.
     No sé si alguien me sigue leyendo, pero los que me conocen saben que mañana es una fecha importante, me casé con José Luis hace ocho años, nació mi nieta Ainara, hace cuatro. A él ya no le tengo porque el destino lo subió demasiado pronto al último tren. A mi nieta tampoco este año he podido ir a verla en su cuarto cumpleaños, por imponderables del destino que casi siempre me lo ponen todo en contra. Y se acerca el día 25, una fecha triste, porque fue cuando él se subió a ese último tren. Una mezcla agridulce de mes de noviembre, mes que nunca me ha gustado dicho sea de paso. 
Procuraré estar más animada el mes que viene, o mejor a partir de enero. Eso. A partir de enero. 
     

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jueves, 8 de agosto de 2019

Pensar en los demás y saber estar. Cosillas de la vida

Hoy toca un poco de todo. Hablemos de que la gente nos hemos olvidado de pensar en los demás y no vemos más allá de nuestras narices. Mi madre me inculcó desde niña que debía saber ponerme en el sitio de los demás para entenderlos y que no debía hacer a los demás, lo que no querría que me hicieran a mí. A menudo recuerdo estas enseñanzas, que también he intentado transmitir a mis hijos. No sé si algún día dentro de mucho, ellos las recordarán como yo las recuerdo ahora.
Y viene esto a que cada vez más vengo observando que la gente pensamos cada vez menos en los demás; solo nos importa lo nuestro, aunque para conseguirlo debamos machacar al prójimo. Por poner algún ejemplo: gente que pone música a toda pastilla a altas horas de la madrugada; gente que enchufa el lavavajillas a las doce de la noche, sin importarle que quizá el vecino de al lado tenga que madrugar a las cinco de la mañana para ir a trabajar; gente que deja que sus perros meen en las fachadas de los edificios o que jamás recogen las cacas, o solo las recogen cuando los miran, sin importarle el malestar que provoca a sus vecinos; gente que grita de madrugada, que da portazos cuando entra a los zaguanes, que saca chorreando la bolsa de la basura, o que deja que su perro ladre de continuo. Sería una lista interminable por desgracia.
También nos hemos olvidado de lo que es la educación o la cortesía, de lo que significa saber estar en cada situación. Y a menudo perdemos el norte o actuamos como un ciclón,  arrasando todo a nuestro paso, sin importar que caiga quien caiga. Me molesta la gente maleducada y la gente histérica que intenta solucionar todo a gritos, como si por chillar tuviera más razón. En definitiva gente que no sabe estar y no se da cuenta de que con un solo día que se le vaya la cabeza, puede perderlo todo; la amistad de sus amigos, la confianza de quienes confiaban en ella. Y sobre todo no se da cuenta de que va  a perder la estima y va a cambiar el concepto que los que la rodean tenían de ella.

 Por suerte de estas situaciones alborotadas vamos a aprender muchas cosas; por ejemplo a conocer mejor a las personas, a bajarlas del pedestal. Sí. Hablo con conocimiento de causa; hace unos años presencié  una de estas situaciones, que me impactó; hace dos días se derrumbó ante mí la alta estima en que tenía a una persona que conozco, por su mal comportamiento hacia mi, en una situación que debería haber controlado mucho mejor y que se le fue de las manos. Y como soy muy mayor para aguantar impertinencias, pues tal día hará un año. Que a estas alturas, impertinencias, aguanto las justas.
Esto me hace pensar en la hipocresía de la gente, lobos con piel de cordero a menudo, que primero se acercan a ti con dulzura y que con el tiempo se les olvida que llevan  disfraz y se comportan como son; en definitiva, lobos (con perdón de los lobos). 
Me encanta la gente que piensa en los demás y la gente que sabe estar en la vida. 

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miércoles, 3 de octubre de 2018

Más planteamientos, menos impertinentes y más "haz lo que te apetezca"

Hablando de planteamientos no podemos olvidar las circunstancias que son, a fin de cuentas, las que gobiernan la vida de cada uno. Dichosas circunstancias que siempre aparecen para estropearlo todo, pocas veces para cosas buenas. 
No está mal buscar la tranquilidad que puede ser equiparable a la felicidad. Porque  hace tiempo que ya  he dejado de buscar la felicidad como concepto pero conceptos fuera, ahora aspiro a vivir tranquila, sin sobresaltos, sin broncas, sin imprevistos, dejándome mecer como una pluma que lleva el viento. Uy. Difícil esto se ser pluma y dejarse llevar, pero hay que intentarlo. Por lo menos durante algún tiempo me gustaría tener una vida tranquila, levantarme por la mañana y poner mi música mientras desayuno, salir a pasear con mi perra, ver a mis amigos, no tener horarios ni prisas por volver. Adentrarme en el mar azul y dejarme llevar por las olas. Cosas fáciles pero imposibles algunas veces, casi todas las veces. 
Sería como dejar de templar gaitas y desechar todas las impertinencias absurdas, con eso me conformo, con pasar de los inútiles y los prepotentes que se creen poseedores de la verdad y no saben una moñiga, pero aman de crear polémicas inútiles, para que resalte su ego y lo único que consiguen es hacer un soberano ridículo en el más despiadado de los momentos, o sea, cuando más ridículo hacen. 
Vivir ese momento mágico de no tener que dar explicaciones y en definitiva hacer lo que te sale de las narices pese a quien le pese. Dicho queda. 

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domingo, 6 de mayo de 2018

Día de la madre. Lo demás sobra.

 No me gustan "los días de.." pero  no quita para que aprovechando el momento haga una reflexión de andar por casa.
¿Madre? ¿Qué es "eso"?
Bien digo "eso". Porque parece que las madres estamos destinadas a ser unos bichos raros, unos entes a veces absurdos que se pasan la vida sufriendo. Porque sí, lo nuestro es sufrir; cuando los hijos  son pequeños porque tenemos miedo de que enfermen; cuando enferman, sufrimos porque enferman; cuando se han curado, sufrimos por miedo a que tengan una recaída. Sufrimos porque quizá no estén creciendo bien, y si crecen bien, porque no dejen de hacerlo. Si tienen muchos amigos, sufrimos porque quizá sean demasiados, si no los tienen porque no los tienen; si salen porque salen y si no salen porque no salen. Cuando tienen novia sufrimos porque les vaya bien y si no les va bien, también sufrimos. Incluso cuando son adultos, sufrimos cuando les va mal porque les va mal y si les va bien, porque tememos que  deje de irles bien.
Cuando son padres sufrimos porque sus hijos crezcan sanos y .... vuelta a empezar.
 Un amigo mío fraile, que ya falleció, me dijo un día que los hijos son una puñalada en el corazón; entonces no lo entendí. Con el paso de los años, lo he entendido de muchas  maneras diferentes.
Ellos no entienden a veces que nos preocupemos en exceso y que nos demos tanto mal por todo.
Siempre he pensado que cuando ellos fueran padres , lo entenderían. Y, aunque no lo demuestren, seguro que lo entienden.
¿Madre? Sí, madre. Ese ente que todo lo puede y lo aguanta; que calla cuando hay que callar y en silencio se traga lo que hay que tragarse sin rechistar; que si recibe regalos levita hasta las nubes, y si no los recibe...también; que se alegra con sus hijos y padece cuando ellos padecen. Solo le importa la felicidad de sus hijos y con verlos felices se siente satisfecha. Por eso, cuando no llega lo que espera de ellos, siempre encuentra una disculpa.....y sigue esperando. Que no le importa verse metida en medio de un fuego cruzado si eso les hace felices.
Hay tantas cosas que no le importan a una madre. Pero no olvidéis nunca que una madre también  es persona y cuando le hieren, le duele, aunque no lo diga. Que cuando le cae un chaparrón, se moja, aunque con su impermeable de los días de lluvia no se le note y siga como si tal cosa.
Últimamente me ha dado por pensar que no he sido la mejor madre y por eso querría  que me disculparan mis hijos. Aunque creo, que solo uno de ello leerá esto: el único que aquella vez leyó aquella carta que les escribí hace muchos años por este mismo día. Han pasado muchos años pero algo no ha cambiado desde entonces. Para mis hijos sigo siendo una perfecta desconocida; siguen sin saber cuántas veces he visitado el médico este año, cuántos amigos tengo, qué cosas me ilusionan, qué cosas me entristecen, cuál es mi plato preferido, cuál no me gusta nada, qué planes tengo, qué he leído últimamente, qué espero, cuánto duermo por la noche. Porque para ellos, como para todos los hijos, solo somos madres. Y como todas las madres, lo demás no importa. Es igual. Ellos siguen siendo maravillosos. 




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domingo, 15 de octubre de 2017

Reflexión de un domingo cualquiera.

Han pasado más de tres meses desde mi último post en este blog y me he dado cuenta de que ya me estaba pidiendo de comer. Ando metida en otras obligaciones, de esas que dan trabajo y nada de dinero, pero los que me conocen ya saben como soy. Mis hijos me dicen a veces que me meto en berenjenales que, podría evitar y en parte tienen razón, pero solo en parte.
Resulta que las personas somos un cúmulo de circunstancias y un conglomerado de situaciones que nos han hecho ser como somos. Los hijos, normalmente, no comprenden a sus padres más que en su faceta de padres, como si no fueran nada más; olvidan a menudo que somos personas, con las características de cualquier persona. Seres que necesitamos reír, llorar, divertirnos, ser comprendidos, añorados. Ellos tienen que entender que tenemos que ser como somos, además de padres o madres, tener amigos, relacionarnos, hacer cosas que nos realicen como personas completas. Esos son los berejenales donde me meto, aquellas cosas que me hacen sentir bien. 
Pues bien. debido a esos berenjenales he tenido olvidado mi blog. 
Ya que he empezado a hablar de hijos, voy a seguir. Siempre he dicho que se aprende mucho de los hijos; ellos nos enseñan la evolución de las cosas, el progreso de las cosas más modernas. Ellos nos enseñan a negociar, casi inconscientemente, como sin quererlo. Pero lo que más nos enseñan es a olvidarnos de nosotros mismos.
 El otro día lo comentaba con una amiga, que desde que tienes hijos es como si dejaras de existir, porque todo lo que te espera desde entonces, es para esos hijos. Siempre he tomado decisiones importantes para procurarles bienestar; mi mayor obsesión de ahora es  querer que estén bien, que sean felices. Y son mayores ya; pero es que un hijo no se acaba nunca; es como una enfermedad crónica que no tiene cura, en el mejor sentido de la palabra. Espero que si alguno de mis hijos lee esto, que no lo sé, sepa entenderlo. 

También tengo que decir que todas esas decisiones que he tomado para favorecerlos no siempre me han salido bien, ni han tenido las consecuencias que yo esperaba. Pero es que la vida es así; un camino que no figura en ningún mapa, sin ningún tipo de indicaciones sobre cómo recorrerlo.
La vida es como ir monte a través, por donde tu vas haciendo camino, sorteando obstáculos unas veces, disfrutando del paisaje otras, sintiéndote rendido por el cansancio cuando no sabes por dónde ir; disfrutando al descubrir esas cosas estupendas que te ha ido ofreciendo ese camino. 
Lo que más me sigue obsesionando ahora es que mis hijos estén bien, que tengan salud,  que sean felices y buenas personas, que lo son. No han tenido una vida fácil, no hemos tenido una vida fácil; pero han sabido luchar, hemos sabido luchar. 

Nunca les digo lo orgullosa que me siento de ellos, con sus valores, que los tienen; y sus defectos, como los tenemos todos. Pero sí, me hacen sentir orgullosa, aunque solo vean mi faceta de madre y no se den cuenta de que también soy persona; supongo que como la mayoría de los hijos. En el fondo siempre he pensado que los hijos no conocen a sus madres, por este motivo. Solo somos madres, nada más. Supongo que como nos ha pasado a todas las madres, con las nuestras. Ley de vida será. Será eso. 



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domingo, 25 de septiembre de 2016

Solo un día (reflexión de una cabra loca)

No se si os habrá pasado alguna vez que de repente os ha invadido un terrible cansancio que minaba todas vuestras fuerzas. No hablo de cansancio físico. Hablo del cansancio tipo tirar la toalla; del cansancio tipo me consume la soledad. Tampoco me refiero a la soledad de compañía; me refiero a la soledad interior allí donde te sientes incomprendida, sola ante el peligro. Allí donde solo tú sabes qué está ocurriendo.
Hablo de ese cansancio de haber creído derrotado el monstruo y verle aparecer de nuevo; de ver regresar el cartero que siempre llama dos veces, aún cuando tenías la esperanza de que no lo hiciera. 
Y solo con pensar en volver a batallar las mismas guerras te angustia porque ahora si que sabes de qué va. 
Y te miras las manos y están viejas; y consultas tu energía y ves encendida la luz roja ¡Cuidado a punto de agotarse, conecte de nuevo a la red!
¡Ojalá fuera tan fácil como conectar a la red! te dices. 
Mientras tanto ha llegado un nuevo día. Un día más. Aguanta un día más. Te convences de que solo será un día porque si sospecharas que fueran más te hundirías. Irremediablemente esperas el milagro que nunca llega. Mientras, pasan otros días que también son un día más. Y nada.
Esperemos un poco, tengamos paciencia. Acudes al refranero. No hay mal que por bien no venga; no hay mal que cien años dure; mañana será otro día. 
Eso digo yo, otro día. 

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lunes, 14 de diciembre de 2015

Yo soy, tu eres, él es. El afán de llevar la contraria.

Parece que en Internet estemos siempre en guerra unos contra otros; nunca llueve a gusto de todos; siempre hay una mitad que critica a la otra mitad. No han dicho unos "a" que surgen  defensores de "b" o viceversa. Parece ser que hay quienes piensan que todos debemos pensar lo mismo, reivindicar lo mismo, sentirnos igual ante lo mismo. Y no hace más que aparecer un comentario para que pronto aparezcan cual defensores de lo indefendible, echando por tierra empuñando sus armas de intransigencia e intolerancia, ante los que se permiten pensar libremente.
     Primero fueron los comentarios del niño sirio que apareció muerto en la playa, frente a los que no tardaron los de quienes apelaban a la cordura, recordándonos que miles de niños mueren a diario en las guerras; ahora han muerto dos españoles en un atentado y han aparecido quienes han criticado a los "soy París"  por no haber puesto ahora  "soy España" por los dos militares muertos en el atentado de Kabul. Y digo yo ¿Quienes son ellos para decirnos lo que debemos ser o no ser y sobre todo lo que debemos o no escribir? 
Yo les instaría a esta pandilla de intolerantes que se miraran la viga de su ojo, porque es posible que encontraran un medio mejor de reivindicar lo que quisieran  sin mofarse de quienes comentan lo que creen oportuno. Porque ¿Acaso está escrito o mandado en alguna parte que debemos ser todos iguales, que tenemos que pensar lo mismo, que tenemos que sentirnos igual? 
Son batallas del siglo XXI nada fáciles  de lidiar, mientras haya quienes se crean dueños de este mundo virtual, donde en definitiva nadie tiene razón o todos la tienen, porque ya lo dijo Ramón Campoamor:  "en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que mira" O lo que es lo mismo, todo es subjetivo y nadie es mejor ni peor por reivindicar cosas diferentes. 
Seguro que si hubiera habido un millar de "soy España" también hubieran tenido algo que decir. Porque los tocapelotas hablan por hablar con  tal de llevar la contraria. 

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