lunes, 28 de noviembre de 2011

Todo me huele a él

Acabo de regresar a casa y todo me huele a él, veo sus cosas, siento su presencia y no puedo menos que sentir una terrible impotencia al pensar que, finalmente no pudo ser, que tras cuatro meses de dura pelea cayó derrotado y sus fuerzas mermaron hasta el punto de entregarle a la muerte.

A menudo, durante estos meses de hospitalización, llenos de complicaciones, decía “¿qué más puede pasarme?” y se lo preguntaba a los médicos, me lo preguntaba a mí, con la esperanza de que le dijéramos que pronto estaría bien. Y deseábamos con todas las fuerzas su pronta recuperación, se lo trasmitíamos convencidos de que sería así.

Otras veces, rendido por tantas dolencias decía “me doy, no puedo más” pero siempre sacaba fuerzas de flaqueza para seguir luchando. Pero la madrugada del día 25 no pudo más y en pocos minutos se apagó para siempre. Nunca olvidaré esas últimas horas que viví con angustia, sin soltarle la mano, sin dejar de acariciarle, intentando que su agonía no le produjera demasiado dolor.

Los médicos dijeron que no sufría y a mí me lo pareció al principio, pero de pronto abrió completamente los ojos, que había tenido cerrados desde hacía  horas, me pareció que intentaba decir algo, miró hacia mí, aunque no sé si me vio, quiero pensar que sí, le apreté la mano, le besé la mejilla, le dije que le quería, mientras su respiración de ralentizaba y finalmente desaparecía. Eran las tres y media de la madrugada. Acababa de morir el mejor hombre y la mejor persona que he conocido.

(Seguiré hablando de él, cuando mis dedos dejen de temblar y la serenidad vaya regresando a mi vida)



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sábado, 26 de noviembre de 2011

Siempre se van los buenos, pero ahora se nos ha ido EL MEJOR

Me he despertado esta mañana deseando que las horas vividas hubieran sido una pesadilla, que los cuatro meses de hospital y los 64 últimos días no hubieran ocurrido nunca. Por desgracia no es así y José Luis, mi jefe, gran amigo, algo más y ahora mi marido, no estará más con nosotros. Su batalla ha terminado y ahora le toca descansar, por desgracia para nosotros, no será a nuestro lado. 
Otro día, cuando me haya serenado le escribiré más largo.
Descansa en paz, José Luis, no te olvidaremos y quienes te queremos sabemos que una parte de tí siempre estará con nosotros.

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martes, 22 de noviembre de 2011

De regreso a la quinta

JL ha salido de la UCI y ha regresado a la quinta planta del San Jorge. Ya solo le queda recuperar las fuerzas perdidas para seguir la batalla, porque la batalla continua y hay que seguir luchando. Hemos vivido días duros y emotivos, pero sabemos que vale la pena seguir adelante. Gracias a todos por vuestra ayuda y muestras de cariño. 

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domingo, 20 de noviembre de 2011

UNA ROSA CON AMOR

La batalla sigue adelante, seguimos peleando por un trozo de vida, agarrados a un hilillo de esperanza que nos anima a seguir adelante. JL merece vivir y por ello todos los que le queremos estamos con él.
Hace unos días le pidió a una enfermera que consiguiera una rosa para mí, y me regaló la rosa. Desde la UCI el S.Jorge fué capaz  de conseguir un detalle para su chica. Por ello merece vivir y seguro que lo consigue. Gracias a todos por vuestro apoyo en estas horas difíciles.

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domingo, 13 de noviembre de 2011

Un antes y un después

A menudo nos encontramos en la vida con situaciones que se convierten en el eje y solemos decir que desde entonces habrá  un antes y un después. Porque a veces los sucesos que vivimos nos cambian y pueden hacernos mejores o peores personas. A menudo no encontramos explicación, o al menos la explicación que desearíamos, a todas esas situaciones. Es entonces cuando nos lanzamos a una vorágine de búsqueda de respuestas, en un intento desesperado de volver del revés esa situación que no creemos merecer, que pensamos que nuestros seres queridos tampoco deberían merecer.
Pero ¡quién dijo que cada pregunta tenga su respuesta! El silencio ocupa todos los huecos que esos interrogantes horadan en nuestro interior, un tremendo silencio que ahogado entre lágrimas, que nunca debieron derramarse, nos recuerda que tampoco esta última pregunta tiene respuesta.
Y, aunque lo sabemos, nos preguntamos ¿por qué? y miramos a nuestro alrededor con insistencia, en un intento también desesperado de que ocurra algo que lo cambie todo. La impotencia se apodera de nosotros agarrándonos con las crueles zarpas de la realidad, nos zarandea en un intento también desesperado de que recobremos la consciencia y asumamos que esta situación, como muchas otras, es real y quedará marcada para siempre con un antes y un después.

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martes, 8 de noviembre de 2011

Corbatas lisas, de rayas o de lunares...¡qué más dará!

Ya había decidido ignorar la campaña electoral, cuando ayer tuve la tentación de asomarme a los preparativos del debate televisivo, que sostuvieron los dos únicos contrincantes.
Muchos preparativos y mucha solemnidad y parece ser que lo que algunas cadenas televisivas priorizaban como un detalle importante a tener en cuenta, era el color y forma de la corbata de ambos.
No me lo pensé dos veces, busqué una cadena apolítica y me olvidé del tema. Es indignante que las corbatas de dos señores sean las protagonistas de un debate, que podía haber sido algo digno. Pero siempre nos tenemos que fijar en chorradas. Me pregunto qué habrán pensado los millones de parados que tenemos, a los que sin duda alguna el color y forma de las corbatas de los participantes en el debate  les importa un bledo. Habrán supuesto  que con esa misma superficialidad y falta de seriedad abordan los problemas de la nación, con un color más o menos y una rayita mas derecha o más torcida. El caso es que con corbata lisa, a cuadros o de lunares, seguimos como seguimos. Ya se pueden vestir nuestros políticos de Lagarterana, que como no se apliquen algo más (dígase mucho más) contento van a dejar a este país, que sufre sus desmanes, mientras ellos deciden frente al espejo con qué indumentaria van a engañarnos la próxima legislatura.

(Prometo no volver a hablar de las presentes elecciones)

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martes, 1 de noviembre de 2011

Cuarenta días de hospital

Cuarenta días de hospital son capaces de acabar con la paciencia del más templado y si ese templado encima está pachucho,  no hay más que decir,  que a buen entendedor con pocas palabras bastan.
Desde luego aquel que dijo que la vida era una lucha, más le valdría haberse estado callado en  el momento de semejante inspiración, que buena la hizo con tal aserto,  que lejos de consolar en los malos momentos, deprime más todavía si cabe a quienes por azares del destino, se ven privados de su salud  y para recuperarla deben pasar largos días en un hospital.
Luchar ya lo creo que luchan. En medio de botijos de medicinas y chucherías con sabor a química, luchan por mantenerse erguidos a pesar de los bandazos que les hacen tambalear, da la falta de apetito, que convierte la rutina de comer en la peor pesadilla, llena de sopas y purés insípidos, de filetes alejados de los cloruros sódicos, de los pollos al vapor (no podemos olvidar los queridos pollos, seguramente de la granja de algún pariente de algún jerifalte de la seguridad social, malditos pollos)(¿es que no saben que existen también los patos, los corderos, las codornices, los cerdos...y los huevos?
Los días de hospital son siempre grises, aunque luzca un sol espléndido, grises por la mañana, cuando te despiertan para tomarte la temperatura y más aún si justo te has dormido hace quince minutos;grises a media mañana cuando el médico acaba de decirte que de irte a casa nada de nada, que tu mejor sitio es el hospital, donde deberás conformarte con las vistas del cerro de S.Jorge; grises a la hora de comer la comida insípida e insulta, pero eso sí, sana muy sana; grises a la hora de la siesta cuando intentas dormitar y los gritos del pasillo te lo impiden; grises al anochecer cuando te imaginas una larga noche sin dormir, y recuerdas los viejos tiempos cuando dormir era un regalo de los sentidos, cuando no veías amanecer y solías despertar a las diez de la madrugada (a veces más tarde). Y después de la noche gris, llega otro día gris igual o peor que el anterior.
Porque en los hospitales los días son parecidos, parecidos médicos, parecidas enfermeras, parecidas auxiliares, menús similares, medicinas iguales, parecidas conversaciones. 
Como la conversación de la visita del paciente de la cama de al lado, que no hacen más que decir chorradas, de nuevo he recordado la frase de mi hermana Mª Pilar "qué tonterías dice la radio cuando no tiene pilas"
Y es que la gente no sabe comportarse cuando va de visita a los hospitales, ni sabe de qué hablar. Pues yo se lo diré, hablen de cualquier cosa, excepto de la enfermedad del visitado. Lo que hay que hacer es distraerle de sus pensamientos negativos, de sus depresiones, de sus malos momentos. Recordarle su enfermedad una y otra vez no le facilita el descanso que necesita, para asumir su situación y aceptarla. Y puestos a decir, si hablan en voz baja los enfermos lo agradecerán. JL acaba de levantarse para dar un pequeño paseo por la habitación, lo primero que se le ha ocurrido decir es "vaya gozada sería que se callaran todos". No es mucho pedir ¿verdad? Pero la gente va de visita a un hospital como si fueran de feria. 
No es mucho pedir que cuando se visita el hospital se guarde un poco de silencio, se hable bajito, se camine despacio, en definitiva se respete a los enfermos y se respete su derecho a recuperarse con paz y tranquilidad. Es lo menos que podemos hacer por ellos.
(Vale de rollo por hoy)

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