jueves, 13 de octubre de 2016
A Calamidad se le alborotan las ideas (ironías de la vida)
María Calamidad salió aquella tarde de su casa sin saber si iba a volver. No lo había decidido aún. Entró en la estación y se sentó en uno de esos bancos de hierro para ver pasar los trenes. En muchas ocasiones a lo largo de su vida había llevado a cabo esta especie de protocolo en aquellos momentos que necesitaba pensar.
Los andenes de las estaciones le daban seguridad y ver pasar los trenes la relajaba; el ruido ensordecedor a su paso por la estación le recordaba aquellos otros trenes que vio pasar durante tantas tardes, cuando soñaba que, quizá algún día, un príncipe azul bajaría de uno de aquellos talgos (entonces eran los más rápidos).
La noche anterior Calamidad había soñado, mientras dormía, que iba a realizar un viaje al espacio, pero que cuando buscaba su asiento no podía encontrarlo. Se había despertado sobresaltada por eso aquella tarde había decidido pasar la tarde en el andén de aquella estación de pueblo solitaria y vacía.
Un viaje al espacio no estaba dentro de sus posibilidades, aunque sí en la bicicleta que tenía en su patio interior; pero con la bicicleta no podría llegar muy lejos y mucho menos al espacio, además el sillín estaba demasiado alto para ella. Que manía tenían los fabricantes de hacer las cosas para gigantes y Calamidad distaba mucho de ser uno de ellos.
Mientras avanzaba la tarde una multitud de ideas se peleaban en su cabeza en un intento desesperado de darle alas a su imaginación. Pero no se le ocurría nada. Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Para tirarse a las vías le faltaba valor, así que desestimó la idea; para subirse a un tren a la aventura le faltaba decisión; y mucha más le hubiera faltado para subirse a un cohete y viajar a la luna, pero eso formaba parte de la irrealidad más irreal. Ni siquiera en su imaginación cabía esa posibilidad, aunque quizá allí estuviera la respuesta. Los viajes expresan el deseo de aventura pero también de huía. Pero Calamidad sabía que cuando huía de sí misma no valían cohetes, ni trenes ni bicicletas, que al final del viaje cuando volvía la cabeza atrás, ella seguía allí: su sombra.
En una ocasión alguien le había dicho que tenía mala sombra. Sería por eso que siempre quería escapar de ella. Y sería por eso que su huía era imposible, que su sombra no la abandonaría jamás. Recordando el dicho de que cuando no puedes contra tu enemigo te unas a él, decidió un día sentarse a charlar con su sombra para hacerse amiga suya.
Y para su asombró descubrió que su sombra la conocía mejor que nadie, eso sí, reconoció que ella había estado tras la idea de tirarse a las vías, pero luego se había echado atrás, luego ella también había decidido hacerse su amiga; más que nada porque ya se cansaba de tanto ir y venir por la vida. Que ser sombra también era muy duro.
Desde entonces Calamidad había sentido una especie de empatía que le había llevado a una extraña amistad con ella.
Llegados a este punto los pensamientos que ya se cansaban de tanto alboroto, decidieron rendirse.
Calamidad regresó a su casa sin haber visto bajar del tren a ningún príncipe ni azul ni verde ni amarillo y pensó que así era mejor, además con lo que destiñe el azul menudo lío. Volvió a su realidad más real y se dejó de viajes, ni en tren ni en bicicleta, ni en cohete.
Se puso el delantal y comenzó a hacer la tortilla de patata. Eso sí, miró de reojo y su sombra permanecía quieta: eso la dejó más tranquila; hubiera sido un problema que se empeñara en batir los huevos.
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Sofía Campo Diví
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viernes, 30 de septiembre de 2016
Éramos pocos y parió la abuela (politiqueo de andar por casa)
Éramos pocos y parió la abuela; porque lo que menos necesitaba este país, que bastante complicado lo tenía ya, era una guerra civil dentro de uno de sus partidos más históricos. Se veía venir sin embargo y en lugar de hacer nada por evitarlo, han avivado las llamas de una crisis que no tiene visos de terminar nada bien. Podrán decirnos lo que quieran pero en el lenguaje puro y duro de la calle a esto se le llama ansia de poder; porque no me digan a mi que el motivo de sus actuaciones es el bienestar de la nación porque no cuela.
Yo creo que P. Sánchez ya puesto a hacer el ridículo se ha dicho "pues vamos a hacerlo del todo" y desde luego lo está consiguiendo porque su imagen, más patética que otra cosa, me recuerda la de un niño agarrando su piruleta con todas las fuerzas mientras dice "es mía, es mía".
Pero claro como dicen que todos somos libres de pensar lo que queramos, hay unos cuantos que le apoyan, sus incondicionales, y lo único que consiguen es hacer el ridículo juntos. Vaya estampa la que están transmitiendo, que más les valdría ponerse a trabajar en serio por este pais que se hunde gracias a ellos, en lugar de sacar a flote sus diferencias de partido, que ya tendrán tiempo de darse tortazos más adelante. Ahora lo que importa es que alguien se ponga a gobernar en serio que con tanta tontería y tanta ansia nos están ansiando a todos, pero si ellos tienen fiebre de poder, al pueblo ya le está entrando la calentura de tanto mamoneo y al final va a terminar con ellos llevándolos a picar a una cantera, que ya veríamos si se ponían de acuerdo o no, en quién gobierna o deja de gobernar.
Hasta la corrupción del PP se queda pequeña si pensamos en las consecuencias para esta nación de pagar sueldos tanto tiempo a vulgares holgazanes por destruirla, que en definitiva es lo que están haciendo. Así que a ver si se les quitan estas ansias desmesuradas por gobernar y al final se ponen de acuerdo en quién lo hace.
Mientras tanto la andaluza hablando mucho y diciendo poco, más bien todo el rato lo mismo; ignoro si se está preparando para salvadora o se quedará en la cola haciendo lo que le pida su partido. Ya veremos.
Los demás, quietos en la mata o expectantes porque ya se sabe lo que dice el refrán a río revuelto ....igual hasta podemos gobernar.
Ya veremos.
Los demás, quietos en la mata o expectantes porque ya se sabe lo que dice el refrán a río revuelto ....igual hasta podemos gobernar.
Ya veremos.
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Sofía Campo Diví
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Etiquetas: libertad de expresión, política, reflexiones de una cabra loca
domingo, 25 de septiembre de 2016
Solo un día (reflexión de una cabra loca)
No se si os habrá pasado alguna vez que de repente os ha invadido un terrible cansancio que minaba todas vuestras fuerzas. No hablo de cansancio físico. Hablo del cansancio tipo tirar la toalla; del cansancio tipo me consume la soledad. Tampoco me refiero a la soledad de compañía; me refiero a la soledad interior allí donde te sientes incomprendida, sola ante el peligro. Allí donde solo tú sabes qué está ocurriendo.
Hablo de ese cansancio de haber creído derrotado el monstruo y verle aparecer de nuevo; de ver regresar el cartero que siempre llama dos veces, aún cuando tenías la esperanza de que no lo hiciera.
Y solo con pensar en volver a batallar las mismas guerras te angustia porque ahora si que sabes de qué va.
Y te miras las manos y están viejas; y consultas tu energía y ves encendida la luz roja ¡Cuidado a punto de agotarse, conecte de nuevo a la red!
¡Ojalá fuera tan fácil como conectar a la red! te dices.
Mientras tanto ha llegado un nuevo día. Un día más. Aguanta un día más. Te convences de que solo será un día porque si sospecharas que fueran más te hundirías. Irremediablemente esperas el milagro que nunca llega. Mientras, pasan otros días que también son un día más. Y nada.
Esperemos un poco, tengamos paciencia. Acudes al refranero. No hay mal que por bien no venga; no hay mal que cien años dure; mañana será otro día.
Eso digo yo, otro día.
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Sofía Campo Diví
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martes, 20 de septiembre de 2016
A Calamidad se le alborotan las ideas (ironías de la vida)
María Calamidad salió aquella tarde de su casa sin saber si iba a volver. No lo había decidido aún. Entró en la estación y se sentó en uno de esos bancos de hierro para ver pasar los trenes. En muchas ocasiones a lo largo de su vida había llevado a cabo esta especie de protocolo en aquellos momentos que necesitaba pensar.
Los andenes de las estaciones le daban seguridad y ver pasar los trenes la relajaba; el ruido ensordecedor a su paso por la estación le recordaba aquellos otros trenes que vio pasar durante tantas tardes, cuando soñaba que, quizá algún día, un príncipe azul bajaría de uno de aquellos talgos (entonces eran los más rápidos).
La noche anterior Calamidad había soñado, mientras dormía, que iba a realizar un viaje al espacio, pero que cuando buscaba su asiento no podía encontrarlo. Se había despertado sobresaltada por eso aquella tarde había decidido pasar la tarde en el andén de aquella estación de pueblo solitaria y vacía.
Un viaje al espacio no estaba dentro de sus posibilidades, aunque sí la bicicleta que tenía en su patio interior; pero con la bicicleta no podría llegar muy lejos y mucho menos al espacio, además el sillín estaba demasiado alto para ella. Que manía tenían los fabricantes de hacer las cosas para gigantes y Calamidad distaba mucho de ser uno de ellos.
Mientras avanzaba la tarde una multitud de ideas se peleaban en su cabeza en un intento desesperado de darle alas a su imaginación. Pero no se le ocurría nada. Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Para tirarse a las vías le faltaba valor, así que desestimó la idea; para subirse a un tren a la aventura le faltaba decisión; y mucha más le hubiera faltado para subirse a un cohete y viajar a la luna, pero eso formaba parte de la irrealidad más irreal. Ni siquiera en su imaginación cabía esa posibilidad, aunque quizá allí estuviera la respuesta. Los viajes expresan el deseo de aventura pero también de huía. Pero Calamidad sabía que cuando huía de sí misma no valían cohetes, ni trenes ni bicicletas, que al final del viaje cuando volvía la cabeza atrás, ella seguía allí: su sombra.
En una ocasión alguien le había dicho que tenía mala sombra. Sería por eso que siempre quería escapar de ella. Y sería por eso que su huía era imposible, que su sombra no la abandonaría jamás. Recordando el dicho de que cuando no puedes contra tu enemigo te unas a él, decidió un día sentarse a charlar con su sombra para hacerse amiga suya.
Y para su asombró descubrió que su sombra la conocía mejor que nadie, eso sí reconoció que ella había estado tras la idea de tirarse a las vías, pero luego se había echado atrás, luego ella también había decidido hacerse su amiga; más que nada porque ya se cansaba de tanto ir y venir por la vida. Que ser sombra también era muy duro.
Desde entonces Calamidad había sentido una especie de empatía que le había llevado a una extraña amistad con ella.
Llegados a este punto los pensamientos que ya se cansaban de tanto alboroto, decidieron rendirse.
Calamidad regresó a su casa sin haber visto bajar del tren a ningún príncipe ni azul ni verde ni amarillo y pensó que así era mejor, además con lo que destiñe el azul menudo lío. Volvió a su realidad más real y se dejó de viajes, ni en tren ni en bicicleta, ni en cohete.
Se puso el delantal y comenzó a hacer la tortilla de patata. Eso sí, miró de reojo y su sombra permanecía quieta: eso la dejó más tranquila; hubiera sido un problema que se empeñara en batir los huevos.
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viernes, 16 de septiembre de 2016
Como tú creías (reflexión para andar por casa)
El ser humano es el ser más complicado que puedes encontrar. Será por eso que cuando cree que lo sabe todo se da cuenta de lo poco que sabe; será por eso que después de vivir una vida pensando que era de una manera, a los cincuenta y muchos puede darse cuenta de que ha vivido en un mundo irreal, que la realidad era como la veían los otros.
Porque sí, es posible descubrir un día que has vivido toda la vida confundido; que la vida no era como tu la sentías, sino como la sentían los demás; que donde tú ponías amor, otros ponían egoísmo; que tu paciencia era soberbia vista desde fuera; que tu creías que todos eran sinceros pero no lo eran. En definitiva que caminaban por el mismo camino que tú sintiendo en los zapatos las mismas piedras, en el rostro la misma lluvia; en el corazón los mismos buenos sentimientos. Pero te equivocabas.
Te decías a tí misma que no era posible que hubieras estado tan ciega. El mundo se te puso del revés, como un calcetín atrapado. Tu vida cambió de repente aquel día que descubriste que no era como tu creías.
Solo con una frase; solo con una actitud; solo con una mirada; solo con un reproche que nunca debieron existir si la vida hubiera sido como tu creías.
Y como el que no quiere la cosa, te pusiste los calcetines gordos y te calzaste las botas de caminar y emprendiste tu camino en busca de esa porción de vida que creías merecer. No fue fácil, no fue simple, pero valió la pena.
(Bueno, eso os lo contaré dentro de veinte años si vivo)
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miércoles, 7 de septiembre de 2016
Duque, el parque no será lo mismo sin tí.
Se llamaba Duque, tenía dos años y medio. Era un beagle de mirada penetrante y porte elegante. Y digo era porque nos dejó hace algo menos de dos semanas. Una enfermedad que no le dio tregua se lo llevó en pocos días.
Era uno de los perros de la cuadrilla del parque de Almenara, donde a diario nos juntamos. Los que no conviven con perros no pueden entender el cariño que se les coge y que cuando mueren dejan un vacío difícil de explicar.
A Duque, a pesar de su escaso tamaño, los beagles no son muy grandes, se le veía llegar desde lejos y poco a poco, como el que no quiere la cosa, se colocaba a tu lado y te miraba con esos ojos insistentes nada difíciles de descifrar: quería su chuchería; luego se ponía a caminar como si nada, a olisquear los rincones del parque y a jugar con los otros compañeros de manada. A veces prefería estar solo; era algo independiente, pero no por eso menos interesante.
Desde la tarde que supimos que no le veríamos más andamos todos algo compungidos y cabizbajos porque no nos lo creemos todavía.
A veces en el parque se nos va la mirada hacia la puerta por donde solía a entrar, quizá con la esperanza de verle de nuevo. Y aunque sabemos que nunca más cruzará esa puerta, tenemos la certeza de que seguirá siempre en nuestros corazones. Duque ha dejado su hogar vacío y el parque muy triste, aunque el recuerdo lleno de muchos momentos bonitos.
A veces en el parque se nos va la mirada hacia la puerta por donde solía a entrar, quizá con la esperanza de verle de nuevo. Y aunque sabemos que nunca más cruzará esa puerta, tenemos la certeza de que seguirá siempre en nuestros corazones. Duque ha dejado su hogar vacío y el parque muy triste, aunque el recuerdo lleno de muchos momentos bonitos.
Duque, tus amigos de manada, Luna, Aquiles, Oto, Chula, Daima, Cata, y tantos otros, quieren decirte, allá donde estés, que el parque no será lo mismo sin ti.
jueves, 26 de mayo de 2016
Un viaje especial. (relato)
Había desempolvado la vieja y raída maleta; hacía tiempo que no salía de viaje y ya era hora de hacer una escapada, la tenía bien merecida, y ninguna ocasión mejor que ésta para llevarla a cabo.
Tampoco le hacían falta pretextos para salir de viaje, era una mujer libre y nada le ataba en su vida monótona y aburrida. Así que después de una concienzuda meditación se disponía para llevar a cabo uno de sus viajes más difíciles.
Abrió la maleta, quejumbrosa por el paso de los años, y, conforme desataba sus correas, el frío tacto de la piel se le metió en lo más profundo de su cuerpo haciéndola vacilar por unos momentos. Pero ella estaba firme y decidida. Las decisiones se toman para llevarlas a cabo, le había dicho un viejo amigo no hacía mucho. Y más que nunca debía ser consecuente con ella misma.
Minuciosamente lo preparó todo; pensó en los objetos que le serían útiles y los fue colocando uno a uno en el interior. Conforme la maleta se iba llenando, variedad de pensamientos le venían a la cabeza y los sentimientos afloraban en su corazón.
Recordaba el día que había comenzado todo y no podía evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Sin embargo, la pena y el dolor eran más grandes y por nada en este mundo daría marcha atrás.
Miró de reojo el viejo reloj suspendido en la pared y recordó las horas tristes que le había hecho compañía; cuando inútilmente había esperado en vano que los acordes metódicos de su móvil sonaran una vez más; pero nunca llegaron a oírse. El silencio había sido la única respuesta que había recibido.
Casi sin darse cuenta había llegado la hora de marchar, le quedaba el tiempo justo para llegar a la estación y coger aquel tren que le llevaría a alguna parte, lejos de todo aquello. Quizá entonces pudiera olvidar y comenzar una nueva vida, lejos de sus recuerdos, aislada de sus emociones. Ella sabía que nunca volvería a ser la misma, todo lo que le había sucedido en los últimos meses la había marcado demasiado para que la cicatriz que quedaba en su alma pudiera borrarse algún día.
Subió al taxi, bajó la ventanilla. Quería ver por última vez todo aquello. Y al tiempo que las lágrimas le inundaban los ojos y resbalaban tímidamente, como queriendo escaparse de puntillas sin hacer ruido, le recordó con ternura; cuando aquel día de verano acercando sus labios a los de ella la había besado por primera vez. Y después de tanto tiempo, todavía le venía a la boca el mismo dulce sabor que sintió aquella tarde…
Poco a poco se alejó de aquel lugar y si de una cosa estaba convencida era que, por más que su vida durase mil años, no podría olvidar jamás las horas que pasó a su lado, y que, aunque sabía que no debía hacerlo, contra toda esperanza… le seguiría esperando.
Y aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, cuando estaba a punto de subir al tren no pudo evitar vacilar, se detuvo en las escalerillas y miró a su alrededor; el corazón se le quería escapar del pecho; entonces comprendió que hubiera dado la vida por verle venir a lo lejos corriendo hacia ella, pidiéndole que se quedara.
Pero aquel tren que no entendía de deseos, ni de sueños comenzó a moverse lentamente. Ella se detuvo un momento en el pasillo. Se inclinó sobre la ventanilla para ver por última vez en dirección de los andenes. Pero no vio sino el tumulto de gente desconocida que como ella se disponía a emprender un viaje. Entró en su compartimiento, colocó sus cosas en el altillo de su asiento. Se aproximó a la ventanilla de nuevo, en un intento desesperado de que se cumpliera su deseo. Pero no le vio. Solo la vieja estación que cada vez más diminuta empezaba a volverse un punto en el infinito.
… Quizá era mejor así, no dejaba de repetirse. Mientras se abandonaba poco a poco a la difícil tarea de aceptar las consecuencias de la decisión que acababa de tomar.
De repente. Algo la sobresaltó… era la melodía de su teléfono móvil…
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Sofía Campo Diví
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