jueves, 29 de octubre de 2015

Otoño y ausencia

Los que me conocen saben de sobra que no me gusta nada el otoño, aunque tengo que reconocer que recuerdo a menudo el otoño multicolor de los valles pirenaicos. Aquel otoño donde el tono amarillento y anaranjado viste los montes con sus mejores galas. Aquel otoño cuando al caminar vas pisando bellotas silvestres, hojarasca, cuando el suave calor del día te abandona apenas comienzas a sentirlo, para que te dejes invadir por la temperatura nocturna que comienza a ser algo fría. Las chimeneas humean y el olor a madera quemada llena las calles de esa sensación con sabor a hogar. 
Aquel otoño cuando caen los primeros copos que anuncian la llegada del invierno. 
Alrededores de Ainielle en otoño
Invierno frío del que quise huir. Pero no quise huir del frío de las montañas, sino del hielo que anidó en mi alma motivado por la ausencia y el recuerdo.
Será por eso que no me gusta el otoño. Será por eso.
Hoy he querido escribir porque la cercanía de Noviembre me trae recuerdos, uno bonito, una boda; uno triste, una muerte. En definitiva, ausencia. La ausencia que no me abandona y que me niego  a dejar marchar. 

Será por eso. Será por eso. 

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lunes, 28 de septiembre de 2015

Sopa a la fuerza y si no quieres, toma sopa.

Algunos políticos me recuerdan a aquellas madres de antaño que, cuando sus hijos no querían comer, les cogían la nariz con sus dedos como si fueran pinzas para que, al no poder respirar, abrieran la boca para hacerlo, momento en el cual aprovechaban para introducirles la cuchara en la boca. Y digo que algunos políticos me las recuerdan porque utilizan la misma artimaña para intentar que el pueblo abra la boca para respirar y hacerle tragar sus proyectos. Proyectos  que, queda demostrado por las últimas elecciones catalanas, no comparten la mayoría de los catalanes.
A medio día he escuchado a Mas y sus compinches decir que el resultado de las elecciones y el porcentaje conseguido no es obstáculo para llevar su proyecto independentista a cabo. Por eso veo a  la mayoría de los catalanes que no lo comparten con el babero puesto y a Mas con la cuchara en la mano intentando hacerles comulgar con ruedas de molino.

 Me cuesta creer que Mas no se haya dado cuenta de que esto es una democracia; es posible que necesite que alguien le explique el significado de esta palabra porque creo que lo desconoce, tan listo que se cree. Porque a pesar de que la mayoría de los catalanes no quieren sopa, se la pretende meter con embudo, quieran o no, porque le da la gana.
De lo que no parecen darse cuenta los independentistas es que si el pueblo no quiere seguir adelante por ese camino lo normal es  no seguir; pretender lo contrario sería volver a la época de los bárbaros y retroceder cientos de años. 
Y hablando de retroceder, por mucho que se retroceda jamás encontrarán los catalanes el momento en que Cataluña era reino ni nada parecido, ya que como la misma historia dice no pasó de ser un condado. O sea, un premio de consolación para tiempos venideros, que ya han llegado y no se resignan aceptar. Pues se siente, porque se ponga Mas como se ponga eso no puede cambiarse.
Pero como este hombre es como es  y  por su tenacidad enfermiza se diría que parece escapado de un manicomio,  solo le faltará decir y cualquier día seguro que lo dice en televisión que los catalanes que están en contra en realidad están a favor pero lo disimulan. 
Y si no tiempo al tiempo.

P.D.T. Yo me pregunto ¿Tanta corrupción hay en Cataluña para seguir con este tema?¿Qué será lo que no quieren que se sepa?

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domingo, 6 de septiembre de 2015

Dichosos ajos

Es curioso como se nos quedan grabados en la mente algunos detalles insignificantes que ocurrieron en nuestra infancia. Insignificantes y ridículos, diría yo. A veces solo de pensarlo siento necesidad de reír, porque recuerdo uno  de estos que a menudo vienen a mi memoria. Siempre me ha gustado mucho cocinar y he andado metida en la cocina haciendo todo tipo de experimentos culinarios que se me ocurrían. Esto todavía lo sigo haciendo.
     Pues bien, estaba un día ayudando a mi madre a hacer la comida cuando me dio un ajo para que lo pelara. Estaba en ello cuando mi padre regresó de trabajar y me pilló en ese  justo momento. Había comenzado a pelar el ajo y le había cortado el cuscurro que decía yo, esa parte por donde los ajos van unidos entre sí; mi padre, todo serio él, lo cogió y me lo enseñó diciendo "casi te llevas medio ajo con el cuscurro y ese trozo también cuesta dinero".  Mi padre no era tacaño, pero el hecho de tener que mantener nueve hijos le empujaba a hacer este tipo de economías ahorradoras, seguramente intentando darnos una lección para el futuro.Pero no me sirvió de mucho esta enseñanza porque  creo que todos los cuscurros que he quitado en mi vida podría dar de comer a un regimiento. Valga esto como anécdota. 
     Una anécdota que me ha perseguido toda la vida, porque cada vez que he pelado un ajo la he recordado, a veces con rabia, a veces con risa, según me pillara en cada momento. Y es curioso porque de todas las cosas que me enseñó, esta es la que más veces he llevado en la cabeza, aunque no es que me haya servido de mucho. He intentado alejarla de mi, pero ha sido imposible. Aún ahora, cuando hace ya tiempo que ha fallecido, los malditos ajos se siguen rebelando y me siguen recordando que el cuscurro vale dinero. Por supuesto sigo quitando demasiado cuscurro cada vez que pelo uno ¡Dichosos ajos!

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lunes, 31 de agosto de 2015

Toda el agua que no ibas a beber

Cuando el verano tiene los días contados y la gente espera impaciente la bajada de temperaturas vuelvo a reflexionar sobre la relatividad de las cosas de la vida. Depende del lugar donde vivas que desees una bajada del termómetro o, por el contrario, te entristezcas porque el verano ha pasado sin enterarte y con apenas calor. 
He vivido diez años en un lugar donde los veranos eran cortos y los inviernos largos y ahora llevo ocho meses en un lugar donde el verano es largo y el resto del año es otoño o primavera. Claro que hay invierno, pero las temperaturas aquí son más altas que mis últimas primaveras y otoños. 
Por ello me inclino a pensar que todo es relativo, hasta las cuatro estaciones.
He cambiado diez veranos con la chaqueta a mano por un verano en tirantes a cualquier hora; ahora mismo estoy sudando mientras se desploman las temperaturas en la mitad norte. Por aquí sigue el calor, tanto que aunque bajen las temperaturas el calor no nos abandonará tan fácilmente.

Y tan  relativo como el clima lo es casi todo en la vida (esta cabra loca ya se va para el monte) y por ello aquel refrán que dice "no digas nunca de esta agua no beberé" deberíamos meditarlo a menudo ¿No te ha pasado nunca en la vida que llegando a un punto te preguntas cómo he venido a parar aquí? La respuesta es clara, has llegado allí bebiendo toda el agua que decías que no ibas a beber. Te has bebido hasta el último trago como el que no quiere la cosa y has transformado tu vida a fuerza de sorbos y más sorbos. Vamos que al Ebro no le quedaría ni gota como hubiera mucha gente como tú. Y lo curioso era que tu habías planificado hasta el más mínimo detalle pero las cosas no salieron como pensabas, aunque, eso sí, ha merecido la pena. 
Y tu vida no ha salido como pensabas porque todo es relativo, porque no estamos solos en el mundo y siempre tiene que haber algo o alguien que lo estropee, a veces tu mismo. Y como todo es relativo resulta que llega un día cuando crees haber alcanzado la estabilidad que tanto merecías y ocurre algo que levanta por los aires toda tu vida, algo que no esperabas, lo que aumenta tu capacidad de sorprenderte; algo que era impensable, inimaginable, tan inimaginable que te detienes en seco y dices ¡Basta! y ese día dices que de ahí no pasas. 
Todo es relativo, hasta darte una oportunidad y saber cuando llega el momento de hacer lo que de verdad quieres sin que nadie más te jorobe la existencia. Porque la relatividad también tiene un límite. Y encuentras el límite cuando descubres que tu vida se ha reído en tus narices. Por eso das carpetazo a los dramas y aunque lo sientes por los que quedaron sin resolver, te dices a ti mismo que ha llegado el momento de respirar, solo respirar. Y no crees que sea mucho pedir. Respirar. Y si pierdes algo por el camino será .......relativo. Como todo lo demás. 

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domingo, 23 de agosto de 2015

Las fresas no son eternas (reflexión de una cabra loca)

Tras el descanso veraniego en el que no he tenido tiempo de escribir me dispongo a retomar mis escritos. Os  preguntaréis cómo siendo descanso no he tenido tiempo de escribir. Los que me conocen sospecharán, llegando a este punto, que me refiero a descanso con toda la ironía del mundo. O sea, que no he descansado nada.
Pero el verano ha sido fructífero porque ahora ya estoy preparada para la siguiente etapa de mi vida. Ignoro todavía cómo será pero ya me iré dando cuenta. Totalmente ubicada en mi nuevo destino, al que llegué hace ocho meses, ya es hora de dar un paso adelante. No me refiero solo a temas laborales, también personales. Mientras encuentro trabajo me dedicaré a terminar todos los escritos que tengo empezados, que ya es hora.

Mientras tanto una reflexión de esta cabra loca.

Últimamente me ha dado por pensar que no reconozco algunas etapas de mi vida, es como si alguien me las hubiera cambiado por otras totalmente desconocidas. Es una extraña sensación. He reflexionado mucho porque se me han caído algunos pilares en los que me sostenía desde siempre. Es posible que a todos nos pasen cosas parecidas. He descubierto que las personas cambian. 

Es posible que las personas no cambien tanto como pensamos a veces, lo que ocurre es que hay etapas en la vida que nos ayudan a conocer mejor a esas personas. Es como si cayese el velo que les cubría el rostro. Un rostro no tanto oculto en si mismo como desconocido. No conocíamos a esas personas en la totalidad, tan solo veíamos lo que queríamos ver o lo que nos enseñaron a ver desde que éramos niños.


La vida que ante todo es enseñanza, un buen día decide que ha llegado la hora de saber cómo somos en realidad. De saber cómo son en realidad los que nos rodean. Es posible que no nos guste lo que descubramos porque será como ver desaparecer ante nuestros ojos nuestro pasado o parte de él. Será como sentir que nos han cambiado la vida de la noche a la mañana. Porque al ver que las personas con las que hemos convivido recuerdan el pasado de manera diferente a la tuya, no podremos evitar hacernos preguntas, porque llegaremos a pensar que quizá no hemos vivido lo mismo, aún habiendo compartido el mismo techo.
Está claro que cuando esta experiencia pasa ante nuestros ojos, lo que debemos hacer es un profundo análisis para despojar de la paja lo que en verdad importa. Como cuando desenvolvemos un regalo valioso, cuidadosamente empaquetado y envuelto con esas virutas de madera para que no se rompa. Y después de varias capas de paja y papel de seda finalmente encontramos un regalo. 
Ocurre a veces que nos entretenemos tanto en el envoltorio que cuando llegamos al interior ya no queda nada. Porque hay regalos que no duran siempre y al envejecer dentro de los envoltorios quedan en nada. Imaginar por un momento que el regalo es un cesto  de fresas que no duran eternamente. Si tardamos demasiado a quitar los envoltorios que nos impiden llegar a ellas puede pasar que al final nos encontremos con fresas podridas. Lo mismo pasa con la vida, nos demoramos tanto en solucionar los problemas que cuando llegamos al final del envoltorio nos encontramos con lo que queda y no con lo que pudo haber sido, unas fresas magníficas que se pudrieron cansadas de esperar a que nos deshiciéramos de la paja que las cubría. Los sentimientos son como esas fresas, que si tardas en llegar a ellos es posible que cuando lo hagas no quede nada.

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jueves, 11 de junio de 2015

Triana, allá donde quiera que estés

Los que no conviven con animales no saben cuánto se puede llegar a quererlos. Llega un momento en que son uno más de la familia y así se les siente. Por eso cuando se van de este mundo se siente su pérdida con dolor, se les echa en falta, se nota su ausencia, te vienen los recuerdos de cómo llegó a ti, como le criaste, lo que ha significado. 
Digo esto porque ayer José, el adiestrador de Chula y mío,  me contó que se le ha muerto una yegua que se llamaba Triana que solo tenía siete años  y conforme me hablaba le estaba entendiendo perfectamente, estaba leyendo su sentimiento en los ojos, su pena en sus palabras, incluso sus gestos delataban que lo estaba pasando mal. Tríana era muy querida por él y toda su familia, sobre todo por su hijita mayor que incluso  aprendió a montarla a pesar de su corta edad  y ahora cuando  le digan  que ya no está lo va a pasar mal. Se lo van a decir un día de estos porque , como sabía que estaba enferma, no hace más que preguntar por ella y José está preocupado. La enfermedad le surgió de repente y no han tenido tiempo de reaccionar y hacerse a la idea. 
Entiendo como se sentirán ahora cuando vayan a la finca y no la vean. 
Y es que los animales te enganchan y te agarran el corazón. Te enseñan lealtad, te dan compañía, son agradecidos, no son nada rencorosos. Y tienen ese sentido especial con el que detectan tus estados de ánimo. Por eso cuando te faltan lo sientes de verdad, es como si te hubieran arrebatado algo. Chula no es mi primera perra, ya de soltera tuve a Coba, una sabuesa cariñosísima que cogió el moquillo y se quedó paralizada de las patas traseras, era una pena verla arrastrarse y cuando empezó a sufrir la tuvimos que llevar a sacrificar; también tuve a Marqués, un  perro pastor del pirineo que se nos murió de una gastroenteritis que le produjo una hemorragia interna. Por eso sé lo mucho que se siente su pérdida. Y ¿Sabéis qué caracterizaba a todos mis perros? que te daban cariño sin pedir nada a cambio, que siempre están allí y conocen el valor de tus carantoñas, que agradecen como si les estuvieras dando un tesoro.
     Por eso me apetece hoy hacerles una dedicatoria en este blog  a Coba, a Marqués , pero sobre todo a Triana porque ha dejado una profunda huella en la familia de José. Seguro que allá donde quiera que esté sigue apreciando lo mucho que la quieren. No he tenido la suerte de conocerla, pero tal como me han hablado de ella, seguro que era una gran yegua. Hasta siempre Triana.

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domingo, 7 de junio de 2015

Vivimos como soñamos, soñamos que vivimos

A veces puede ocurrir que descubres que has pasado toda una vida confundido, sumergido en un error sin retorno, cuando un buen día te despiertas y al mirar por la ventana todo  es desconocido para tí. Sales a la calle y nada es igual; la vieja tienda de ultramarinos ya no es una tienda de barrio; los bancos del paseo, carcomidos por el paso del tiempo dejan ver cientos de astillas que se han convertido en un peligro; el kiosco de los helados con sus persianas bajadas ha dado paso al olvido. 
Será por eso que todo es desconocido, porque ha sido olvidado. Aquellas praderas verdes, donde jugabas de niño ahora son un secarral lleno de pinchos, como aquellos pinchos de aquellos veranos de la infancia olvidada.

A veces puede ocurrir que descubres que has pasado toda una vida confundido, sumergido en un sueño imaginario que ya no tiene razón de ser. Aquel sueño donde te escondías para hacer la vida más llevadera y soportable. Y de pronto te viene a la cabeza aquella noche que, presa de la desesperación intentaste saltar por la ventana y no tuviste valor; y te preguntas si también fue un sueño. Recuerdas aquellas excursiones al río donde al atardecer te acribillaban los mosquitos y te preguntas si también fue un sueño ¿Aquellos bocadillos de pan tomate es posible que fueran también un sueño? Seguramente serían un sueño porque has intentado repetirlos cientos de veces y no lo has conseguido. Le echas la culpa a los tomates, que ya no son como antes, para luego darte cuenta de que la culpa es del sabor de la vida. Que no es lo mismo sentirla con los labios de niño, que descubrirla con los del adulto. Luego recuerdas aquellas lechugas  amarillas, que sabían a lechuga y cometes el mismo error de echarle la culpa a las lechugas, que tampoco son como antes. Y no tienen la culpa las lechugas, que es posible que tampoco sean como aquellas, la culpa es tuya por aferrarte a ese sabor que nunca debió estar en tu boca.
A veces puede ocurrir que descubres que has pasado toda una vida confundido, y mientras recorres esas calles desconocidas, con casas desconocidas, paseos nuevos, tiendas nuevas, vuelves a preguntarte sin el sueño fue aquello o lo es ahora. Incluso te pellizcas en el brazo para despertar.


Pasa el tiempo y sigues sin reconocer nada a tu alrededor. Es posible que hayas inventado tu pasado y al descender a la realidad todo te suena a nuevo. Es como si hubieras vuelto  a la vida tras estar años en coma. Quizá durante esos años soñaste tu vida. Sí, debe ser eso, te dices a ti mismo. He estado demasiado tiempo dormido. 
Por fortuna ahora te has despertado y aunque todo a tu alrededor es distinto te preparas para vivir tu vida, tu nueva vida, con tomates y lechugas nuevas que no saben como en tus sueños, pero ya no importa. 
De pronto te alegras de no haber saltado al vacío aquella noche. Espera, te dices, quizá nunca quisiste hacerlo, quizá aquello también fue un sueño. Pero ya no quieres cometer más errores, así que  recoges tus recuerdos soñados y los encierras en el fondo del cajón, de ese cajón que nunca abres. Y si esto es un error, te dices, ya lo averiguaré cuando vuelva a despertar.

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