Se levantó de la cama, tan deprisa como se lo permitieron sus músculos entumecidos por el frío. Se envolvió en la vieja toquilla de lana y se precipitó hacia la puerta, sin saber qué hacer, ni a dónde ir. Miró a su alrededor. LLovía. Giró la cabeza una y otra vez hacia ambos lados y finalmente se armó de valor, dirigiendo sus pasos hacia el cementerio, donde yacía enterrada su madre.
Ella no creía en espíritus y se negaba a dar por supuesto que el de su madre la había visitado aquella noche. Tenía que haber una explicación y estaba dispuesta a encontrarla. Seguramente habían profanado su tumba y aquello no era más que una broma pesada de alguien, que sabía el cariño que ella le tenía a aquel broche.
Mientras el aguacero descargaba su ira sobre ella, pensaba en aquello y aceleraba el ritmo de su paso. Después de caminar un buen rato llegó al cementerio y se dirigió hacia la tumba de su madre. El mismo pasillo frío y lúgubre de entonces, los mismos nichos, el mismo ambiente gélido y sombrío. Sin embargo había algo extraño en el ambiente. Era como si el tiempo, se hubiera detenido en aquel lugar en aquel preciso momento.
Conforme se acercaba hacia la tumba, su paso se iba ralentizando, como si le hubiera entrado miedo de repente y quisiera demorar el momento de la llegada. Se abrazó a si misma sujetando ambos extremos de la toquilla. El frío era cada vez más intenso y el silencio de aquel lugar más penetrante.
Cuando por fin llegó hasta el lugar preciso, todo a su alrededor comenzó a darle vueltas. No podía creer que le estuviera ocurriendo aquello. Deseó con todas las fuerzas que fuera una pesadilla, pero por más que lo intentó no pudo despertar. Intentó secar el agua de su rostro, que seguía cayendo con insistencia, para poder ver con más nitidez y cuando miró de nuevo comprobó que la tumba de su madre había desaparecido.
(continuará)
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