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lunes, 13 de enero de 2014

La máquina del tiempo


         
Cuando entré en aquella salita fría, desangelada y oscura me pregunté por qué los despachos de los notarios eran todos tan tristes y anticuados. Lo miré todo a mi alrededor, intentando captar el más mínimo detalle. Nada más entrar resaltaba la presencia de una mesa enorme, llena de revistas aburridas y pasadas de fecha, como de un par de años atrás; un cenicero de latón que contrastaba con un cartel que decía «no se puede fumar». Las sillas, dignas de tener en cuenta, apoyadas en cuatro patas retorcidas. Un gran tresillo, con horribles cojines de terciopelo marrón, que invitaba a todo excepto a sentarse en él.
Durante los cuarenta y cinco minutos, que duró mi espera, miré los cuadros que colgaban de sendas escarpias. Una imagen del generalísimo, una Virgen del Carmen y un cuadro de Miguel Ángel. ¡Ah! y un paisaje algo oscuro, surrealista diría yo, que lo debió pintar alguien en un momento de locura o algo así. Las otras personas que me acompañaban permanecían serias y pensativas. Nadie hablaba. Seguramente que estaban sobrecogidas por el ambiente de tan lúgubre estancia. Nadie leía ninguna de las revistas momificadas que había sobre la mesa. Alguien fumaba; sería para no despreciar el cenicero, o porque no habían leído el cartelito. Todos parecían poner cara de querer salir corriendo.
Por fin llegó el esperado momento. Una secretaria con gafas de la época de mi bisabuela, delgaducha y desgarbada, abrió la puerta y leyó mi nombre en voz alta. Acto seguido me levanté, cogí el abrigo y el bolso y la seguí por un largo pasillo hasta un despacho, que más bien parecía la cueva del terror. Ya sólo la puerta, en lugar de invitarme a pasar, me sugería que huyera. Y estuve a punto de hacerlo a no ser porque una voz me frenó desde dentro: «Buenas tardes señorita, pasé usted».
Una persona de edad avanzada estaba frente a mí, tendiéndome su mano. Me recibió cortesmente invitándome a tomar asiento. Me senté y cuando estaba dispuesta para escucharle con atención, después de haberlo mirado todo, algo llamó mi atención. Aquel despacho parecía robado de un cuadro de Velázquez.
Luego le miré de frente, ya que él se había sentado al otro lado del escritorio, y vi cómo se colocaba las gafas, que insistían en resbalar por su nariz, una y otra vez. Luego se rascó la sien, como queriendo pensar; ojeó aquellos documentos reiteradamente y cuando lo tuvo todo claro, me los tendió para que los firmara. Los firmé, con mi firma sobria y habitual, aunque tengo que reconocer que me entraron ganas de hacer una firma churrigueresca,más apropiada con el ambiente. «Es todo», me dijo a continuación, «le enviaré la copia por correo». Me despidió con la misma amabilidad que me había recibido. A continuación volví a recorrer el mismo pasillo. Bajé las escaleras. Cuando salí a la calle sentí una extraña sensación, me parecía que acababa de salir de la maquina del tiempo. Por fin había vuelto a mi siglo.
         

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miércoles, 8 de enero de 2014

Cuando menos lo esperas (relato corto)

Me parecía imposible que tan solo me hubieran dado tres semanas para preparar una obra de tal envergadura y ni siquiera había agrupado a todos los actores que intervendrían. Con la preocupación que la ocasión merecía, me dirigí a la agencia para continuar con la selección de los personajes.
Recorría mi despacho de un lado a otro, como intentando acelerar el hallazgo de la protagonista principal, pero todo era en vano. Al otro lado de la sala un grupo de personas, candidatas al puesto, esperaban con el deseo de ser las elegidas. Casi podía escuchar sus comentarios, sus incertidumbres, sus esperanzas. Me parecía curioso, todas aquellas personas se creían capaces de conseguir el puesto en la obra y yo, al otro lado de la sala, en mi despacho, me sentía incapaz de optar por cualquiera de ellas.
La que no era demasiado alta, era demasiado delgada, o tenía un tic, o no sabía expresarse. En fin que cada una de aquellas chicas tenía algún defecto que me hacía imposible su elección. Después de largas horas de entrevistas llegué a sentir que nunca daría con el personaje adecuado y decidí darme un respiro. Me había hecho demasiadas preguntas aquella mañana, quizá era demasiado exigente. La cuestión era que al final de aquel día ya sólo me quedarían dos semanas y seis días para estrenar el evento y yo seguía sin protagonista.
Debía estrenar en tres semanas o perdería el contrato con la Warperti. No podía creer que en toda la ciudad no hubiera una persona idónea para el puesto. Tomé un bocado en la cafetería más cercana y regresé a mi despacho. De nuevo un grupo de personas me esperaban impacientes y de nuevo se me echó la tarde encima sin que encontrara a mi protagonista. Cuando terminé de hablar con todas aquellas candidatas, me preparé para irme a casa, con el desaliento y la derrota dibujada en mi rostro.
Me disponía a salir del ascensor cuando vi que entraba en el hall una muchacha de unos diecinueve años, de complexión media, de pelo rubio claro ceniza, ojos azul grisáceos, de ademanes graciosos y desenvueltos, hablando con desparpajo y seguridad. La miré con el descaro de mi impaciencia, esperando que ocurriera un milagro. Se acercó hacia mí, no había más personas en aquel vestíbulo, y me preguntó por la agencia Warperti. ¡No me lo podía creer! Cuando salí de mi asombro y pude reaccionar escuché que me decía que se dirigía a una selección para un papel en una obra. Se había retrasado por su trabajo y creía que ya no llegaba a tiempo. No pude menos que responder que llegaba justo a tiempo. Me presenté y sin más comentario le dije que el puesto era suyo, que tenía todo lo necesario para desempeñar con éxito el papel de protagonista de mi obra. Aceptó y  en ese instante nos pusimos manos a la obra.
Había sido un día duro pero al final podía regresar tranquilo a casa. Ya tenía mi protagonista, lo demás era cuestión de trabajo. Sería duro pero estaba seguro de que la obra sería un éxito. Y así fue. Estrenamos tres semanas después con un éxito apoteósico. La chica lo valía. Por eso desde entonces cuando necesito personajes para mis obras ya no me quedo encerrado en mi despacho, salgo a la calle, observo, miro, escucho y elijo a mis personajes, porque cuando menos lo esperas encuentras lo que buscas.
 

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domingo, 5 de enero de 2014

Posos (microrrelato)

Camina sin  ganas y arrastra los posos de su larga vida. Sus recuerdos volatilizados  en su pensamiento van y vienen  sin rumbo. Luego  coge  sus posos entre las manos y les devuelve la vida.

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miércoles, 1 de enero de 2014

Que si no....

   Ha pasado largas horas contemplando el azul del mar deslizarse por las   playas  de aquella  Costa imaginaria con la  que ha soñado desde que era niña.
                                Aquel azul intenso parece juntarse con el  fuego del crepúsculo con tal perfección y armonía que ella hubiera dicho que aquella estampa soñada, era real.
                                Aquella playa solitaria, aquella arena húmeda y cálida, el rumor de las olas, el suave roce de la brisa fresca, y por encima de todo, el silencio de aquella noche callada.  Y el mismo silencio calla, la brisa contiene el aliento, aquel fuego se apaga  mientras las estrellas toman posesión de la oscuridad.  ¡¡¡ Callaros ¡!! Parece que dicen. Y todo se vuelve silencio para que ella pueda escucharle…solo ella…….
                               Y se queda quieta, tremendamente quieta,  callada, con los oídos atentos  y la mirada agachada, contemplando la arena tibia;  y mientras tanto,  teje surcos con sus manos para dejar pasar el agua…pero el agua no pasa.
                               Y todo parece tan real, que ella misma que lo está soñando…duda. Parece que el mar se queda dormido, tímidas olas, guardianas de los sueños…y de la esperanza; tímida brisa, que teme rozar su cara; tímidos pensamientos que miran de reojo mientras ella…piensa. Tímido reflejo de la luna entre las olas, que parece que escapa…para no despertarla.
                               Y porque  sabe que ha inventado ese sueño, que si no, pensaría que era real, que no estaba soñando.
                              Casi no quedan luces encendidas en aquella noche cálida. El mar está en calma. La luna observa. La noche escapa. La brisa se esconde más allá de las olas. El azul del cielo se ha vuelto negro. Y el rojo del atardecer, cenizas. Todo está quieto. Y….porque sabe que ha inventado ese sueño, que si no pensaría que era cierto.
      Se ha quedado sentada en mitad de la playa, parece dormida, pero vigila. Está cerrando los ojos, abriendo el alma. Y cuando más quieta parece,  mejor siente que su mano le acaricia las mejillas, le recorre la silueta, despacio, lentamente que si no, se despierta.
                              Poco a poco se va haciendo de día. Y es entonces cuando ella…..se ha quedado dormida. Que real parece su sueño, que si no supiera  que lo ha inventado , pensaría, que eran ciertas ……..sus caricias…………..
                             Ha pasado largas horas contemplando la oscuridad de la noche deslizarse por aquella playa. Se ha filtrado entre sus sueños solo para sentir cómo la brisa  le roza la cara. Y al final hubiera querido que aquel sueño fuera realidad  y que su realidad se volviera un sueño ….
     Cuando despierta se pone en pié y comienza a caminar descalza, dejando profundas huellas en la arena,  las mismas huellas que ella lleva grabadas en el alma…………………….
     Y porque  sabe que ha inventado ese sueño que si no………

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sábado, 27 de abril de 2013

MISA DE DOCE


  
     Había vivido  como el que resucita  sin haber muerto, o como el que va   de fiesta a un funeral. Su vida había estado siempre repleta de excentricidades como estas. Pero el caso era que la soledad en que se desenvolvía su rutina  quedaba ya lejos de aquellos días de juerga y desenfreno, cuando  la lujuria se había convertido en  hija de su locura y   su adicción a las drogas y al alcohol había hecho de ellas su única comida.
    Su vida convulsa había tenido de todo, casi siempre malo. Es lo que tenía vivir en una época controvertida, donde  todo estaba permitido y prohibido al mismo tiempo.
     Años después  todo había cambiado alejándole de aquellos días festivos y sustituyéndolos ahora por sus constantes visitas a la farmacia y los repetidos toques de campana, que le recordaban que  debía celebrar la misa de doce.

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viernes, 15 de marzo de 2013

Una tarde tras otra (microrrelato)


Muchas tardes, cuando me invadía la nostalgia, llegaba  hasta los almacenes Sepu y pasaba allí las horas subiendo una y otra vez por aquellas escaleras mecánicas, que tanta expectación causaron el día que inauguraron los almacenes. Cuando  subía en ellas, me sentía trasportada a un mundo de ilusión y fantasía. Era todavía muy niña. Me gustaba  atravesar esa línea que separa la realidad de la ficción.   Imaginaba un mundo extraño, donde podían convivir las palomas zuritas, los zopencos  zalameros y toda clase  de seres imaginarios. A veces  llegaba a sentirme  tan feliz  durante  aquellos instantes   alejados de la realidad, que aquella experiencia no hubiera podido equipararse a la satisfacción que me producen ahora  algunas de mis  sesiones  zen. Pero aquella escalera se movía  demasiado y  el temblor de los peldaños de  zinc  me devolvía irremediablemente a la realidad  una tarde tras otra.

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martes, 22 de enero de 2013

Silencios llenos de ruido

Revisando documentos en mi ordenador acabo de encontrar una carpeta que en su día llamé "silencios", la he abierto y estaba vacía. He pensado "es normal, una carpeta que se llama silencios, debe estar vacía" y va a seguir vacía para recordarme que aquellos silencios que nunca escribí están acurrucados en un rincón del alma. Allí donde esperan mil  palabras para ser pronunciadas, esas mismas palabras que aquel día me negué a pronunciar. 
Porque  de silencios está llena la vida, de silencios que nos hacen madurar, o lo que es lo mismo, que nos vuelven más duros. Silencios que se van acumulando como capas de tierra que quieren enterrar etapas muertas. Silencios que solo entienden quienes han vivido las mismas experiencias. Silencios que no se pueden descifrar, que están llenos de contenidos ocultos,  que hablan más de lo que dicen y saben más de lo que callan. 
El silencio de la noche o de la madrugada, el silencio de las flores mojadas por la escarcha, el silencio  de la tierra, le silencio de los colores, y también el silencio de las campanas. Porque en el ruido también habita el silencio. En el ruido de las tormentas, en el ruido de los ríos y de las cascadas, en el ruido de una mirada, de una boca callada o de una flor sola en medio del bosque. Porque el silencio también es ruido, valga la redundancia. En el silencio está el ruido de las palabras calladas, de las penas sufridas en soledad, de los sueños rotos, de las promesas incumplidas, de las heridas abiertas, del alma frustrada, de las ausencias. Y del mismo modo que una mirada silenciosa puede provocar el mayor de los ruidos, el mayor de los ruidos puede sumergirte en el silencio más atroz. 
Ruido, silencio ¡qué más da! 
Porque en definitiva esos silencios sin escribir y  esas palabras sin pronunciar, siguen escapando  de mis manos, negándose a ser encerradas en una carpeta que se llame silencios. Así que las seguiré guardando en un rincón del alma, allí donde no puede llegar nadie......ni nada.

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jueves, 17 de enero de 2013

La Confesión (microrrelato)

     Recuerdo la quietud extraña, que me acompañó  aquella noche  de invierno, cuando   sentí   un inexplicable regocijo, mezcla de una excitación que rayaba en lo prohibido, con  una sensación entre dolorosa y placentera. Me lo habían contado numerosas veces y sin embargo  aquel laberinto sin fin me cogió por sorpresa.
     Allí  se mezclaban todo tipo de recovecos formando  una urdimbre tan inimaginable,  que estuve a punto  de dejarme encantar por los cantos de sirenas, que querían atraparme.  Pero conforme iba avanzando y recorriendo aquellas extrañas cuevas multiformes, tuve  múltiples sensaciones que, gracias a una alquimia perfecta,  terminaron iluminando  aquellos instantes dulces como la  miel.
     Comprendí entonces que debía llegar el primero para conseguir mi objetivo, así que me lancé a una persecución vertiginosa, dejando atrás a cuantos intentaban cerrarme el paso.
     Sí, ahora que he llegado al final de mis días,  puedo confesar con orgullo que  yo fui aquel  espermatozoide.

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martes, 18 de diciembre de 2012

FLO Y FLÍA (cuento)


     Vivía un gorrión, que se llamaba Flo,  en una región escondida del planeta, que pasaba la mayor parte del tiempo revoloteando por entre los árboles, volaba de rama en rama y su canto llegaba hasta las copas más altas. Su pareja, la gorriona Flia, vivía encantada con él, y se sentía tan contenta  viéndole tan feliz, que hubiera dado cualquier cosa porque esa felicidad fuera eterna.
     Pero nada en este planeta es eterno, ni tampoco la felicidad de estos gorrioncillos, que la vieron truncada un buen día, cuando menos lo esperaban. Flo tuvo un accidente y se le rompió una de sus alas. Intentó arreglarla, pero todos sus intentos fueron inútiles, Flía tampoco sabía como ayudarle y reparar el ala rota. Cuando pasaron unos días y el ala dejó de dolerle, intentó alzar el vuelo, pero todo fue en vano. Por más intentos que hacía, no le era posible levantarse ni un palmo del suelo.
     A pesar de que cada mañana se levantaba más temprano, para practicar más rato, el esfuerzo  no daba su fruto y su torpeza iba en aumento. El desánimo  se apoderó de Flo al no poder volar y Flía cada día estaba más triste de verle esforzarse inútilmente.
     Pasaban los días cada vez más despacio, y la tristeza de ambos iba en aumento. Cada mañana Flo, cuando despertaba, se colocaba frente un árbol y comenzaba a dar saltitos, como intentos desesperados por alcanzar una de sus ramas, pero cuantos más saltos daba, más se hundía en su pesar por no conseguir levantar el vuelo.
     Flía se le acercaba y con mimos y arrumacos le decía: “tienes el ala rota, ¿no te das cuenta?”. Pero Flo, ajeno a estas palabras, que escuchaba sin querer oír, se empecinaba cada vez más en un intento de demostrarse a sí mismo que todo era como antes. Pero ya nunca volvería a ser como antes. Y, aunque en el fondo lo sabía, se negaba aceptarlo y cada día pasaba largas horas dando saltos, intentando alcanzar las ramas de los árboles.
     Flía, se escondía para volar, porque no quería volar delante de él para que no sintiera pena, pero cuando estaba con Flo caminaba a su lado, dando saltitos, como él. Vamos a luchar juntos, le decía, para darle ánimos, pero él no respondía y seguía intentando subir a las ramas. Recordaba los tiempos en que podía hacerlo y se pregunta por qué le había pasado esto a él.  Pensar esto le daba fuerza para seguir dando saltos, cada día se esforzaba más, pero todo era en vano….totalmente en vano.
    Flía se escondía por los rincones para llorar en silencio, al ver que no podía ayudarle. Llegó un día en que a ella se le quitaron las ganas de volar y la tristeza comenzó a apoderarse de su corazón, y cada día que veía a Flo dando saltos junto al árbol, ella se hundía más y más. Temía que tanto esfuerzo, terminaría matando al gorrioncillo y no sabía cómo evitarlo.
    Pasaron los días, las semanas, los meses y todo seguía igual. Flo seguía dando saltos y Flía seguía llorando por los rincones, sin poder hacer nada. Incluso ella hacía tiempo que había dejado de volar. Un día, cuando Flo estaba en uno de sus intentos pasó algo extraordinario. Comenzó a dar saltos y más saltos y tanto afán puso que consiguió llegar a la rama del árbol, Flía no daba crédito a lo que estaba viendo, alzó el vuelo llena de emoción y se acercó a la rama.
     Por fin había conseguido su propósito y  el premio de tanto esfuerzo había llegado. Pero el precio que Flo había pagado había sigo demasiado alto. Cuando Flía llegó a la rama encontró a Flo semiinconsciente, tendido boca arriba, a punto de morir.

(Este cuento lo escribí en Marzo de 2009, aunque nunca ha sido publicado, es una alegoría que cada cual puede entender como quiera)

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miércoles, 24 de octubre de 2012

Se me ha perdido la cintura (tercera parte)

Había pasado tiempo y María Calamidad no conseguía adelgazar ni mal ni bien. Las largas semanas que había invertido en documentarse sobre toda clase de dietas, no le habían servido  para nada. Delante de ella, apilados en un enorme montón, estaban todos los folios que había escrito con sus conclusiones. La lectura de decenas de revistas no habían hecho sino  atormentarla todavía más. Era imposible hacer todo lo que aconsejaban esos expertos, que semana tras semana publicaban sus artículos en cada una de ellas.
        A menudo se repetía que eran necesarias tres vidas para llevan a cabo todos esos consejos. ¡Cinco raciones de fruta y tres de verdura al día!. Eso suponía alimentarse solo de fruta y verdura, porque ella tomaba esas cinco raciones sí, pero a lo largo de una semana. ¡Dos yogures desnatados al día para perder grasa del abdomen!. Vaya presupuesto, pensaba, ella se tomaba uno e iba que se mataba. ¡Seis nueces, un puñado de almendras, dos higos chumbos, cincuenta gramos de hígado de bacalao, un té verde, otro rojo, dos litros de agua, 250 gramos de pan. Tres raciones de pescado a la semana. ¡Dios mío, solo tres raciones!¿No decían que era  tan bueno el pescado? Carne roja casi ni probarla ¡Menos mal que no pasaba  pena por la carne! Mejor carne de pollo o de conejo, que si tenía  menos calorías, que si era  más magra.Pero entonces ¿dónde queda aquello de las hormonas de los pollos, tan nefastas para la salud? 
De las especias, mejor no hablar, porque meterse en este mundillo era un caos para ella. No debía faltar de la despensa de todos los hogares un poco de curry para adelgazar, de mostaza para  quemar grasa, de  albahaca para  mejora el tránsito intestinal, de canela para  activar  la eliminación de grasa, de limón porque ayuda a eliminar las toxinas, de perejil porque patatín y de otras muchas especias porque patatán. Eso por no hablar de toda clase de tés, buenísimos para casi todo.
Resumiendo que María Calamidad  llevaba tal  follón en la mente,  que no sabía por donde empezar. Porque las endivias y la piña facilitaban la eliminación de líquidos, lo mismo que el pomelo; que si las zanahorias para la vista; que si aguacate y   granada  para protegerte del cáncer; que si el café para reducir el riesgo de infarto; que si el caqui  para fortalecer  las defensas; que si la alcachofas para depurar el hígado; que si una manzana al día para mantener el colesterol a raya;que si un higo al día para el tránsito intestinal; que si el brócoli  para proteger el corazón; que si la sardina también, lo mismo que el chocolate, que tomando  una onza tres veces al día  generabas  endorfinas y eso  te ayudaba  a cumplir la dieta;que si  legumbres con verduras para cuidar las arterias; que si la avena era buena para esto, que si la soja para lo otro; que si poco azúcar, poca grasa, nada de fritos y menos sal. 
Y mientras  María Calamidad repasaba todos sus apuntes sobre todo tipo de dietas, se iba sintiendo más agobiada y la meta de perder esos kilos de más se alejaba a pasos agigantados. 
Tenía que tomar una decisión o esas dietas acabarían con ella. Se miró en el espejo de la cómoda, su cintura seguía sin aparecer. Y del mismo modo que te encuentras con un premio de consolación, ella encontró de repente la solución. ¡Qué narices! se dijo a sí misma. ¡Vale más tener que desear, que se chinchen las flacas!
Luego se dirigió a la cocina, abrió la nevera y no encontró  ninguno de esos productos  aconsejados por las dietas maravillosas, pero no estaba dispuesta a quedarse sin almorzar. ¡Realismo, ante todo realismo! (pensó)  ¡El que come lo que tiene no está obligado a más!  Y se untó una enorme rebanada de pan con sobrasada mallorquina y queso azu,l espolvoreada  con almendras, que sentó a su ego divinamente. Era una mujer afortunada. 


        

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viernes, 28 de septiembre de 2012

Clímax Perfecto



     Cuando entró en la habitación , no se imaginaba que todo ocurriría tan deprisa. Se quitó los pantalones, como si le fuera la vida en ello, tal era su ansia, que le vino justo para controlarla a tiempo. Se dejó atrapar por una sensación tan placentera ,que, llegó  incluso a enmudecer cuando  le sobrevino un   clímax casi perfecto  ¡Qué instantes tan maravillosos! Pensó, mientras se regocijaba con lo que acababa de pasar. Hacía mucho que no se sentía tan pleno, tanto como si hubiera sido agasajado con  cientos de placeres prohibidos.   Pensó en lo ocurrido, sintiéndose  despojado de una parte de si mismo, luego desenrolló el papel higiénico y  terminó tirando  con fuerza de la cadena del inodoro. Miró en su interior y no pudo resistirse a observar los   pequeños trazos marrones  sobre la loza, que desaparecieron  irremediablemente arrastrados por la fuerza del agua.

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viernes, 22 de junio de 2012

El regreso (microrrelato)

La risa un poco ronca y una barba que siempre pincha, junto con ese caminar de aspecto desgarbado, le hacen ser una persona especial. Cada vez  que  detengo  mis ojos frente a los suyos,  me doy  cuenta de que lo que más me atrae de él, es la mezcla de todas esas cualidades, que le hacen tan  diferente. Como  cada tarde, le beso en la mejilla y siento sus pinchos taladrar mis labios, luego  escucho su risa bronca  mientras  sus brazos rodean mi cintura  y  no puedo menos que estremecerme. Con cariño  despego sus  brazos de mi cuerpo  poco a poco  y   le llevo de regreso al  manicomio.

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viernes, 27 de enero de 2012

La mujer del retrato (relato)

Había pasado una noche intranquila, sin dejar que el sueño le venciera por completo, cuando a la mañana siguiente oyó trucar en la puerta de su habitación y apareció una mujer con la bandeja del desayuno, creyó que había sido transportada a otra época, donde todas las personas, que iban a cruzarse aquel día en su camino, eran perfectas desconocidas. Supuso que todo era fruto de su cansancio y que el hecho de haber dormido poco aquella noche, le empujaba a un mundo donde la realidad se confundía con la ficción. De ahí que desconociera cuanto se hallaba a su alrededor.
Pasaban las horas sin que ella pudiera salir de su letargo y cuando miraba a través de la ventana, era incapaz de entender cuánto veía. Ni tan siquiera entendía la presencia de aquel retrato en su mesilla. Una fotografía que observaba insistentemente, mientras intentaba comprender por qué estaba allí; se trataba de una mujer joven, que no recordaba, con tres niños, que pudiera que fueran sus hijos y a quienes tampoco era capaz de recordar.
Un niño de unos nueve años llamó aquella mañana a su puerta. ¿Puedo entrar abuela?, le preguntó, y cuando lo tuvo ante sí, el corazón le dio un vuelco, pero al instante siguiente, cuando le miró de nuevo, solo vio un desconocido. Se alteró por esa extraña sensación, como si pasara de la conciencia a la inconsciencia, donde las personas le eran a veces familiares, pero otras, grandes desconocidas, donde era incapaz de interpretar sus recuerdos, llenos de seres y acontecimientos que se le escapaban de la mente, como si fueran historias vividas por otras personas, que se hubieran metido en su cabeza para atormentarla. Mientras, el niño jugueteaba y le hacía cariñosas carantoñas que no podía entender y que observaba desde la indiferencia más absoluta.
La había llamado abuela y no sabía el significado de esa palabra, pero con toda seguridad era algo bueno, a juzgar por lo feliz que veía al chiquillo. De repente se colocó ante ella, le miró a los ojos, y una sensación extraña se coló a través de sus pupilas. Luego, el vago recuerdo de una habitación, donde había una cuna y un niño, que ella cogía tiernamente entre sus brazos. Unos segundos fugaces que olvidó en cuanto dejó de mirarle.
Cuando las lagunas de su memoria se lo permitían, recordaba que había tenido una vida, que sus hijos la adoraban y sus nietos la habían colmado de alegrías, y que no siempre estuvo en la penumbra. Entonces las lágrimas se abalanzaban desde sus ojos, y como queriendo conseguir una tregua en su condena, imploraba que aquellos instantes no volvieran a desaparecer. Pero la vida cruel le negaba el indulto a su oscuridad, porque acto seguido se volatilizaban sus recuerdos, dejando tan solo aquellas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Al sentir humedad en su rostro, pasaba sus manos bajo los ojos, y restregaba su cara con firmeza, como si sintiera, desde su inconsciente, que le habían arrebatado algo profundamente querido. Eran escasos momentos, que pronto pasaban al olvido pero que, quizás, le daban la única razón para seguir despertando por la mañana, aunque ella no lo recordara. Seguía mirando el retrato de su mesita de noche, como si fuera la única unión con su pasado, sin recordar que efectivamente lo era.
Segundos después, volvía a mirar por la ventana y como un relámpago fugaz, que se mete por la ventana y sale por la puerta, una sensación extraña entraba en su corazón para perderse después en su memoria. Mirando el retrato de frente entendía, aunque fuera por unas milésimas de segundo, que ella era la mujer de la fotografía, con sus tres hijos, cuando los fantasmas de su mente todavía no se habían apoderado de sus recuerdos.
Después miraba hacia la mesita de noche y se preguntaba de nuevo quién era aquella mujer y aquellos niños del retrato.

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martes, 24 de enero de 2012

Seda y Cenizas (relato)

“Hacía días que los cuervos revoloteaban sobre el pinar, Y los habitantes de la aldea se preguntaban sí habría pasado algo. Temiendo lo peor decidieron ir al lugar, donde confirmaron las sospechas. El vuelo fúnebre de los cuervos se alzaba sobre la casa de Adranreb: había muerto y yacía en un camastro, apaciblemente, como si se hubiera quedado dormida; sin embargo, las cenizas todavía ocultaban signos en la chimenea, que decían que la muerte no le había cogido por sorpresa, papeles, que se habría apresurado a quemar al sentirse mal, documentos probablemente, libros, cartas, todo había desaparecido excepto el viejo recorte de un diario, que permanecía oculto bajo las cenizas. Su escopeta seguía erguida en un rincón, donde muy cerca se tambaleaba la fotografía de una niña. Todos en la aldea suponían que era hija suya, al parecer fruto de sus relaciones con un diplomático francés. Al fondo de la casa y escondido tras unas cortinas raídas, había un viejo y mohoso armario lleno de ropa que no utilizaba, quizá fueran los trajes que habría usado, durante el tiempo que vivió en Francia. Todavía se recuerda el día que regresó a la aldea, vestida con pantalones, capa de vuelo y un sombrero de ala con pluma; bien es verdad que los vestidos que acababan de encontrar, nada tenían que ver con la imagen, con la que los aldeanos estaban acostumbrados a verla. Estos vestidos eran de un lujo extremo y un gusto exquisito, suaves sedas que se resbalaban de las manos al acariciarlas y que decían mucho de la mujer que las había vestido, sin duda una mujer muy elegante. Lo revisaron todo palmo a palmo, intentando encontrar algo que aclarara la enigmática vida de Adranreb, y lo único que encontraron fue una pequeña pistola con empuñadura de nácar, que estaba bajo la almohada envuelta en un pañuelo , como las que utilizaban las espías guardándolas en las ligas que sujetaban sus medias.



La soledad que había acompañado a Adranreb y la pistola que acababan de encontrar, podrían responder muchas de las preguntas que circulaban por la aldea, sobre la vida de una mujer tan misteriosa. A menudo la visitaba alguien, que viajaba en un coche lujoso que procedía de Francia, y que nunca supieron quién era, pero se decía en la aldea que en cada viaje le entregaba un sobre, como paga de su trabajo en aquel país. Ahora que acababan de encontrar su cadáver, junto a los únicos restos de sus pertenencias convertidos en cenizas, la pistola y aquellos trajes de seda, los enigmas que escondía Adranreb estaban a punto de desvelarse. Examinaron el recorte de periódico que habían rescatado y que dejaba ver la fecha de su publicación, 1918, y una foto de Adranreb, con un encabezamiento que decía: misteriosa mujer en paradero desconocido, presunta autora de la muerte de un importante político.



Lo evidente quedó al descubierto: Adranreb había colaborado como espía con el gobierno francés, durante la primera guerra mundial, y la muerte de aquel ministro había sido la razón de su regreso a casa.” Atentamente Luis.

Las averiguaciones de mi amigo Luis me han dejado consternada. He buscado al asesino de mi padre durante años, y ahora, que sé la verdad, no puedo creer que esta carta haya puesto mis sentimientos boca arriba. La he guardado junto a la pistola de nácar, en la mesita de noche, he mirado la mujer del recorte de periódico y la foto de la niña y lo he comprendido todo. Un escalofrío me ha recorrido la piel, yo soy aquella niña y la mujer del recorte, la misma con la que pasé en la aldea los días más felices de mi vida, hasta que un día vinieron a buscarme en un coche diplomático y me llevaron a Francia impidiéndome regresar a aquel lugar. Ahora se han resuelto mis dudas y el sentimiento de cariño que aparece en mí, me obliga a perdonar a la mujer que he admirado toda mi vida, sin sospechar nunca que era mi madre.

En memoria de Adranreb (1894-1963)

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