jueves, 18 de octubre de 2007

las vacas corren y algunas cosas divertidas...(relato)



Es un viernes cualquiera; son las ocho de la mañana y Rodrigo acaba de despertar sobresaltado. Un ruido estrepitoso le ha hecho dar un bote en la cama y (cualquiera diría que no está acostumbrado a este insólito despertar) como el que no quiere la cosa, se ha recostado nuevamente y se ha acurrucado entre las sábanas de su cama solitaria. Como cada día, a la misma hora, los obreros que trabajan frente a su casa acaban de empezar la jornada. Y curiosamente son los mismos que, durante el pasado verano, le veían zambullirse en la piscina de la urbanización mientras ellos sudaban la gota gorda. Que curioso. Es como si quisieran vengarse de ello y le despertaran adrede para pagar con ruido, el refrescante baño, a su vecino.
Pero Rodrigo casi ni se inmuta y enseguida consigue conciliar el sueño, probablemente, hasta las once de la mañana. Ya podéis hacer todo el ruido que queráis ya, parece que piensa mientras se da media vuelta y se abraza a su almohada.



A eso de las once, minuto arriba o abajo, cuando al volverse topa con el reloj y ve la hora que marca, decide levantarse y se dirige al baño mientras bosteza, igual que si solo hubiera dormido dos o tres horas. Desde luego parece que no ha dormido mas de seis o siete. Si alguien le viera en ese momento diría cualquier cosa menos que había dormido casi diez.

Nunca desayuna, si tomamos por desayuno el tradicional café con leche con la repostería de turno, pero no paséis pena que no pasa hambre el pobrecito. Y en cuanto a su silueta no es precisamente la de un hombre escurrido y delgaducho debido a la abstinencia matutina. Vamos que le sobran energías para estar sin desayunar dos meses enteros. Su barriguita respingona da buena fe de ello y, por cierto, bien orgulloso que se siente de ella. Ya llegará el mes de Agosto y la perderá casi toda, como cada año.


Cada mañana, como no desayuna, se permite el lujo de saborear su almuerzo, que consiste en embutido al gusto y algo más (que no falte el queso) y rebanada de pan de hogaza, con su cervecita o su vaso de vino (tinto por supuesto). Y, mientras toma el sol en la terraza de su piso, se dedica al placer de almorzar (que para eso se quedó sin desayunar). Y, por cierto, los obreros de la casa de enfrente siguen trabajando, que, seguramente, ya habrán almorzado a esa hora. Rodrigo sigue oyendo el ruido de la obra y parece no importarle. Al fin y al cabo, está tan ricamente tomando el sol en la terraza mientras ellos siguen sudando la gota gorda.











Serán las doce del mediodía cuando se dirige a su taberna. Es viernes y le toca trabajar (como a cualquier mortal). Así que se dispone a prepararlo todo con el fin de que no falte nada a la hora de abrir su establecimiento. Enciende la calefacción para calentar el local (que si no, los clientes no entran porque se pasman de frío), comprueba que todo esté bien colocado en las cámaras frigoríficas; las bebidas en su sitio, el barril de cerveza a punto, los solomillos en la nevera (en la primera fase de descongelación), los pinchitos en las fiambreras, las bolitas, el tomate , la cebolla (sobre toda la cebolla), el pimiento rojo para los bernardos (la especialidad de la taberna junto con las bolitas), las sardinas (por Dios me olvidaba de las sardinas, el plato estrella). Claro que, cuando sobran, ya no piensa que sean tan maravillosas, porque ve sardinas por todas las partes y, aunque a veces consigue deshacerse de algunas regalándolas a alguna amiga, la mayoría de las ocasiones se las tiene que merendar a ratos para que no se estropeen.

En fin que las dichosas sardinitas pasan de ser estrellas a estrellarse por los rincones de la nevera, de tanto que las mueve de un sitio a otro, hasta que finalmente opta por lo mas sencillo, hacerse una barbacoa con ellas (que también tiene una en el pisito) y por supuesto el olor de las sardinas llega hasta la obra de enfrente. Pero no es un hombre rencoroso y aunque no se acuerda de los obreros, ni ha hecho la barbacoa adrede para molestarlos, el caso es que el olorcillo seguro que revolotea por los chalecitos en construcción.
Pasan las horas y sobre las seis de la tarde se dirige a la pescadería para recoger el marisco, como lo llama él, consistente en sardinas (os he hablado de ellas ¿verdad?),berberechos, mejillón de roca y gambas para la plancha. Sobre todo que sea bueno, le dice a la pescatera. Que es algo exigente el chacalín y le gusta darle lo mejor a su clientela. Faltaría más.

A continuación se dirige a su querida Taberna y se dispone a prepararlo todo: las bandejas en el mostrador con un poco de cada cosa, montaditos, salmueras, pepinillos y por supuesto el marisco. Su ir y venir a la cocina (por llamarla de alguna manera) son una muestra de las horas que se le avecinan, que para dos días y medio que trabaja a la semana aunque se canse un poco no importa. Y algunos viernes son mortales por la cantidad de clientes que acuden al reclamo.

He olvidado comentar que Rodrigo tiene una empleada, algo así como una cocinera, al menos eso piensa ella y vamos a dejarle que sueñe y que piense que es el mejor chef de la cocina francesa, aunque la realidad es que para hacer lo que hace no han hecho falta muchos años de universidad ni mucho esfuerzo, porque la verdad es que, salvo raras excepciones, esforzarse no se esfuerza demasiado y anquilosada en hacer las mismas tapas de siempre no se ve con ganas de innovar, así que lleva mas de un año haciendo las mismas (faltaría mas que no hubiera aprendido a hacerlas). Lo que sabe hacer bien es hablar con los clientes, eso sí, si len caen bien porque si se le atraviesa alguno, pobrecito, que seguro que no levanta cabeza. Entonces su mirada simpática y agradable se transforma, cual mister Inclín, en un rostro gélido que es capaz de fulminar. Y si a alguien no afín se le ocurre entrar en la cocina, ya se puede preparar y rezar algo si sabe, porque seguro que lo asesina directamente, eso sí, con la mirada, que, para lo mal que suele expresarse habitualmente, con los ojos es capaz de escribir una enciclopedia con apéndice y todo. No lo sé pero desde que la conozco me recuerda a un viejo personaje de la literatura a quien llamaban La trotaconventos (¿por qué será?), es posible que algún día lo averigüe. Mientras tanto y por si acaso cuando quiera frecuentar la Taberna de Rodrigo me pondré ropa ignífuga, no sea que me prenda fuego y salga con alguna escocedura.

Cuando queda poco para que el reloj da las siete y media, y digo dar porque estamos en un pueblo de esos, que tienen Iglesia con campanas que tocan a todas horas. Pues, como decía, cuando el reloj da las siete y media, Rodrigo abre las puertas del establecimiento, se dirige al rincón de la música y selecciona los cedes que sonaran durante toda la tarde. Una música entrañable (casi siempre la misma música) de los años sesenta y setenta, que es la que aprecian sus clientes, que tienen una media de edad de unos cincuenta, y, claro está, ya tienen pagada la hipoteca y son los que pueden gastar en tapas mucho dinero. Desde luego Rodrigo no puede quejarse de clientela, porque es de lo mas selecta (y sibarita en algunos casos, por no decir fija) y en todos los casos adorable.

Cuando está trabajando, Rodrigo, es un perfecto anfitrión y le gusta atender a todos sus clientes con exclusividad, como si fueran los únicos, que eso les motiva mucho y siempre vuelven. Pero cuando el bar está lleno el pobre no da abasto y se tiene que multiplicar para atenderlos a todos, aunque sea con la lengua fuera y dando saltos por detrás del mostrador. Es verdad. No os he contado todavía lo de los saltos. Tendríais que verlo. Con pequeños saltitos cruza una y otra vez por detrás de la barra, para llegar aquí y allá. Se siente tan feliz que parece un niño que acaba de desenvolver el regalo, que le han traído los Reyes magos (porque seguro que sigue creyendo en los Reyes magos). Sus amigos le dicen que no va al bar sino para jugar con su juguete preferido, su taberna. Y es que juega el condenado como nadie y disfruta lo que no os podéis imaginar. Trabajas poco y encima te diviertes, le dice la gente, que c. eres, ó tienes un morro que te lo pisas (porque morro se lo echa todo pero con gracia, claro que sí).

En muchas ocasiones se dirige al otro lado de la barra y se pone a charlar con los clientes y con los amigos, porque es un excelente relaciones públicas. Es genuino y original. Recibe a la gente con un abrazo y si son chicas con un beso, que faltaría mas, con lo besucón que es.

Os preguntaréis qué hace el resto de la semana, cuando tiene cerrada la taberna, yo también me lo pregunto (es broma). La verdad es que su vida cotidiana no tiene nada de aburrida. Es algo hiperactivo, así que siempre encuentra mil maneras de ocupar su tiempo. Control de averías o desperfectos (es un perfecto chapuzas y sabe hacer de casi todo) porque lo mismo se instala unos ventiladores en el bar y se construye una chimenea que hace un plano de algún proyecto que se le ocurra sobre lo que sea (no importa).


Es algo maniático del orden y de la limpieza, le gusta cada cosa en su sitio y todo bien ordenado. Por supuesto también sabe poner la lavadora, tender la ropa y hasta
Planchar si es necesario. A veces plancha en la terraza, cuando es verano, vestido con un boxer (que luce piernas como nadie sabe) y si tuviera alguna vecina mirando seguro que ligaba. Pero la cuestión es que durante la semana no tiene vecinos (como muchos en este pueblo) y como no se le quede mirando alguno de los obreros de la obra de en frente (que en estos tiempos nunca se sabe, yo, si fuera él, tendría mas cuidado) lo va a tener difícil para que sus piernas dejen sin sentido a más de una (bueno, para ser sinceros, que ya tiene una amiga que ha perdido el sentido por sus piernas y otras partes de su anatomía).

Su casa parece cualquier cosa excepto la casa de un hombre que vive solo, por lo ordenada y escoscada que la tiene. El mismo se la decoró y mejor que el corte inglés, claro que sí. Cuando entras en ella encontramos un pasillo de cortas dimensiones pero bien aprovechado, hasta tiene una pared falsa donde guarda algunas cosillas. Tiene imaginación y muchas ideas, tanta que si buscáis la lavadora os llevará un rato encontrarla. La primera vez que le visité y me enseñó su casa me llamó la atención que no la veía por ninguna parte, ni el termo del agua caliente. Resulta que, como la puerta del comedor la tiene siempre abierta, ocultaba el rincón donde estaba colocada. Pero a los pocos días coincidió que vi cerrada esa puerta y comprobé que tras ella había dos pequeñas puertas, una sobre la otra, y le pregunté qué había allí. Y cual fue mi asombro cuando me respondió que la lavadora y el termo.


Todas las cosas las tiene perfectamente guardadas dentro de los armarios, cualquiera pensaría que se los había ordenado su madre. Claro que debe de ser natural en él ya que sus ideas las tiene igualmente ordenadas dentro de la cabeza. Recuerdo que en una ocasión me pidió que le ayudara a ordenar uno de esos armarios y cuando lo abrí y comprobé el estado de perfecto orden que allí reinaba, pensé que se había equivocado y que probablemente ya lo habría ordenado la víspera. Pero no. Y yo pensé: qué narices querrá ordenar si lo tiene todo perfecto. Vamos, mas perfecto que cuando yo acabo de hacer limpieza general.

Y por hablar de su tiempo de ocio podría contaros algo que nos pasó el mes de Junio durante una excursión por el Puerto. Había preparado una tortilla de patata y un poco de embutido para pasar un día tranquilo por los montes (hasta aquí todo bien). La cuestión fue que se nos ocurrió ir al Puerto que está a bastante altura, a tanta que ya no hay pinos y la vegetación se reduce a hierba verde que sirve de pasto para las vacas.
Había por allá arriba cientos de vacas pastando y veraneando tranquilamente, hasta que nos vieron, porque en el preciso momento que las observábamos, mientras descansaban junto a un abrevadero, se levantaron y comenzaron a correr hacia nosotros.



Ese día descubrí que las vacas son capaces de correr. Que están corriendo hacia nosotros (le grité a Rodrigo). Cómo van a correr (me respondió algo incrédulo). Y apenas terminó de decir esto prácticamente las teníamos a escasos metros. Entonces los que corrimos fuimos nosotros y cuando vimos que estaban a punto de alcanzarnos decidimos refugiarnos junto a una roca que estaba cerca.
Nos vino justo llegar a ella pero al final lo conseguimos. Respiramos hondo, pero no demasiado por si acaso. Y menos mal que fuimos cautos y no nos relajamos mucho porque justo después de la segunda inspiración ya las teníamos encima. Y no hablo en sentido figurado.

Nos acorralaron, como si se tratara de una especie de rito, mugían de un modo raro, como si estuvieran hambrientas y enfadadas. Hasta ese día yo no sabía (soy una mujer de ciudad) que una vaca podía mugir tanto, tan alto y tan cableada. Todas colocadas a nuestro alrededor (y el de la roca) no dejaban pasar ni una brizna de luz entre ellas, de modo que no teníamos escapatoria. Yo vestía ese día una camiseta roja y Rodrigo no hacía mas que decirme (tieso de risa por fuera y acojonadillo por dentro) que la culpa era mía por llevar esa camiseta. Pero yo, que recordé algo que había oído en una ocasión, le dije que las vacas y los toros (tampoco sabíamos si había algún toro entre esas vacas) no acuden al color rojo sino al movimiento. Así que le sugerí que estuviéramos quietos y callados.

De repente comenzaron a mearse (tampoco hablo aquí en sentido figurado) junto a nosotros y cual río caudaloso el líquido elemento comenzó a rozarnos las botas. Están delimitando su territorio, me comentó Rodrigo, que entendía tan poco de vacas como yo, pero no sé porqué me pareció que tenía sentido. Mientras yo permanecía acurrucada tras su brazo y él intentaba espantarlas. Todo hay que decirlo, se portó como un valiente.
Nos preguntamos sobre lo que estaba ocurriendo y esos minutos se nos hicieron eternos aunque no debieron ser mas de unos veinte. Tras ese tiempo, los mugidos comenzaron a suavizarse y nos pareció que las vacas desistían de lo que fuera, que no sabíamos qué era. Y se abrieron unos pequeños huecos por entre sus lomos, huecos por los que escapamos laderas abajo sin pensarlo dos veces. Cuando avanzamos bastante nos volvimos para observar y comprobamos que nos miraban a lo lejos aunque ya no se movían.

Entonces si que respiramos hondo unas cuantas veces y nos reímos de lo que acababa de ocurrir. Llegamos a la cabaña del pastor y le dijimos lo que nos había pasado, comentó que no eran furas y a continuación preguntó si llevábamos algo blanco. Yo llevaba una mochila de ese color. Y como quien resuelve el enigma mas fácil del mundo concluyó: les han confundido con los de la sal.



Nos explicó que periódicamente llevan sal a las vacas para que repongan sales minerales y beban agua. Por lo visto esta necesidad de sal les hace correr hacia ella cuando presienten que alguien se acerca con bolsas blancas para dejar el delicioso manjar sobre la roca, donde nos habíamos cobijado.

Los dos somos gente de ciudad así que desconocíamos este detalle, que no olvidaremos nunca y yo tampoco olvidaré, que al monte se va con cualquier cosa excepto con una mochila blanca (por si las vacas). Aquel día casi nos morimos de miedo, pero después nos hemos reído bastante al recordarlo. Y tengo que decir que por aquí toda la gente conoce este detalle porque cuando lo contamos todos responden: os habrán confundido con los de la sal. Hay que ver lo que supone ser de pueblo.

El caso es que así es como transcurre la vida de Rodrigo, una vida deliciosamente genial y tranquila. Y yo, que le he observado bastante, puedo decir que es un hombre satisfecho y feliz. Capaz de conformarse con cosas pequeñas y de disfrutar con lo mas sencillo. Algo me dice en mi interior que no siempre fue así, pero lo que importa es que ha conseguido lo que quiere y es feliz por ello. Algunas pequeñas nimiedades tienen que ver con eso: el pueblo tranquilo en que vive, su querida taberna, la paz interior, algunos amigos y, por si no os lo había dicho, sus queridos huevos fritos con patatas. Aunque el muy jodido también es capaz de cenarse una Lavinia, si se tercia y la ocasión lo merece, claro que si, que no hay que hacerle ascos a la buena cocina de vez en cuando, aunque solo sea para recordar lo buenos que están los huevos fritos o la tortilla de patata.

No le digáis nada si le veis, pero es que no sabe que yo sé que, cada vez que baja a la calle, es capaz de encontrar cualquier excusa para entrar en su taberna y dar una vueltecita por detrás de la barra, la cocina ó el almacén. Es como su juguete mimado. LO cuida, lo acaricia y le da cada minuto de cada hora de cada día. Y no sé la razón, pero cada vez que lo imagino trabajando, me vienen a la cabeza esos saltitos que da por detrás de la barra de su taberna, igual que un niño que acaba de estrenar unos zapatos. Tan feliz. Tan feliz. Tan feliz.

La gente lo aprecia, algunos lo envidian y la mayoría se dice para sus adentros: vaya morro que Rodrigo le echa a la vida. Alguien, incluso, se ha pedido a los Reyes Magos de este año una vida como la de Rodrigo. Pero no sé, no sé. Me da la ligera impresión que tanto Rodrigo como su estilo de vida son irrepetibles. Así que lo siento por los que sueñan ser como él. Además de ganas hay que echarle mucho estilo y para eso hay que valer.
Y estas son algunas cosas que puedo contaros de Rodrigo, pero os aseguro que podría escribir un libro sobre él. Porque no os he dicho la extraordinaria manera que tiene de escuchar cuando se le habla. Te mira fijamente a los ojos. El jodido debió de aprender eso cuando estaba en una de sus empresas. Y es capaz de atender hasta el más mínimo detalle. Es como si te psicoanalizara. Observador como ninguno es capaz de darse cuenta de todo, aso sí cuando está en actitud de hacerlo, porque cuando está disperso ó metido en su burbuja se evade como solo él sabe hacerlo.




Por supuesto que tiene defectos, como todo el mundo. Le gusta llevar la batuta y colocar las cosas en su sitio, pero en cambio muchas veces no sabe dónde ha colocado el móvil o dónde están las llaves de la taberna o de su casa, da lo mismo. Me he preguntado a menudo porqué no puede llevar ambas cosas en el bolsillo como el resto de los mortales, yo creo que no las perdería tanto.

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