sábado, 10 de enero de 2009

A minuto y medion (3ª parte)


No tuvo una vida fácil y la ausencia de momentos felices la hicieron especialmente amarga. Los fantasmas de su pasado, como solía decir ella a menudo, le acompañaban constantemente y durante toda su vida, ya nunca pudieron dejarla en paz. Acostumbraba a decir que su vida era como una película de terror, que cuando crees que el fantasma ha desaparecido para siempre, éste vuelve a sorprenderte poniendo su mano sobre tu hombro. Y siempre terminaba apareciendo el malo de la película, para emprender la lucha contra ella.
Leonor había generado una especie de habilidad para presentir los peligros, los sentía de lejos y esto le permitía ponerse en guardia y preparar la defensa. A menudo se sentía intranquila y nerviosa sin causa aparente y siempre unos días después tenía algún percance.
Había sido demasiado tiempo de convivencia dura y acostumbrada a los sobresaltos que protagonizaba su marido, había sido capaz de analizar los síntomas que preceden a la batalla, para adelantarse a ellos y que no la cogieran por sorpresa.
De la misma manera y con la misma intuición aprendió a analizar los síntomas que preceden a las batallas cotidianas para tomarles la delantera y que no le dieran un susto.
Después de separarse de su marido estuvo por lo menos cinco años sin salir a divertirse, tal era el sabor amargo que le quedó de su matrimonio. Tenía demasiadas cosas que olvidar y a la vez demasiadas cosas que recuperar, que le habían sido robadas.

Le costó años olvidar el miedo, que le hizo pasar por culpa de su carácter, pero poco a poco se fue haciendo a la idea de una vida mejor y comenzó a luchar por ello. Gracias a un amigo empezó a afianzarse en el mundo laboral y así, poco a poco fue mejorando su vida y la de sus hijos. Pero los viejos fantasmas la seguían de cerca con la intención de no dejarla en paz por el resto de sus días.
Yo no conseguía entender el énfasis, que mi abuela ponía al contarme esta historia, le miraba a los ojos y veía que sentía desde el corazón aquello que me estaba contando. Me daba la sensación de que lo sabía de primera mano, probablemente ella y Leonor habían sido muy buenas amigas. Efectivamente sabía cosas demasiado íntimas de aquella mujer, y solo una muy buena amiga le hubiera hecho partícipe de tales acontecimientos.
Hablé con mi abuela de todo aquello durante largas tardes, y tal empeño ponía ella en hablar y yo en escuchar, que llegamos a hacernos adictas a aquellas conversaciones. A veces, cuando me hablaba, sentía que se le enrasaban los ojos y tenía que permanecer callada algunos instantes, luego tragaba saliva, respiraba hondo y secándose disimuladamente los ojos seguía hablando; por supuesto yo hacía como si no me diera cuenta para no restar emotividad a esos momentos.
No cabía la menor duda de que Leonor había sido una mujer muy cercana a ella. Y aunque a menudo le preguntaba por ello se negaba a responder o se evadía yéndose ágilmente por las ramas.
Una fría tarde de primavera refiriéndose a Leonor comenzó a hablarme de sus hijos. Porque Leo, como ella la llamaba, había tenido tres hijos, que tampoco lo tuvieron nada fácil en la vida por las circunstancias en que se desarrollaron sus primeros años.
Leonor no es que fuera una mujer que justificara a sus hijos cuando tenían comportamientos inadecuados, pero ella que sabía lo mal que lo habían pasado, los comprendía, aunque también entendía que eran demasiado egoístas y que, casi nunca, se preocupaban de ella. Pero en esos momentos le venían a la cabeza los difíciles años de su infancia y los perdonaba una y otra vez. Ella había tenido que trabajar mucho y por eso ellos habían estado demasiado tiempo solos. En el fondo se sentía culpable y no se daba cuenta de que poco a poco se le estaban apoderando.

2 comentarios:

unjubilado dijo...

Me tienes en ascuas.

Nuria dijo...

Un objetivo que tuve claro desde el nacimiento de mi hija, es que ésta tendría, si de mi dependía, una infancia. adolescencia y más, todo lo más agradable posible, permitiéndole ser, en cada momento, lo que correspondiera a su edad.

Pdta: los pelos siguen más tiesos que la mojama.